La otra globalización

Si bien las FARC, el IRA, ETA y otros nacionalistas suelen manifestarse contra la globalización, son pioneros en la materia.

Por Redacción

La detención en Bogotá de tres irlandeses sindicados como integrantes del IRA que habían estado trabajando con las FARC locales ha servido para recordarnos, si aún fuera necesario hacerlo, que los principales responsables de la creciente «internacionalización» de la conflictiva situación colombiana no son los líderes de los sucesivos gobiernos de Estados Unidos, sino los guerrilleros mismos. Como ya es habitual cuando un movimiento de este tipo logra apoderarse de una base territorial importante, miembros de agrupaciones afines no han tardado en aprovecharla. Puesto que las FARC cuentan con lo que es en efecto un país autónomo de más de 40.000 kilómetros cuadrados, es natural que se haya convertido en uno de los ejes más significativos del terrorismo internacional, atrayendo no sólo a los intransigentes del IRA sino también a una multitud abigarrada de croatas, paquistaníes, árabes, turcos, norteamericanos, españoles, italianos y otros que han llegado a la «zona liberada» para intercambiar información, dar o recibir instrucción y, desde luego, conseguir dinero. Por eso, la incapacidad de las autoridades colombianas para derrotar a los guerrilleros y por lo tanto su decisión de procurar convivir con ellos ha planteado riesgos gravísimos no sólo a sus propios compatriotas, sino también a los ciudadanos de muchos otros países.

Aunque a primera vista los nacionalistas, marxistas y fanáticos religiosos que se han trasladado a la selva colombiana representan movimientos que no sólo son diversos sino también radicalmente incompatibles, todos comparten dos características fundamentales: odian el orden establecido y todos han encontrado irresistible el estilo de vida del guerrillero. He aquí la razón por la que eliminarlos resultará imposible. No es factible que un día haya una sociedad, por justa y rica que fuera, que lograra satisfacer a todos sin excepción, de suerte que siempre habrá una minoría belicosa que se las ingeniará para encontrar motivos a su juicio contundentes para rebelarse contra «el poder». Que en algunas latitudes éste sea llamativamente benigno no los haría cambiar de opinión: por el contrario, nunca han faltado ideólogos astutos dispuestos a argüir que los regímenes muy tolerantes son todavía peores que los más brutales porque, a diferencia de éstos, logran ocultar su naturaleza intrínsecamente perversa. Asimismo, siempre habrá personas -acaso muchas- a las cuales la vida del guerrillero, terrorista o bandido les parecerá más digna y más romántica que cualquier alternativa. En última instancia, todo lo demás -las elucubraciones filosóficas, las injusticias que se denuncian, los mitos nacionalistas, el integrismo religioso, los proyectos «utópicos» y así por el estilo- no son sino pretextos para comportarse de una manera determinada aunque, huelga decirlo, también sirven para que sectores significativos de la opinión pública les brinden su apoyo y para que distintos gobiernos traten de «negociar» con ellos con la esperanza vana de convencerlos a deponer sus armas.

Si bien las FARC, el IRA, la ETA, los nacionalistas croatas, los milicianos estadounidenses y los islamistas de diverso tipo que están «luchando» contra el statu quo en nombre de causas casi siempre minoritarias suelen afirmarse contrarios por principio a la «globalización», en verdad son pioneros en la materia, de modo que no debería haber sorprendido a nadie que los «católicos» del IRA hayan establecido relaciones estrechas con «marxistas» sudamericanos, ni que hayan colaborado desde hace décadas con «nacionalistas» árabes. Tampoco extrañaría demasiado que las milicias «ultraderechistas» de Estados Unidos se aliaran con quienes en teoría son sus archienemigos, además, claro está, de grupos «globalifóbicos» adictos a la violencia. Es que para virtualmente todos los militantes de la internacional contestataria lo que más importa no es la ideología sino la metodología, y muchos, tal vez todos, están dispuestos a colaborar, por motivos «tácticos», con narcotraficantes, práctica que reivindicarán repitiendo los argumentos tradicionales que siempre han servido para justificar opciones de dicha clase.