La vengadora

El lavado de dinero es un asunto demasiado serio como para armar con él un show mediático.

Por Redacción

Aunque es de suponer que el preinforme sobre lavado de dinero que el viernes pasado presentó la diputada radical Elisa Carrió, en el curso de un acto ruidoso celebrado en el Congreso, refleja una parte de lo que efectivamente ha ocurrido en el país en el curso de los años últimos, el estilo particular de la chaqueña hipermediática, el dogmatismo congénito que manifiesta al proclamarse la dueña exclusiva de «la verdad», su costumbre de ver el mundo a través de espesas lentes ideológicas y su voluntad incontrolable de calificar de «delincuentes», cuando no de «traidores», a quienes no comulgan con sus nociones asegurarán que los resultados de la investigación emprendida por la comisión parlamentaria que ella encabeza se pierdan sin dejar muchos rastros en el maremágnum político. Por cierto, el que la mayoría de los integrantes de dicha comisión, entre ellos la peronista chubutense Cristina Kirchner -en su opinión, otra «traidora»- haya rehusado firmar el documento que la diputada leyó con su dramatismo habitual por no querer tomar lo que son meras conjeturas por hechos probados, hace prever que no contará con el apoyo que necesitará para avanzar mucho más, mientras que sus alusiones, subrayadas con lágrimas, a su propia seguridad -dice creer que asesinos profesionales ya la tienen en la mira- sólo habrán servido para que quienes tienen buenos motivos para temer a una investigación seria la traten como una megalómana hambrienta de publicidad.

El lavado de dinero es un asunto demasiado serio como para ser aprovechado para armar un show mediático. Además, es esencial distinguir entre el crimen y maniobras financieras que podrían considerarse poco éticas pero que así y todo son perfectamente legales. Si bien las dotes histriónicas innegables de la diputada Carrió han contribuido a llamar la atención del público al tema del lavado de dinero, también lo han convertido en la causa favorita de una franja excéntrica más renombrada por su fogosidad retórica y de voluntad de «luchar» con furia contra cualquier manifestación del capitalismo, que por su coherencia o su capacidad para proponer «soluciones» para los problemas nada teóricos que suele denunciar. Según Carrió y sus acompañantes, virtualmente toda la clase política – exceptuando a ellos mismos, es de suponer- ha sido cómplice de personajes levantinos tan notorios como el traficante sirio Monzer Al Kassar y el saudita Gaith Pharaon. La lista de los nombrados en este contexto se asemeja a un quién es quién de la política argentina de los años últimos. Como si esto no fuera suficiente, la diputada raramente deja pasar una oportunidad para tildar de «delincuentes» al ministro de Economía, Domingo Cavallo, y al jefe del Gabinete, Chrystian Colombo, el primero por haber impulsado una ley que a su entender facilitaba el contrabando de oro y el segundo por haber presidido ciertas sociedades financieras.

Así las cosas, es de suponer que lo que la diputada más popular del país y los individuos que la apoyan quisieran es que Cavallo, Colombo, Daniel Marx y muchos otros renunciaran en seguida como preludio a su transferencia a una cárcel, o sea, que el país se quedara sin gobierno, con el partido opositor más importante descabezado también, en medio de la crisis financiera actual, desgracia que haría inevitable el «default» y el hundimiento acaso definitivo de la economía y por lo tanto condenaría a millones de argentinos a la miseria más cruel y al caos. Puede que conforme a su código de valores nada de eso importaría un bledo si significara el triunfo de «la verdad», pero es poco probable que muchos otros estén dispuestos a pagar un precio tan inenarrablemente elevado por el gusto de ver castigados a un puñado de presuntos malhechores más algunos funcionarios que no comparten los prejuicios ideológicos de la diputada vengadora. Por el contrario, una vez producida tamaña catástrofe, la mayoría tendría motivos de sobra para endosar a los responsables máximos de la tragedia los mismos epítetos que emplean con tanta liberalidad, calificándolos de «delincuentes» y «traidores» por habérselas arreglado para transformar una crisis ya grave en una calamidad social sin atenuantes.