La normalidad tan elusiva
Al iniciar su gestión, el presidente Mauricio Macri nos aseguró que quería que la Argentina llegara a ser un país “normal”, es decir, uno que se parecería más a los de América del Norte, Europa occidental y Oceanía que a los miembros más extravagantes de la llamada comunidad internacional en que las crisis institucionales son rutinarias y los gobernantes suelen destacarse por su megalomanía. Se trata de una aspiración razonable pero, como muchos señalaron, sus palabras en tal sentido fueron virtualmente idénticas a las formuladas en circunstancias similares por Carlos Menem y Néstor Kirchner, dos mandatarios que, si bien por motivos distintos, a nadie se le ocurriría calificar de “normales”. Sea como fuere, Macri parece entender mejor que sus antecesores peronistas que, en las sociedades democráticas, adversario no es sinónimo de enemigo y que es necesario que todos los comprometidos con el sistema se habitúen a intercambiar opiniones de manera constructiva con la esperanza de alcanzar consensos o, cuando menos, de impedir que la oposición a medidas determinadas sea “salvaje”. Los esfuerzos del presidente por cambiar el clima político tenían un impacto decididamente positivo hasta que, para regocijo de los kirchneristas e inquietud de muchos radicales y progresistas, optó por colocar “en comisión” a dos juristas renombrados en la Corte Suprema. Si bien con escasas excepciones los constitucionalistas coinciden en que el método elegido es formalmente legal, a casi todos les preocupa que Macri ya haya brindado la impresión de estar tan dispuesto como Cristina a hacer pleno uso de las prerrogativas presidenciales. Quienes piensan así estarán en lo cierto, pero por ser tan graves los problemas que enfrenta el gobierno, Macri no ha tenido más alternativa que la de mostrar desde el vamos que se ha propuesto ser un presidente fuerte. Por desgracia, la cultura política nacional sigue siendo personalista. Puede que, en el mítico país “normal” de los discursos presidenciales, las instituciones funcionen de manera automática sin que importe el carácter del mandatario de turno, pero aquí el jefe tiene que hacer gala de su propia autoridad. La verdad es que a Macri no le hubiera convenido en absoluto permitir que el clima balsámico de los primeros días durara demasiado tiempo. Si bien le habrá motivado satisfacción el que la reunión que celebró en la Quinta de Olivos con todos los 24 gobernadores provinciales, incluyendo a la santacruceña Alicia Kirchner, además de su voluntad de consultar a quienes habían sido sus rivales en la carrera hacia la presidencia, le haya merecido elogios por tratarse de iniciativas que muchos tomaron por inéditas en un país tan conflictivo como la Argentina, la ilusión de armonía universal así generada no garantizaba nada. Antes bien, daba a los resueltos a hacerle la vida imposible tiempo en que felicitarse por su propio apego a los valores democráticos, preparándose de tal forma para una contraofensiva en defensa de sus conquistas corporativas. Como recordarán los memoriosos, las primeras semanas de la gestión del presidente Fernando de la Rúa también se vieron dominadas por la sensación muy agradable de que, por fin, los integrantes de la clase política nacional, en especial los mandatarios provinciales más influyentes, estarían dispuestos a minimizar sus diferencias para colaborar en beneficio de todos. Mientras duró aquella luna de miel, el gobernador bonaerense Carlos Ruckauf colmaba de piropos al “estadista” radical, pero poco después tanto él como sus compañeros se las arreglaron para echarlo de “la casa de Perón”. Todos los países son “anormales” a su modo particular. La Argentina lo es por muchos motivos, entre ellos la convicción generalizada de que, bien gobernada, sería capaz de recuperar en muy poco tiempo el terreno que ha perdido a partir de mediados del siglo pasado, pero que, por razones políticas y culturales misteriosas, sigue resistiéndose a cambiar. En muchas ocasiones en el pasado, se ha difundido la impresión de que un nuevo gobierno lograría aprovechar los recursos naturales y humanos disponibles para que, una vez encontrado “el rumbo” apropiado, el desarrollo deje de ser una aspiración para transformarse en una realidad, pero las esperanzas así supuestas siempre se han visto frustradas. En algunos casos, como el supuesto por la gestión del presidente Raúl Alfonsín, el fracaso pudo atribuirse a la negativa principista del gobierno a tomar medidas imprescindibles: antes de despedirse, el mandatario radical confesó haber desaprovechado la oportunidad que le fue brindada por el apoyo popular porque “no supo, no quiso y no pudo” hacer lo necesario para alcanzar sus objetivos. En otros casos, el colapso de un proyecto supuestamente consensuado se debió a la incapacidad del mandatario de conservar la autoridad precisa para impulsar cambios duraderos, o por la costumbre de aprovechar políticamente un éxito inicial sin darse el trabajo de consolidarlo. Si todos los gobiernos recientes han tenido algo en común, se tratará de la propensión a creer que el país es mucho más rico de lo que realmente es. Los kirchneristas basaron su estrategia económica y social en dicha ilusión. ¿Cometerá Macri el mismo error? A juzgar por lo que dice, él también parece convencido de que los problemas heredados distan de ser tan tremendos como harían suponer los números. Puede que sólo haya sido cuestión de su voluntad de tranquilizar a los preocupados por los riesgos personales que les supondrían los “ajustes” que ya ha comenzado a aplicar, pero acaso sería mejor que el presidente asumiera una postura menos voluntarista. Al fin y al cabo, para que la Argentina revierta casi tres cuartos de siglo de decadencia, será necesario que cambie mucho, pero parecería que el presidente está más interesado en conseguir la aprobación de políticos consustanciados con un statu quo que nadie podría considerar aceptable que en convencerlos de que es debido en buena medida a su propia adhesión a modalidades que son incompatibles con el desarrollo socioeconómico, ya que el país sigue sin encontrar la tan ansiada “salida” del laberinto en que se internó hace tantos años.
Opiniones
James Neilson – Especial para “Río Negro”
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