La primera fase

Las consecuencias del desbande de los talibanes se harán sentir no sólo en Afganistán, sino en todo el mundo islámico.

Por Redacción

El colapso repentino del régimen talibán en Kabul y otras ciudades afganas sorprendió a los muchos «expertos» militares y periodísticos que, desde el 11 de setiembre, se las habían arreglado para convencerse de que Estados Unidos estaba por correr el mismo destino que la Unión Soviética al intervenir en los asuntos de un país celebrado por la combatividad de sus habitantes y de las dificultades ocasionadas por el terreno montañoso, pero puesto que la «Alianza del Norte» contaba con la ayuda activa de la aviación norteamericana era de prever que lograría imponerse en un lapso relativamente breve. Que ya lo haya hecho ha de ser motivo de alivio tanto para Estados Unidos como para el Reino Unido, que han sido reacios a intentar la ocupación militar de Afganistán por razones políticas y porque la existencia de una multitud de campos minados les parecía decididamente más peligrosa que la amenaza planteada por las bandas de fanáticos religiosos que se habían apoderado del país. Con todo, a menos que los afganos mismos capturen pronto al terrorista saudita Osama Ben Laden para entonces ponerse a desmantelar su organización, Al-Qaeda, los dos países anglosajones, acompañados por sus socios europeos, tendrán forzosamente que arriesgarse.

Aunque la conquista de Afganistán nunca ha figurado entre las metas del núcleo duro de la coalición antiterrorista que se formó luego de los ataques contra blancos en Nueva York y Washington, la llamada «comunidad internacional» sí ha asumido la responsabilidad de asegurar que en el futuro el país sea administrado por un gobierno multiétnico comprometido, les guste o no a todos sus integrantes, con ciertas libertades básicas. Si bien se trata de un objetivo ambicioso, no parece inalcanzable en buena medida porque la diáspora afgana ha servido para familiarizar a muchas personas con la democracia. Asimismo, el que Estados Unidos y Europa se sientan moralmente obligados a aportar grandes sumas de dinero a la reconstrucción del país que habían abandonado a su suerte luego de la derrota de los soviéticos, significará que será del interés de muchos dirigentes afganos colaborar con el proyecto así planteado. En efecto, los esfuerzos de los jefes de la Alianza del Norte por disciplinar a su soldadesca vengativa para que no perpetúe tantas matanzas indiscriminadas como en el pasado, más el gesto prooccidental supuesto por los anuncios que han formulado acerca de la necesidad de respetar los derechos de la mujer, reflejan la conciencia de que les es fundamental asegurarse la buena voluntad de los norteamericanos y europeos.

De todos modos, las consecuencias del desbande de los talibanes se harán sentir no sólo en Afganistán sino en todo el mundo islámico. Gracias en parte a la prensa occidental que ayudó a crear el mito de que los fanáticos musulmanes eran guerreros tan heroicos que ni siquiera la superpotencia norteamericana sería capaz de derrotarlos sin sufrir antes una serie de humillaciones catastróficas, millones de árabes, paquistaníes y otros consiguieron persuadirse de que comenzaba una guerra santa que podrían ganar, ilusión peligrosa que el colapso rápido de la feroz dictadura de los talibanes ya habrá socavado. Sin embargo, esto no quiere decir que una vez que Ben Laden sea capturado o muerto Estados Unidos pueda declararse satisfecho con lo hecho. Como afirmaban los líderes occidentales antes de la caída de Kabul cuando aún se decía que los talibanes podrían mantenerse en sus trece durante años, la «guerra contra el terror» será muy larga y los preocupados por los peligros que plantean grupos dispuestos a cometer atrocidades en gran escala no podrán darse el lujo de descansar un solo momento. Si bien en las sociedades prósperas y por lo común pacíficas del Occidente es habitual minimizar la posibilidad de que lleven a cabo ataques devastadores sus enemigos mortales, sean éstos extremistas islámicos u organizaciones respaldadas por dictaduras más tradicionales como las de Irak y Corea del Norte, en los próximos años el riesgo de que tales atentados se produzcan propenderá a aumentar aun cuando Al-Qaeda se haya visto destruido por completo, realidad incómoda ésta que ningún gobierno sensato tiene derecho a olvidar.