La política es también memoria



Rolando B. Montenegro*


¿Qué hacemos con los políticos profesionales? ¿Quizá reemplazarlos por políticos incontaminados aunque improvisados que carezcan de suficiente experiencia de gobierno?


Macri (Mauricio) condujo, puede decirse exitosamente, un club de deportes famoso en el mundo y luego dos períodos en el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires. Y ahora quiere mantenerse vital para un segundo período presidencial.

Aunque recibió muchas críticas, la actitud de Cambiemos de mantener una agenda de visitas a gente útil, humilde y trabajadora significó si se quiere un distintivo y lenitivo acompañamiento a la población ante un orden social teñido de grandes injusticias. Un político tiene que ser un individuo de poderosa humanidad. Pero sus anhelos patrióticos no alcanzarían a cristalizarse en esta primera presidencia según andan las cosas por el país y el mundo. El plan económico no anduvo y esto fue reconocido.

Fernández (Alberto), su mayor desafiante, tiene lógicamente como fin último la conquista del poder. Esto es, atraer a los ciudadanos con halagos y promesas, desconcertar a los adversarios, excitar resentimientos y pasiones y también exagerar la verdad mediante explosivas declaraciones en el país y el extranjero. A veces, por qué no, ensaya vagas e inconsistentes idealidades (remedios gratis para todos los jubilados), pero poco y nada de un eventual programa de gobierno.

Uruguay ama la libertad y, además, la cultiva con elevada moral. La Argentina, en cambio, sufre una profunda fractura social y educativa.

La incertidumbre electoral siempre existió, y en este caso parece que las PASO fueron determinantes ante una predisposición al cambio de signo político. No estuvieron ausentes, entonces, los fúnebres agoreros que andan promocionando todavía el fin anticipado del actual gobierno. Acaso este pueblo optaría por morir anónimamente antes que expresarse en las urnas solo porque seres malignos intentan frustrar una vez más el único camino para el perfeccionamiento de los derechos civiles. Concretamente, la libertad viva y real en pos de acrecentar esta alicaída democracia y no la que se vocifera en los discursos.

La política debería asemejarse a una cátedra abierta al pueblo donde se priorice la convivencia para el estudio de los problemas del país, y para el aprendizaje y emulación contagiosa de conductas cívicas con el afán de que se multipliquen. Promocionar recetas magistrales a la portuguesa y/o uruguaya que traigan días claros y optimistas a este interminable meollo financiero debería hacernos reflexionar, por lo menos, que Uruguay es un país pequeño donde la vida colectiva tiene un gran sentido de continuidad y de pacífico desarrollo. Uruguay ama la libertad y, además, la cultiva con elevada moral. La Argentina, en cambio, sufre una profunda fractura social y educativa.

Simplemente, con la fe de recuperar valores que hemos ido perdiendo, nos debemos una posta democrática sin grietas de llegada y de partida de manera que los investidos presidentes puedan entregar y recibir en mano propia los atributos de gobierno establecidos por la tradición de un pueblo, y que lo sepan asumir sin odios psicóticos y cínicos.

Por ende, cabe explorar debajo del ropaje de los políticos las singularidades de los estadistas, aislando a esas personalidades fragmentarias y flotantes que en su derrotero no resisten siquiera un archivo de la última década.

Ya que de memoria se habla y se trata, hacerlo desde la política y en el marco de una sociedad perturbada podría alumbrar una sucesión armoniosa de generaciones de argentinos que le abran la puerta del olvido a los autoproclamados abogados del pueblo que invocan su amor a los humildes y a los pobres. No son más que disfrazados profesionales a los cuales esos pobres y humildes sirven de excusa para la explosión de sus odios.

Palabras excelsas se requieren, que ennoblezcan al pueblo que necesita trabajar y no pelear. Y no discursos vibrantes que direccionen hacia el tumulto de las pasiones que obscurecen el juicio y amasan a unos ciudadanos contra otros. Nadie debe ser objeto de injerencias arbitrarias ni de oratorias radicalizadas que violen la sagrada intimidad de las personas, así sean de abuelitos amarretes pretendiendo fomentar el ahorro en sus nietos. Ni de epígonos que las repliquen a manera de metástasis irónicas en una investigadora del Conicet que firmó una solicitada.

Varias acepciones se plantean ante estas amenazas sutiles pero graves: son intromisiones ilícitas en las vidas ajenas sin la sanción correspondiente, y con el agravante de una notable asimetría por tratarse de una potencial autoridad pública haciéndolo desde el prodigio instantáneo de la multimedia y redes sociales.

Pero, ¿qué hacemos con los políticos profesionales? Es decir, con el político que vive de la política, haciendo de esta una profesión con sentido lucrativo. ¿Quizá reemplazarlos por políticos incontaminados aunque improvisados que carezcan de la suficiente experiencia de gobierno?

Es que a la política, como a todas las demás ocupaciones humanas, se puede ir frívolamente o bien con seriedad y profundidad. Con el recuerdo del que se vayan todos, y sin arrojar al rostro de los buenos el ejemplo de los malos políticos, no estaría tan mal promover el surgimiento de ciudadanos que respeten el orden jurídico y un libre juego de sus instituciones republicanas.

*Profesor de Cirugía FCM, UNC


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