Don Hernández, el mochito, o la historia de una trashumancia que se está perdiendo en el Norte neuquino

Unas pocas personas saben que, en nuestro origen africano, si no estábamos atentos a los ruidos y olores de la sabana, aun durmiendo con un solo ojo, podíamos morir en las fauces de un león, de un tigre, una hiena, un zorro o una banda completa de algunos de ellos, sin darnos el tiempo suficiente de trepar un árbol e intentar salvarnos. De estos violentos episodios, tan comunes por aquellos días, nacen muchos de los fantasmas y monstruos con lo que hoy sueñan muchos niños en una traumática remembranza grabada en nuestra psiquis, de aquellos tiempos cuando aún vivíamos en los árboles. Otras pocas personas saben que en el norte neuquino y sur mendocino las madres pumas salen por las noches a enseñarles a sus crías a cazar y, en un instante, si el pastor y sus perros no están atentos, los felinos les pueden matar unos 15 a 20 chivitos en una magistral clase de cacería.

Con un cerebro idéntico al nuestro, hasta hace unos 11 mil años y durante los últimos 200 mil anteriores los sapiens nos especializamos en la caza y recolección de alimentos, como la mayoría del resto de animales. Dominábamos el fuego y recorríamos el planeta buscando comida y a tal fin estábamos organizados social, estratégica y psicológicamente. Sin posesiones ni objetos que dificulten el traslado, ni jerarquías sociales distintivas. Tejíamos abstractas historias en la que creíamos, como hoy, que nos ayudaban a organizarnos y mantenernos unidos, porque los humanos somos los únicos animales que podemos hablar de cosas que no existen.

Hace, entonces, unos 11 mil años, azarosas e imprevisibles casualidades ambientales que tuvieron su origen en una leve modificación del eje de rotación del planeta y los desbordes de una inmensas lagunas de la actual Norteamérica, acabaron con la última era del hielo que debimos soportar. Otra vez el clima fue un modelador de las estrategias de supervivencia de todo cuanto vivo habitaba la tierra. Los polos comenzaron a derretirse, los mares subieron su nivel y la temperatura y humedad el suyo.

El planeta despejó las gélidas estepas en las que cazábamos mayoritariamente mamuts, rinocerontes peludos, los caballos que migraron de América, hipopótamos, uros (antecesor de la vaca) bueyes almizcleros o ciervos gigantes entre otros y, paulatinamente, las fue reemplazando por abundantes y lluviosas praderas de cereales silvestres y bosques más húmedos en donde crecían otro tipo de animales más pequeños que los descriptos, como cabras, ovejas, cerdos y vacas. Aunque lo más importante, además de este cambio, fue que el clima, con algunas interrupciones, por 1° vez en miles y miles de cosas: se afianzó y acabó con su milenaria inestabilidad que terminaba frustrando cualquier intento experimental, si lo hubo, de domesticación de plantas o animales u otro tipo de vida que no imaginamos.

Fue cuando un pequeño grupo de humanos comenzó a, primero recolectar, y luego cultivar y domesticar trigo, cebada, avena o lentejas en la mesopotamia de los ríos Eufrates y Tigris al pie de los montes Taurus, sin dejar de cazar los cada vez menos mamuts, entre otros, que empezaban a desaparecer por la depredación y el clima. Nuestra organización social era básicamente parental como lo continúan siendo muchos gobiernos africanos. Nuestras primeras viviendas, no eran muy distinta y tan básicas como las de los actuales trashumantes del norte neuquino. Ante la abundancia de alimentos, los humanos no hicimos nada distinto al resto de seres vivos y nos multiplicamos sin que se traduzca en una mejor calidad de vida, es decir, aumentó la cantidad de personas a la que le sucedía lo mismo.

Quebramos el equilibrio malthusiano. Se aceleró la extinción de los grandes mamíferos y exigió la búsqueda de mayores áreas cultivables aumentando a su vez la población y la diversidad de actividades y fue el principio de nuestra civilización y barbarie de la que, elegantemente, pudo escapar don Hernández, viejo trashumante neuquino. Aprendimos también a domesticar cabras, luego ovejas, cerdos y vacas (en ese orden). Y todo esto, fue ayer nomas. El incremento poblacional en todos los lugares del planeta en donde se desarrolló la agricultura, dio inicio a un proceso de sostenido crecimiento poblacional y el último cazador recolector fue el fiel testigo de como cultivaban lo que él recolectaba y domesticaba las fieras que cazó durante miles y miles de cosas. Murió sin que nadie lo escuchara.


Donde el suelo era más apto para el cultivo, aparecen las primeras aldeas y donde no, se intensifica el pastoreo trashumante y así fue como, hace unos 9 mil años, aparecen los primeros pastores nómadas y con ellos una forma de pensar y ver el mundo de una manera original y novedosa no ajena al clima y la geografía que es quien terminó forjando sus ideas y costumbres en la necesidad de moverse permanentemente en busca de agua y pastos para su animales.

En definitiva, estos cargaron su vida al hombro y se independizaron de la posterior organización y complejidad social que los eximió de establecerse y someterse a una casta guerrero sacerdotal que los presionaba de burocracia, dogmas e impuestos. Contra todo lo que se suponga, la domesticación de plantas y animales fue nuestro primer trabajo formal que nos exigió un esfuerzo adicional al que no estábamos acostumbrados ni física ni psicológicamente y nos diferenció del resto de animales. La civilización y su complejidad social, con desigualdades y novedosas tecnologías incluidas, estaban a un paso. Pero hubo un grupo de pastores trashumantes nómades que, rebeldes, tomó una ruta distinta y lo que sigue, es su síntesis.


Actualmente quedan unas 6 comunidades de pastores nómades, la más importante de todas fue la liderada por el poderoso Gengis Kan en la Mongolia, a cuyos pies se rendían los más poderosos reyes y monarcas euroasiáticos. Sus historia, que no vienen al caso, son verdaderamente atrapantes. El resto están actualmente establecidas en el Valle del Echo español, los Tuareg del norte africano, los Sarakatsani en los Balcanes, los Ghilji en Afganistán y Pakistán, los mongoles ya descriptos y los de interés de este texto que son mayoritariamente criollos y algunos mapuches en la Patagonia Argentina que, como el resto, van desapareciendo. Si bien muchos de ellos se han modernizado, sus costumbres y forma de vida maravillan al citadino contemporáneo.

La llegada de estos pastores a América del Sur coincide con la primera fundación de la provincia de Mendoza por parte de migrantes españoles radicados en la actual República de Chile en la segunda mitad del 1500. En América no existían ni las ovejas, ni las cabras, ni vacas, ni caballos. Estos colonos deben de haber visto en la geografía del sur de Mendoza y norte de Neuquén un parecido con los de sus Pirineos natales y podían, por tanto, criarlas como allá, donde hacia más de 3 mil años que lo practicaban. Por un minuto, si lo tiene, haga el esfuerzo de recrear las carabelas españolas cruzando el Atlántico, a salvo de los corsarios ingleses, llenas de ovejas, cabras, vacas, perros y colonos imaginando que imaginaban un mundo nuevo en torno a nuestra cordillera.

Lo interesante no fue que vinieran, ni siquiera lo que traían, pero si lo que pensaban. Fue y es el intercambio de idea lo que inquieta el poder trasformador de cualquier comunidad. Al igual que el sexo, las ideas se multiplican y diversifican, mientras que algunas mueren, otras crecen…de alguna manera todos los humanos somos inmigrantes, lo que justifica el recelo de la comunidad que recibe a una nueva. Es legítimo defender el terruño de la invasión migrante por el hecho de habitarlo, trabajarlo y enterrar a su muertos desde mucho tiempo entes de la ocupación, pero es ridícula la pretensiosa abstracción intelectual de sentirse eterna e inmutablemente dueños de algo que no les pertenece… entonces, sigiloso como un ratón, aquí se radicaron los pastores españoles, con sus rebaños e ideas, y se mezclaron con los Puelches y Pehuenches los pueblos originarios de esta región y descendientes de antiguos cazadores recolectores que hacía más de 12 mil años habitaban la actual república de Chile y estas tierras, con evidencias de su remota existencia en la localidad de Barrancas, Buta Ranquil y en el Museo de Caepe Malal de la provincia de Neuquén donde criaban guanacos, choiques, zorros, ciervos de los que se alimentaban, cubrían y vestían y algunas pocas especies vegetales.

Hasta donde sabemos su integración fue dócil y sin lo traumática que el resto de la conquista, de hecho, de ambos nacieron los mestizos que son quienes hoy están al frente de esta tradición. Casi no existen documentos de su historia y posterior establecimiento local, lo cierto es que se afincaron en la región mucho antes que la nación se constituye como tal, dinamizando a la toda esta zona e imponiendo una impronta pastoril e integrada con los pueblos originales: Puelches y Tehuelches (que no eran Mapuches) y contagiando a los conquistadores mapuches que, desde el otro lado de la cordillera se vinieron a radicar más al centro y sur de este provincia de Neuquén, mucho de los cuales, si no la mayoría, continúan con el pastoreo de la que hoy día viven y comercian aún mejor que en su atávico origen recolector, disimulando, decorosamente con su ancestral sabiduría…claro, su evidente origen colonialista, logrando, así, que las apariencias se impongan a la verdad.

Con la república de Chile mantuvieron un intenso intercambio social y comercial, de hecho: “…dos puntas tienen el camino y las dos alguien me aguarda…” cantan Los Chalchaleros con letra de Rocha y Ocampo, pero se acabó con la imposición de los límites geográficos de cada país. Desde entonces el norte neuquino y sur mendocino se fue poblando de familias trashumantes, organizadas parentalmente, que en algún momento llegaron a superar las 6 mil, configurando una original y fecunda impronta cultural que fue guiando sus conductas, su forma de producción y su relación con la naturaleza y terminó radicando, unos por uno, a la mayoría de los pueblos establecidos en este norte patagónico. En la primavera, después de los primeros deshielos y la parición de sus animales salen a las altas cumbres a lo que ellos llaman sus “veranadas” perfectamente delimitadas en busca de mejores pastos para regresar a la yerta estepa, que llaman “invernada” a mediados del otoño, también, muy bien delimitadas. Cada uno de estos lugares forman espacios llenos de los sentidos y contenidos propios de su cultura.

Esta trashumancia puede durar desde algunos pocos días hasta un mes, durmiendo y comiendo donde toque, expuestos a toda condición climática. Sin mayores aspiraciones, su economía también es de subsistencia, pero no son improvisados. No hay interés por estudiar, tampoco por el futuro, ni espíritu emprendedor. Condiciones, sin las cuales no hay progreso o algo parecido a lo que hoy vivimos. Pero, después de todo, si ni Usted ni yo, tan leídos que somos, no pudimos con la miseria, el hambre o la injusticia… ¿Por qué le íbamos a pedir un esfuerzo a don Hernández…?


Desde el día de su llegada a esta región, el mundo se dio vuelta, es otro y no se puede comparar con aquel que en nada es comparable con este que Ustedes y yo estamos viviendo actualmente; sin embargo, Don Hernández ¡Mi querido Don Hernández…! “El mochito” como lo llaman por aquí, sigue siendo el mismo que es y que fueron sus ancestros, nada, absolutamente nada, lo ha podido cambiar. Ni a él, ni a ninguno. Encontró en los chivos, su caballo, sus perros y esta cordillera una excusa para ser libre y liberarse de aquello que se lo impedía. Y no lo es en los términos en que nos lo imaginamos. No vuelan sus pelos al viento ni toca la guitarra, no usa ojotas, no escribe poesías, ni talla corazones en los árboles porque probablemente no sepa escribir.

Don Hernández no es ni un cazador recolector ni un tecnológico vecino urbano. Es otro. Ha quedado a medio camino de ambos. No es pobre, ni mucho menos rico, no lo incluye ninguna categoría. Es, sí, un pastor trashumante. No tiene bustos que lo inmortalicen, pero se las ha arreglado creativamente, como un artista, para imponer una estética en sus ritos y costumbres con los que ha logrado vencer al tiempo.

De rictus adusto, elocuente, rostro curtido y manos tan ásperas que son incapaces de acariciar sin que en cada raspón nos grabe en la sangre la historia de todas sus historias. Cada tanto y de cumplido, de mañoso que es, le reza a Sebastián para charlar y hablar con alguien, porque en la soledad de la inmensidad en la que habita, por música solo suena el cencerro de su yegua madrina y el balido de sus animales que lo tienen al corriente de sus vidas a la sombra de sus geografías. Sus necesidades son tan elementales que le sobra con lo que tiene, si es que, además del rancho y su rebaño, tiene algo. El dinero es un medio del que difícilmente disponga para artículos suntuarios de los que sí cree necesitar un asalariado urbano que tiene al dinero como un fin y del que, además, depende su autoestima. Donde vive no hay agua corriente, ni gas, ni energía eléctrica.

Su rancho, techo de carrizo (tipo de paja) tiene vista al universo y la luna, como la de Simoca, alumbra cuando se le antoja. ¿Hay alguien más creativo que don Hernández que debió ingeniárselas para superar las limitaciones de la geografía y del clima para poder vivir…? El polvo de las huellas anuncia el andar de su tropa y el chasquido de su arreador, su telúrica y firme presencia que irrumpe el aire…Con estos gestos, con estas costumbres ya hechas un callo en su cultura, don Hernández ha dilatado las huellas de sus tradiciones desde que se independizó hace unos 9 mil años, superando, intacto, la ruta de la seda, las monarquías, las cruzadas. Sobrevivió a los griegos y vio caer el imperio romano. Inclusive lo vio nacer a Jesús y por un momento lo acunó en sus brazos. Los burros del pesebre son el más sentido regalo a su madre María. “Se lo hubiésemos salvado María -le comentó a ella años después- de haberse criado entre los nuestros”. Superó, también, las oscuras chimeneas de la era industrial y no se dejó tentar por la escalada social. Y, a fuerza de empeño y heridas, ha logrado llegar hasta la era de la internet tambaleando como un borracho, pero de pie y montado en el mismo burro que Sancho acompañó al hidalgo caballero. Gracias a que, discreta y disimuladamente, ocupó una geografía donde las personas son las mismas que ayer llegaron en las carabelas, donde nada parece haber cambiado. Un lugar tan poco conocido como él que, aún desapareciendo como está, no grita, no se defiende, no se hace ver. No es Fierro que vivió penando, y se niega a ser como Sombra, ni tampoco se acostumbra a estar tan mal como don Inodoro. La música nacional apenas lo tiene, si es que lo tiene, en su repertorio, alguna que otra cueca lo llora en sus lamentos. No es noticia. No molesta y nadie lo reclama. No estamos hablando de un peón. Hablamos de un pastor… de una categoría de criollo casi desconocida al punto que ni la Zamba del Tiempo Nuevo, ni los Berbel le han dedicado una estrofa.

Con toda seguridad las familias que fundaron la tradición trashumante en esta región del país, se encontraron con un terreno fértil para multiplicar a sus miembros y ocupar nuevos territorios al tiempo que, sin saberlo, sembraban la semilla de su futura extinción quebrando el equilibrio malthusiano. Con los años, la tierra ya les era escasa, la curva se invirtió estabilizando su población. Y hoy, como sus pares de todo el mundo están en peligro de extinción. Su radio de acción va disminuyendo en inversa relación a la creciente fuerza gravitacional y motriz de van ejerciendo las pequeñas localidades que se fueron formando al paso de sus rebaños. Es la misma gravedad que ejercen las grandes ciudades sobre las pequeñas o la tierra sobre las manzanas de Newton.

El poder seductor de la avalancha civilizatoria ha tentado a sus hijos. Estas trasformaciones parecen nimias frente a una cultura tan consolidada capaz de resistir el paso del tiempo, sin embargo, los cambios institucionales y culturales, el aumento de la población urbana que fueron creciendo, mermaron, como un antibiótico, su resistencia. Del umbral al que han llegado, no se vuelve. Se desangra y no hay retorno. Hay cuidados paliativos, pero sabe que se acaba. Ni él, ni su actividad, han estado nunca incluidos en algún programa gubernamental de importancia que preserve su envidiada autonomía. Desde el origen de nuestra estirpe humana el ritmo de innovaciones se acelera al mismo tiempo que lo hace la población y en la medida que crecen los consumidores de productos y servicios también lo hacen los que los inventan en una espiral que, con cada vez más fuerza, arrastra a cada vez más gente. Se suma el constante incremento del costo de vida, la creciente necesidad de mejorar la calidad emocional y educativa de los hijos que reduce los nacimiento en estrecha relación a las expectativas de futuro que prometen la dedicada contención amorosa, el estudio y el conocimiento que, casualmente, no es lo que abunda en este lado de la cordillera ¿Cómo iban a hacer para evitarlo? ¿Cuánto tiempo más Don Hernández podría pertenecer en el anonimato de su veranada? ¿Se puede detener? … ¿Y por cuánto tiempo? A este espiral se suma el deterioro ambiental: menos nieve, menos agua, menos pastos, menos pastores. Sus hijos, nietos y entenados quieren otra vida. Y toda esta región que ayer fue un exitoso continente autosuficiente, ahora está fragmentada en pequeños pueblos y parajes, poblada de pasivos y aburridos cortesanos dependientes del estado, sin el brillo y la guía que, en los ojos, siempre tuvo don Hernández.


El huracán social de la modernidad ha irrumpido violentamente en nuestra psiquis y se ha llevado a las costumbres -las buenas- y las tradiciones y con ellas las raíces del sentido, por ejemplo, de la familia (que incluía a parientes y vecinos) a las relaciones sociales -cada vez más accidentales y efímeras- del trabajo y el vínculo al terruño que era su espacio. La familia, por ejemplo, ha dejado de ser una estructura básica de contención mutua e intimidad y, también, una unidad productiva de pequeña escala para pasar a ser un grupo sanguíneo de afines y hedonistas consumidores que, además, han incorporado al perro al grupo -como otro consumidor- siendo que hasta ayer era un pastor. Y lo peor es que ha marginado a los pocos grupos autónomos que quedan en el mundo a la periferia del planeta enterrando con ellos su autosuficiencia y sentido del trabajo que siempre tuvieron tan claro porque de ello dependía su existencia y su independencia de las desigualdades y de la servidumbre a la que tan dócilmente se somete el ciudadano común.

Cada vez menos trabajadores modernos tienen claro el sentido de lo que están haciendo. Y cada vez más de ellos limitan sus conocimientos a los fragmentos de un todo para hacer más ignorante al experto; cuanto más se especializa, menos sabe del funcionamiento del mundo. Este arrasador cambio ha reemplazado costumbres y tradiciones por el reino de la confusión de significados, roles y valores a los que con tanta docilidad adherimos en la inmensidad de esta indiferente sociedad. Nos han quitado el andamiaje intelectual con el que podríamos criticarlo, burlarnos, rebelarnos e inclusive ironizar sin pasar como unos atrasados. Los espíritus y los dioses que nos hechizaban cuando éramos animistas y habitaban las praderas, los bosques, los ríos, el océano, el alma de los animales o los cielos, nos han dejado de hablar y se han reemplazado por el conocimiento científico -y está bien- pero ya no nos orientan ni consuelan con aquella esperanza que palpitamos al orarle o cantarle con tanta devoción. Dios ya no existe y no lo hizo nunca, pero ¿dónde está aquel que sí lo fue?

A diferencia de la transición de la caza y recolección a la domesticación de animales y plantas que, región por región, tardó más de 3 mil quinientos años en establecerse, este huracán, en apenas 200 barrió con todo lo que encontró. No tiene límites, tiene barreras que superar. Nuestra vida ya no depende de nosotros, depende de otros para quienes trabajamos abnegadamente. Bajo la tutela de reyes, presidentes, gobernantes, legisladores, jueces, burócratas en general, jefes públicos y privados, cada vez más seres humanos vamos reemplazando, peligrosamente al estado omnipresente y sus leyes por nuestra libertad y, si a veces obedecemos tantas pavadas, lo hacemos a sabiendas de que cierto grado de estupidez hace más soportable la existencia…

Cuando años atrás exterminamos a tantas especies, no lo hacíamos de malos, jamás previmos las consecuencias. En cambio, ahora sí somos conscientes de casi todos nuestros actos y podemos, por tanto, cambiarlos. Así como antaño encontrábamos relatos que nos ayudaban a organizarnos en torno a la casería, a encontrar a un ángel o al diablo en una nube, ahora podríamos buscar otro nuevo, antes de que tengamos que olvidarnos definitivamente de ellos. Y aquí, entonces, no se trata de preservar la actividad, cualquiera que tenga un patio puede tener un piño (rebaño) y, si le cuadra, un pony y un caniche mariconeando y vivir una experiencia vintage y trashumante para compartir en sus redes.

Pero no cualquiera puede, cabalgar horas y horas en la inmensidad de la intemperie durante agotadoras jornadas, comer y dormir a donde quepa, vivir en un rancho con solamente un techo de carrizo, tener el olfato que, entre coirones y cizañas, lo orienten a su veranada o hablar con dios cuando no hay con quien y, tras cartón, sentirse dichoso cargando al hombro una vida realizada. No cualquiera tiene la estirpe trashumante. Son únicos.

Se trata pues, si se puede, de tutelar las identidades de aquellas costumbres tan particulares y consolidadas en una cultural única en la Argentina que vino de allá…de tan lejos y que, si los números no mienten, desaparece con el mismo sigilo de aquel ratón que se instaló en esta cordillera.


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