La revolución cultural de Francisco

Redacción

Por Redacción

SEGÚN LO VEO

Hace casi medio siglo, Mao desató una “revolución cultural” con el propósito de librar al Partido Comunista Chino y a su país de aquellos funcionarios que, a su juicio, se habían aburguesado. El intento de remozar una dictadura envejecida eliminando lo que en su opinión eran sus vicios no tardó en provocar una catástrofe: murieron centenares de miles de personas, millones perdieron todo, olas de vandalismo destruyeron un sinnúmero de obras de arte de valor inestimable y China tuvo que esperar más de diez años antes de iniciar la etapa de progreso económico fenomenal que aún no ha llegado a su fin.

Por fortuna, no hay posibilidad alguna de que la versión eclesiástica de la revolución cultural comunista que acaba de proponer el papa Francisco tenga consecuencias tan atroces. Aunque las palabras con las que el pontífice argentino fustigó a los cardenales de la curia romana, equivalentes ellos de los jerarcas comunistas cuya falta de fervor ideológico motivó la indignación del gran timonel, se parecen bastante a las empleadas por los revolucionarios culturales chinos, ya se han ido los días en que la Iglesia Católica era capaz de llevar a cabo purgas tan drásticas en nombre de la fe.

Como Mao en su momento, Jorge Bergoglio cree que demasiados subordinados, al acostumbrarse a disfrutar de los privilegios que suelen acompañar el poder, han llegado a suponerse inmortales, inmunes, indispensables y superiores a los demás. Lo mismo que el difunto líder chino, se siente rodeado de corruptos proclives a acumular bienes materiales, a dar prioridad a la interna, a adular -mejor dicho, “divinizar” a los jefes-, a ser chismosos y meter cizaña, todo lo cual le molesta enormemente. Para rematar, dijo que son burócratas que padecen de “Alzheimer espiritual”.

Al igual que Mao cuando decidió que sería una buena idea reemplazar a los camaradas tibios por militantes vibrantes de fe revolucionaria, por preferencia personas más jóvenes, que, confiaba, serían ajenas a las tentaciones brindadas por el consumismo capitalista, el papa quiere cambiar la curia existente por otra conformada por prelados que compartan sus propios valores pero, a diferencia del dictador chino, no está en condiciones de reclutar un ejército de militantes papales dispuestos a echar a los vejestorios de los lugares en que están enquistados. Sólo puede amonestarlos, basurearlos y humillarlos verbalmente por las deficiencias que a su entender los inutilizan, acaso con la esperanza de que por lo menos algunos se esfuercen por ponerse a su altura. Puesto que la Iglesia es en principio una institución tan verticalista como el PC de Mao, es factible que quienes toman realmente en serio lo de la infalibilidad papal procuren superar la “esquizofrenia existencial” que su jefe diagnosticó, pero la mayoría se limitará a refunfuñar y esperar a que el próximo Papa le manifieste el respeto que cree merecer.

Que una institución tan antigua y tan estructuralmente autoritaria como la Iglesia Católica Apostólica Romana se haya anquilosado a tal punto que, según el papa, una proporción sustancial de los jerarcas se ha habituado a anteponer sus propios intereses personales a la misión terrenal o, por ser cuestión de un culto religioso, espiritual de la organización puede considerarse inevitable. Todas las instituciones terminan así, transformándose en burocracias en las que conviven servidores abnegados con intrigantes. En otras épocas, algunas -como las que se crearon hace miles de años en China y Egipto- pudieron perdurar durante siglos, pero en la actualidad no le es dado a ningún organismo social mantenerse inalterable por mucho tiempo, ya que el mundo está pasando por un período de cambio acelerado, cuando no frenético. No existen motivos para suponer que la Iglesia constituya una excepción a esta regla antipática.

Edificada como está sobre verdades pétreas supuestamente eternas, a la Iglesia, como a los partidos comunistas que se aferran a los textos sagrados de su credo por encontrar en ellos su única fuente de legitimidad, le es sumamente difícil evolucionar con el tiempo como suelen hacer organizaciones más pragmáticas. Por lo demás, los intentos de movimientos totalitarios o religiosos por regenerarse casi siempre asumen un cariz conservador porque lo que los impulsores tienen en mente es regresar a las raíces, rejuvenecerse volviendo a un pasado más puro en que los sueños de los fundadores aún parecían realistas. En el caso de las organizaciones políticas democráticas, o de grandes empresas comerciales, adaptarse sin complejos a la situación imperante es mucho más fácil, ya que no aspiran a encarnar valores absolutos.

Como sabrá muy bien Bergoglio, a pocos les es dado combinar el presunto apego a ideales nobles con ambiciones personales. Para sobrevivir, siempre hay que hacer algunas concesiones, minimizar la gravedad de los pecados cometidos por amigos y exagerar la importancia de los atribuidos a rivales o adversarios. Parecería que los clérigos católicos que la semana pasada fueron vapuleados con tanta vehemencia por el papa son, mal que le pese, personas bastante parecidas a las del mundillo político de su país de origen en el que, como Jorge Bergoglio, desempeñó un papel tan notable que el entonces presidente Néstor Kirchner lo calificó de “jefe de la oposición”. Por cierto, parecen estar tan dispuestas como el que más a servirse de una institución en la que han alcanzado cierta eminencia. No será que les parezca malo “el relato” eclesiástico, sino que suponen que, a cambio de su voluntad de difundirlo, deberían tener derecho a conseguir beneficios materiales o, si se enorgullecen de su honestidad, meramente simbólicos.

No cabe duda de que el papa es un católico, aunque sólo fuera porque, gracias a su investidura, a él le corresponde decidir quién lo es y quién no, pero a menudo habla y actúa como los reformadores protestantes que, hace medio milenio, se rebelaron contra Roma por razones no muy distintas de las que motivaron la catilinaria tremenda que dejó helados a los miembros de la curia. Como Martín Lutero y otros en su tiempo, Francisco se siente horrorizado por lo que, hace menos de una semana, calificó de la “mundanidad y exhibicionismo” de los príncipes de la Iglesia, su afición a la intriga y otros síntomas de “enfermedad” degenerativa. También da a entender que lo que quiere es que todo vuelva a ser, en el plano espiritual al menos, como era cuando el cristianismo comenzaba a formarse. Es una predilección que, para muchos protestantes, los distingue de los católicos que, acaso injustamente, acusan de sentir más nostalgia por el Medioevo que por la antigüedad bíblica.

JAMES NEILSON

JAMES NEILSON


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