La apasionante historia de las boleadoras, que usaba hasta Ceferino Namuncurá por estos pagos

El escritor de Valcheta repasa la historia de esas piedras redondas que sirvieron tanto para la guerra y la defensa como para cazar el alimento. De la historia a la literatura.

Según una definición las boleadoras “son tres piedras redondas, cada una del tamaño de un huevo –esta comparación puede convenir a las bolas de las ñanduceras, no así a las bagualeras, que son de mayor tamaño- y forradas de cuero, amarradas dos de ellas al extremo de un trenzado, también de cuero, de algo más de tres metros de largo; la tercera bola se asegura al extremo de una tira más corta, que va atada a la mitad del primer trenzado”.


“Arrojadas por el hombre de campo a las patas traseras de un animal, desde cierta distancia, lo envuelve de tal suerte, que a medida que corre, o hace movimientos para liberarse, lo traban cada vez más hasta detenerlo en su carrera”. “Pueden lanzarse las boleadoras, en un tiro certero, hasta una distancia de hasta cincuenta metro y un jinete. Ayudado por el impulso del brazo con la velocidad de la cabalgadura, es capaz de arrojarlas hasta casi cien metros”.


El investigador de Coronel Dorrego, Dr. Pedro Hurtado en su interesante libro “Ameguínia” acota que “las bolas de piedra arrojadizas fueron un arma común a todos los pueblos primitivos, que las usaron antes que las lanzas y las flechas”.


Menciona que en los albores del Neolítico se arrojaban sueltas, y sin mayor trabajo de talla. Luego, con el correr de los milenios se pasó al uso de la honda, de dos ramas, que al revolearse sobre la cabeza, se arrojaba soltando un ramal solamente, igual que en nuestros tiempos”. Tal vez –acoto- así era la honda con que el rey David hirió al gigante filisteo Goliat.


“Algo similar a estas hondas, que evidentemente no son autóctonas de nuestras pampas, fueron las bolas perdidas /trahuil). Aquí ya hay un trabajo de talla, y un surco ecuatorial para sujetarlas al ramal de arrojamiento. Este era solo una manija de fibra o cuero, de 60 a 80 centímetros. Con una bola grande como un puño en un extremo (la verdadera arma contundente), y un aro, un nudo, o una bola más pequeña en el otro. Los indios eran verdaderos maestros en su manejo, y muchas víctimas humanas caían en tiros certeros”.
“Las boleadoras –dice Hurtado- son más recientes, y se generalizó su uso entre los gauchos, cosa que no aconteció con las bolas perdidas”.


¿De qué están hechas las boleadoras?



“Hasta hace pocas centurias las bolas eran de granito o pedernal. Se recogían en los lechos de los de los arroyos cantos rodados aproximadamente redondos y de tamaño conveniente, y los picaban a la “martellina” (martillo de piedra con un canto rodado en forma de uso y de roca dura), hasta prepararlos convenientemente; luego los pulían haciéndolos rodar en morteros primitivos de granito, en los que colocaban arena mojada. Los hacía girar pacientemente, apretándolos con la mano, hasta dejarlos completamente lisos y redondos. Con un martillo de punta fina, tallaban el surco ecuatorial, y luego lo completaban con discos de sílice delgados”.
“En estos surcos de las bolas, aseguraban los tientos frescos, para que al secarse y retraerse, ajustasen fuertemente a la bola”.
Las destinadas a las guerras se las denominaba “guerreras”. Algo más chicas, y más livianas, con las sogas más cortas se denominan “potreadoras”, dedicadas a la caza de animales salvajes, preferentemente potros, que son las que han llegado hasta nosotros.


También estaban las “avestruceras” o “choiqueras”, mucho menores, con tientos más finos y ramales más cortos.


Acota el Dr. Hurtado que “más adelante en el tiempo, tanto los aborígenes como los criollos, aprendieron a retobar las bolas en cuero fresco, y ya no tuvieron necesidad de labrarles ranuras.
Hoy las piedras se observan en los museos y en las colecciones privadas a veces en desfiles camperos, y también en espectáculos de destreza.


Dice Martín Fierro “Cuando se anda en el desierto/ se come uno hasta las colas; / lo Han cruzao mujeres solas / llegando al fin con salú / y Ha de ser gaucho el ñandú / que se escape de mis bolas”.


Como acotación podemos mencionar que Ceferino Namuncurá durante la estancia en Chimpay era muy diestro en el uso de las boleadoras.


Como en el campo los chicos suelen fabricar boleadoras para jugar con diversos objetos, como: huesos y marlos que ha generado el refrán para ejemplificar la falta de peso: “Liviano como boleadora de marlo”.
Y una curiosidad: el refrán “más boleado que gaucho en la ciudad” era utilizado para describir el estado de atontamiento que sufrían quienes eran alcanzados por las boleadoras de los pueblos originarios.
Y para no andar sin mucha orientación o dirección, o sea como un “bola perdida” doy final a este breve escolio sobre las boleadoras.


Formá parte de nuestra comunidad de lectores

Más de un siglo comprometidos con nuestra comunidad. Elegí la mejor información, análisis y entretenimiento, desde la Patagonia para todo el país.

Quiero mi suscripción

Comentarios