La nueva dicotomía

Editorial

Redacción

Por Redacción

En las horas que siguieron al ataque terrorista fulminante contra blancos emblemáticos en Nueva York y Washington, con escasas excepciones los dirigentes de los distintos países rivalizaron expresando su horror por lo ocurrido, subrayando su solidaridad con el pueblo de Estados Unidos y manifestando su convicción de que se trataba de un golpe asestado contra la civilización como tal. Desde entonces, empero, tales opiniones se han modificado en muchas partes. En Europa occidental, América Latina y, huelga decirlo, los países dominados por el Islam, se ha difundido la idea de que el desafío planteado por el fanatismo fundamentalista está dirigido contra Estados Unidos, no contra ellos, y que por lo tanto hay que buscar las causas del desastre en la superpotencia misma. Por supuesto, sería bueno que tuvieran razón los que piensan que lo que estamos presenciando es sólo un conflicto entre los círculos dominantes de Estados Unidos y un pequeño grupo de musulmanes comprensiblemente enfurecidos, pero sería realmente asombroso que el enfrentamiento resultara ser tan limitado. Lo sería porque ya se cuentan por millones los musulmanes que se sienten atraídos por la idea básica de Osama ben Laden y sus allegados de que el mundo entero tendrá que elegir entre la destrucción y la sumisión a su versión particular del Islam.

Frente a un fenómeno de este tipo es natural que muchos se dediquen ya a minimizar sus connotaciones, ya a atribuirlo a los errores o crímenes perpetrados por sus adversarios tradicionales. Es una forma de asegurarse de que el peligro es falso y que por lo tanto no será necesario adaptarse a él.

Puede entenderse, pues, la voluntad de muchos europeos y la mayoría de los latinoamericanos de «diferenciarse» criticando la ofensiva estadounidense contra el régimen talibán afgano que está comprometido con Ben Laden, postura que tiene su lógica si uno cree que en última instancia la matanza del 11 de setiembre se debió exclusivamente a la vileza norteamericana y que los sauditas y egipcios que la llevaron a cabo fueran víctimas inocentes de la islamofobia occidental, pero que desde cualquier otro punto de vista es perversa.

Si, como parece más que probable, la destrucción de las Torres Gemelas y una parte del Pentágono fue sólo el comienzo de una campaña prolongada, el mundo no tardará en encontrarse en una situación comparable con la supuesta por la lucha entre las democracias occidentales y el totalitarismo militante. En Europa occidental, esta perspectiva está motivando aún más malestar que en Estados Unidos debido a la presencia de grandes colectividades musulmanas cuyos voceros más locuaces no vacilan en anteponer su lealtad hacia su religión a sus deberes cívicos, obligando así a los demás, incluyendo a progresistas habituados a reivindicar lo que llaman «multiculturalismo», a preguntarse si no será necesario desempolvar las leyes concernientes a la traición a la patria en tiempos de guerra.

Por fortuna, en América Latina los problemas parecen menos inmediatos, aunque creer que los atentados contra la embajada de Israel y la sede de la AMIA fueron sólo un conflicto entre grupos que nos son ajenos, podría tener consecuencias muy negativas. Como algunos ya han señalado, la tendencia de las figuras presuntamente más representativas de tantos países latinoamericanos a asumir actitudes más críticas que solidarias ante la «guerra contra el terror» está motivando comentarios en Washington y también en Bruselas. Aunque muy pocos argentinos u otros latinoamericanos puedan sentirse consustanciados con el extremismo islámico, si andando el tiempo los países más poderosos comienzan a distinguir netamente entre «nosotros» y «ellos» -lo cual sería inevitable en el caso de que se agravara el enfrentamiento que aún estará en su fase inicial-, los pueblos que hayan querido distanciarse del conflicto no sólo a fin de ahorrarse problemas, sino también por no sentirse responsables por nada, tendrán que resignarse a un lugar muy atrasado en la cola muy larga que conforman aquellos países que con toda seguridad continuarán pidiendo favores especiales a Estados Unidos y la Unión Europea.


En las horas que siguieron al ataque terrorista fulminante contra blancos emblemáticos en Nueva York y Washington, con escasas excepciones los dirigentes de los distintos países rivalizaron expresando su horror por lo ocurrido, subrayando su solidaridad con el pueblo de Estados Unidos y manifestando su convicción de que se trataba de un golpe asestado contra la civilización como tal. Desde entonces, empero, tales opiniones se han modificado en muchas partes. En Europa occidental, América Latina y, huelga decirlo, los países dominados por el Islam, se ha difundido la idea de que el desafío planteado por el fanatismo fundamentalista está dirigido contra Estados Unidos, no contra ellos, y que por lo tanto hay que buscar las causas del desastre en la superpotencia misma. Por supuesto, sería bueno que tuvieran razón los que piensan que lo que estamos presenciando es sólo un conflicto entre los círculos dominantes de Estados Unidos y un pequeño grupo de musulmanes comprensiblemente enfurecidos, pero sería realmente asombroso que el enfrentamiento resultara ser tan limitado. Lo sería porque ya se cuentan por millones los musulmanes que se sienten atraídos por la idea básica de Osama ben Laden y sus allegados de que el mundo entero tendrá que elegir entre la destrucción y la sumisión a su versión particular del Islam.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora