La ortografía en jaque

Por Redacción

COLUMNISTAS

No hace tanto tiempo se está discutiendo en nuestro país la condición sexista de la lengua española, nuestra lengua madre, asunto que en España tiene ya algunos años y ha dado lugar a la publicación de varias guías de lenguaje no sexista cuyas recomendaciones, a propósito, están circulando entre nosotros.

La calificación sexista del lenguaje remite, conceptualmente, a dos razones: una está vinculada básicamente con el léxico y la otra, con la lengua per se, con su gramática. La primera cuenta con un parapeto argumental incuestionable; basta con repasar el diccionario de la Real Academia Española y hallar las connotaciones que tiene allí lo femenino -ver, por ejemplo, la sexta acepción del adjetivo “femenino”, el significado de “afeminado” o la respuesta que encontramos frente la consulta del sustantivo “femicidio”-. Basta considerar la injusticia que comporta aceptar que la mujer sea el “sexo débil” y lo arbitrario de decir “Día del Niño” y no “Día de la Infancia” o decir “hombre” en lugar de “género humano” cuando nos referimos a la especie.

La otra razón, sin embargo, derivó en una polémica, pues alude al uso marcado del género masculino como “inclusor” del femenino en aquellas expresiones que se refieren a ambos géneros. La expresión “matrimonio de médicos”, por ejemplo, lleva al usuario de la lengua española a pensar en una pareja constituida por un médico y una médica, mientras que en la expresión “matrimonio de médicas” no es así, precisamente por el uso no marcado del masculino que se ha ido construyendo históricamente y por defecto, como neutro, al no contar la lengua con este tercer género.

Es indiscutible que, desde una perspectiva sociocultural, la tradición patriarcal y androcéntrica ha tenido muchísima responsabilidad con esta peculiar forma de ser de la lengua española, pero también es cierto -como dice Sonia Santoro- que es imposible que el sexismo no se cuele inevitablemente en los textos, debido a las propias limitaciones que la lengua tiene con el género de sus sustantivos y sus concordancias (¿cómo se resolvería el enunciado “Juan y María están contentos”? ¿Diciendo que están contento y contenta?).

Sin embargo, nada de esto es compartido por la militancia del lenguaje no sexista y la novedad nos llega a través de un planteo con tintes anárquicos que pretende avanzar sobre la propia escritura como una manera de reparar un daño histórico. Consiste, en un caso, en visibilizar al género femenino con la inclusión de una arroba frente al uso no marcado del masculino (matrimonio de médic@s); en otro, rechazar el binarismo sexual e insertar una equis frente a cualquier marca de género (matrimonio de médicxs).

Uno y otro comparten algo: no usan signos lingüísticos, es decir que no se corresponden con ningún sonido de la lengua, por lo tanto no pueden leerse; son ideogramas más propios de sistemas de escrituras ideográficas como la china, insertados arbitrariamente en un sistema alfabético, es decir en una escritura que enlaza sonidos, cadenas de sonidos que imprevistamente con esta novedad se interrumpen con signos que representan una idea, un concepto. El uso de arroba entra en escena de la mano del feminismo, jugando con la apariencia de la “a” y la “o” amalgamadas para borrar la marca de género; el de la equis asume más riesgos, pues representa al transfeminismo, movimiento que se desprende del feminismo tradicional a finales del siglo pasado en Estados Unidos e Inglaterra y toma el discurso del transgénero, un movimiento en cuya a base ideológica están los trabajos sobre género de Judith Butler, a partir de quien el concepto se convierte en un significante político en el seno de un colectivo que representa y defiende los derechos de la transexualidad.

Una segunda cosa comparten: esta voluntad es producto de la corrección política y entre sus defensores no hay -al menos, publicados- lingüistas ni profesionales de la escritura, es decir, personas que hacen de la lengua escrita su hábito u ocupación, su forma de vida. Sus argumentos, por lo tanto, son producto de un acto de audacia militante despojado de todo sustento teórico, muy reñido con lo práctico y lo estético, aparte de contravenir lo normativo y poner en jaque a la ortografía. Desconocen que la escritura no es sólo la materialización del pensamiento sino que involucra una serie de normas, principios, que nadie ha inventado ni impuesto, sino que fueron construyéndose históricamente con el ejercicio de la lectura en permanente diálogo con la escritura, siendo el lector el verdadero artífice de este mecanismo porque, en definitiva, se escribe para él. Quien escribe no sólo comunica un contenido, sino que busca además hallar la forma de que su texto sea aceptado por el lector, le provoque interés, le genere placer; busca ahorrarle esfuerzo en la transacción comunicativa. Lo contrario, respetar a ultranza las sugerencias de los manuales de lenguaje no sexista, enemistarse con el uso no marcado del masculino, no hace otra cosa que “embarrar los textos”, hacerlos ilegibles, dice Luciana Peker, periodista, comunicadora y feminista.

El género gramatical no es el sexo así como el sexo no es el género como categoría sociocultural. ¿Dónde estaría, si no, el sexo de “césped” para que sea masculino o de “pared” para que sea femenino? ¿Por qué “la víctima” o “una persona” o “una criatura” pueden ser un hombre o un niño, si el género marcado es femenino? No son misterios, la gramática de la lengua responde, el lenguaje en sí no es sexista; no existe una actitud misógina ni homofóbica en el uso de la lengua, lo que verdaderamente importa es el habla, importa la acción que ejercemos sobre el otro con el qué y cómo decimos, importa el entramado de los textos, los discursos generados y las redes discursivas que los sostienen, sean éstos dominantes o emergentes. María Elena Walsh no sintió que la lengua en la que escribió no la representara; su legado intelectual y poético no se vio ni está amenazado por supuestas conspiraciones machistas, como tampoco la obra de Alejandra Pizarnik ni la de Diana Belessi. No fue el discurso enmarañado con entelequias no sexistas el responsable de los derechos ganados por las minorías sexuales hasta ayer excluidas, sino las herramientas de la retórica usadas, inteligencia y léxico mediante; tampoco en el Diccionario de Estudios de Género y Feminismos de Susana Gamba, ni en el portal de internet con perspectiva de género “Agenda de las Mujeres” ni en la Red Informativa de Mujeres de Argentina (RIMA) hallamos estas licencias.

Es que todo parece resumirse en ese histórico y tradicional “¡Señores y señoras!” inventado por los viejos presentadores: ellos seguramente no sospechaban la futura querella de los géneros pero, aun así, con ese vocativo advertían al público que todo aquello que dijesen en adelante, sin necesidad de hacer una permanente discriminación de géneros, debía ser entendido como inclusivo.

HÉCTOR E. MARTÍNEZ

Profesor del Instituto de Formación Docente Continua de Villa Regina

HÉCTOR E. MARTÍNEZ