La presión mediática

EE. UU. sabe que el público no se resignaría a la muerte de un solo soldado estadounidense.

Por Redacción

Los atentados devastadores del 11 de setiembre sirvieron para advertirles a los líderes de los países democráticos que los peligros planteados por el terrorismo, sobre todo por la variante islamista de este mal endémico, eran bien reales y que no podrían continuar negándose a tomarlos en serio con la esperanza fatua de que sólo se tratara de fantasías alarmistas. Después de todo, si consideramos la alternativa a la «guerra mundial» que ha declarado el presidente norteamericano George W. Bush contra las organizaciones que están preparadas para sembrar la muerte en todas partes, la ofensiva que puso en marcha es claramente necesaria. Sin embargo, una cosa es entender que a menos que Al-Qaeda y otros grupos o gobiernos con propósitos similares sean reprimidos, no habrá forma de impedir que se repitan los ataques con saldos cada vez más trágicos, y otra muy distinta actuar en consecuencia. Si bien las fuerzas armadas y policiales con las que cuentan los gobiernos preocupados por la amenaza terrorista están en condiciones de llevar a cabo todas las operaciones precisas para eliminarla, también les es forzoso convencer a la opinión pública de que dadas las circunstancias no existe ninguna opción mejor. En los países musulmanes, lograrlo es virtualmente imposible, pero por ser cuestión de dictaduras la incidencia de «la calle» en la conducta de los gobernantes suele ser escasa. En las democracias occidentales, en cambio, si bien la mayoría concuerda en que es urgente poner fin a las actividades de Osama ben Laden y sus allegados, propende a aumentar la cantidad de aquellos que se oponen al uso de la fuerza: si bien dicen compartir los objetivos de Bush y el primer ministro británico Tony Blair, los líderes de la «coalición» que se ha formado, no aprueban los medios elegidos para alcanzarlos por creerlos excesivamente brutales.

Otro problema que enfrentan los resueltos a enfrentar militarmente a los terroristas consiste en la impaciencia estimulada por la industria mediática. Puesto que ésta se alimenta de novedades, incluso dos o tres días de bombardeos sin resultados evidentes son suficientes como para provocar tensiones y malestar. Asimismo, por estar habituado el periodismo a asumir una postura crítica y, en el caso de empresas plenamente globalizadas, neutral, muchos medios han brindado la impresión de considerarse equidistantes entre el régimen talibán de Afganistán, para no hablar del mismísimo Ben Laden, y los gobiernos de los países democráticos. Como es natural, la tendencia así reflejada ha irritado sobremanera a Bush y Blair, que se preguntan si dichos medios hubieran estado tan dispuestos a respetar el derecho a réplica de Adolf Hitler y los jerarcas nazis. Es probable que sí: en las democracias occidentales se ha generalizado la misma tendencia que en una oportunidad hizo que un destacado periodista televisivo argentino tratara como iguales a un torturador y a un torturado, de suerte que parece obligatorio «equilibrar» las declaraciones de un funcionario occidental que se ve constreñido a acatar una multitud de reglas propias del orden democrático difundiendo las formuladas por representantes de tiranías arbitrarias que no tienen motivo alguno para respetar la verdad.

La influencia de los medios de opinión en las guerras modernas ya ha sido profunda. Una razón por la que sucesivos gobiernos norteamericanos han preferido limitarse a ordenar el bombardeo del enemigo de turno consiste en la convicción de que el público, manipulado por la prensa, no aceptaría con resignación la muerte de un solo soldado estadounidense. Aunque las encuestas de opinión revelan que a raíz de la matanza del 11 de setiembre las actitudes se han modificado radicalmente, no cabe duda de que la resistencia a arriesgarse ordenando operaciones terrestres que podrían resultar costosas, no tanto por la acción enemiga cuanto por los muchos campos minados existentes, limitó las posibilidades de éxito de la fase inicial de la «guerra» y que, al alentar a los muchos que simpatizan con los terroristas, aumentó el peligro de que pronto se produzcan más atentados sanguinarios en Estados Unidos, Europa y otras partes del mundo, entre ellas la Argentina.