La realidad que nos muestra la ficción


Gracias a obras maestras como la película “Había una vez en Hollywood” o la serie “Mindhunter” podemos acceder a esa catarsis que conocieron los griegos y les permitió ser más sabios.


Hay momentos de la historia que condensan un sentido tan poderoso que todas las narraciones no hacen más que enriquecerlos. Los griegos clásicos lo sabían bien y por eso no creían en la verdad: para ellos todas las versiones de un mito -aunque fueran contradictorias entre sí- eran ciertas y debían ser tomadas como distintos puntos de vista. Sin embargo, también sabían que hay relatos privilegiados: son raros, pero existen. Son aquellos que ofrecen una visión tan rica que se convierten en los imprescindibles.

Para la Grecia clásica, Homero, Esquilo, Sófocles y Eurípides estaban por encima de casi todo otro relato. Ahora dos grandes narraciones (el último filme de Quentin Tarantino, “Había una vez en Hollywood” y la serie “Mindhunter”, una producción de David Fincher para Netflix) nos dan las versiones más potentes sobre qué bases se ha edificado el mundo en que vivimos, mezclando fiesta y masacre (Tarantino) y racionalidad herida y asesinato serial (en la serie de Fincher).

Somos hijos del verano del amor. El hippismo en EE. UU. nació proclamando amor y paz, pero se fue degradando muy rápidamente (eso se ve en el filme de Tarantino, y les molesta a los creen en la mitología de los hippies buenos). Una sociedad rica se dio el lujo de mantener los caprichos anarquistas de sus hijos descarriados. Fue un pacto circunstancial entre los jóvenes que no querían vivir como habían vivido sus padres y la mentalidad conservadora que estaba transformándose en esa Nueva Derecha, la que llevaría a Reagan al poder una década más tarde.


El hippismo en EE. UU. nació proclamando amor y paz, pero se fue degradando muy rápidamente. Eso se ve en el filme de Tarantino


Entre 1968 y 1969 se produjo un cambio radical en el mundo: desde EE. UU. a la Argentina, pasando por casi todos los países europeos y americanos sintieron que el mundo había sufrido un cimbronazo. Hippies en San Francisco, surgimiento de las protestas estudiantiles en todas partes, levantamientos obreros también por doquier. Nadie quería (ni podía) quedarse quieto. El mundo se movía y los jóvenes se subieron a la ola.

El filme de Tarantino da cuenta de esa época con una belleza y una inteligencia poética extrema. Tarantino, como ya había hecho en “Bastardos sin gloria”, cambia la historia de la mayor masacre en la historia norteamericana: los asesinatos cometidos en la casa de Román Polanski en Hollywood en 1969, perpetrados por el clan de Charles Manson. Pero al cambiar la historia centra la acción en el momento histórico y lo celebra desde el punto de vista de las víctimas: nos muestra la fiesta.

Los asesinos son en el filme tan resentidos como fueron en la realidad, pero Tarantino no narra el crimen sino el cambio cultural. Estamos pasando de un cine de grandes estrellas a los pequeños y efímeros ídolos de la TV. Es el nacimiento de las series como producto que narra nuestra época.

Por el contrario, “Mindhunter” es la obra maestra de las series actuales: narra el fin de los 70 y el comienzo de los 80 (la era Reagan) desde la perspectiva de un detective que trata de conocer cómo funciona la mente criminal. “Mindhunter” solo es posible hoy: en el momento en el que el fin del cine como gran relato de época se completó y las series se transformaron en la narración que interroga a nuestra cultura.

¿Qué gran diferencia hay entre los asesinos seriales más monstruosos -y en “Mindhunter” se ve a los peores- y el resto de la gente que nos rodea, incluyéndonos a nosotros mismos?

Por supuesto que eso no significa que no haya aún nada que esperar del cine (de hecho, ahí está Tarantino con su “Había una vez en Hollywood”), pero ya no está allí el relato que nos interpela. Esa narración está en Netflix y adoptó el formato de las series. Y de las actuales, la cima es “Mindhunter”.

No solo es la mejor serie actual por la calidad excepcional con que está hecha (gracias al genio de David Fincher, las actuaciones, el ritmo o el guión, todo es perfecto), sino porque pone el dedo en la llaga de la época: ¿qué gran diferencia hay entre los asesinos seriales más monstruosos -y en “Mindhunter” se ve a los peores- y el resto de la gente que nos rodea, incluyéndonos a nosotros mismos?

Como sucede en el filme de Tarantino -mostrándonos el momento en que comenzó nuestra era cultural, con ese cambio entre la vieja sociedad que salía para ir al cine todas las tardes y el nuevo mundo en el que estamos encerrados, mirando pantallas-, en “Mindhunter” descubrimos que la distancia entre el detective y el asesino es más pequeña de lo que quisiéramos. Por eso las temporadas de esta serie siempre acaban mal. No hay final feliz en esta historia.

Según Aristóteles, las tragedias producían en los ciudadanos atenienses que habían concurrido al teatro una catarsis o purga emocional que los hacía más piadosos, ya que les mostraba que el mal es algo que nos atraviesa a todos, y que no existen ni el blanco puro ni el negro perfecto, sino que la vida es una infinita gama de grises.

Hoy, gracias a obras maestras como “Había una vez en Hollywood” o “Mindhunter” podemos acceder a esa catarsis que conocieron los griegos y les permitió ser más sabios, comprender más y saber perdonar.


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