Las tragedias de Africa
Por Héctor Ciapuscio
Hace cien mil años los ancestros de todos los modernos seres humanos vivían en Africa. En algún momento unos pocos de ellos, quizá unos cincuenta, cruzaron el istmo de Suez y comenzaron a poblar el resto del planeta. Al tiempo del pasaje de esa pequeña banda de ejemplares del Homo Sapiens, el número total de ellos no habría sido superior a un millón. Noventa mil años después había seres humanos en todos los continentes, salvo el Antártico. (John Reader: «Africa: A Biography of the Continent»). Hoy somos como seis mil millones.
La población de Africa, un enorme continente que contiene el 22% de la superficie de la Tierra (para dar una idea: le caben los territorios de Estados Unidos, China, India, Zelanda, Europa y gran parte de Sudamérica), se mantuvo siempre rala a consecuencia del clima, las sequías (piénsese que lo que es hoy el Sahara fue en el período de hace entre 9.000 y 7.000 años una pradera fértil), el deterioro ecológico por las quemas forestales y las enfermedades. Pero en la era moderna sobrevino una calamidad que la redujo al extremo: la esclavitud y el tráfico de esclavos. Los primeros traficantes fueron árabes; éstos y otros africanos instalaron el sistema. Los portugueses al principio y varios países europeos subsiguientemente, se aplicaron después a la exportación a través del Atlántico.
Hugh Thomas es un historiador inglés que tiene, entre sus obras más admiradas, una historia de inexcusable lectura sobre la Guerra Civil española. Ha escrito también un libro macizo sobre la esclavitud, «The Slave Trade». Es el relato más completo y objetivo del tráfico de esclavos, una mirada sin remordimientos sobre una historia que juzga como lisa y pura iniquidad. Pone su origen en el momento en que los reyes de España autorizaron el transporte de africanos al Nuevo Mundo para suplementar la mano de obra indígena insuficiente. Disponiendo los españoles de barcos escasos, los ingleses, franceses y holandeses comenzaron pronto a competir por el transporte. Los portugueses, expertos esclavistas, desarrollaron un eje Angola-Brasil que fue el modelo. De los 11.328.000 esclavos repartidos (esta es la cifra para el período total que maneja Thomas), más del 35% fueron llevados al Brasil. Las condiciones de estos viajes, tanto como las de los barcos esclavistas ingleses que algo después comenzaron el tráfico a Norteamérica, fueron horrendas. El 20% sucumbía durante el viaje.
La reacción comenzó a manifestarse en el siglo XVIII por parte de sectas religiosas, principalmente quákeros y metodistas. La abolición como proyecto cundió menos por influjo de los «philosophes» de la Ilustración que por personas inspiradas en ideales humanitarios o religiosos. Finalmente, Inglaterra (influida principalmente por consideraciones de conveniencia económica dictadas por «La riqueza de las Naciones» (1776) de Adam Smith pero también por la prédica humanitarista de cruzados como William Wilberforce), tomó la iniciativa declarando ilegal el tráfico a sus Indias Occidentales en 1807, una política que influyó en nuestra Asamblea de 1813 que sancionó la libertad de vientres y en la liberación que Bolívar decretó para sus propios esclavos en 1814. Brasil mantuvo el sistema hasta 1888, cuando liberó a 700.000. Estados Unidos tuvo que sostener una guerra civil en la década de 1860 para abolir el sistema esclavista de la Confederación sureña.
En el siglo XIX se planteó la lucha de países europeos por ocupar territorios. Esa colonización tuvo pasajes trágicos. El genocidio alemán en Namibia y la inhumanidad de los belgas del rey Leopoldo en el Congo, por ejemplo. Después de la Segunda Guerra vino el proceso de descolonización, con inmensos desastres al lado de los logros independentistas. El medio siglo siguiente trajo de todo: guerras civiles que destruyeron vastas regiones, con la complicidad, al menos pasiva, de poderes no-africanos. En la mayoría de los estados se sucedieron sequías dramáticas, hambrunas, regresión económica, sofocación por la deuda, éxodo de intelectuales, millones de refugiados. Se precipitaron matanzas tribuales y explosiones racistas.
Y, como si todas estas calamidades fuesen poco, llegó el sida.
En el Africa sub-sahariana ya había 22.500.000 afectados el año pasado. Y la progresión es creciente e indetenible. En áreas urbanas de Bostwana, Zimbabwe y Malawi más del 20% de los adultos están infectados con HIV. Se estima que el sida es responsable de 5.500 funerales diarios en el continente. ¿Cómo llegó ? En diciembre publiqué una nota en «Río Negro» resumiendo la que traía el «Times» de Londres con firma de Richard Horton, editor de la revista científica «The Lancet». Después apareció en la «New York Review» un artículo de Helen Epstein, especialista en salud pública que trabajó en la Universidad de Uganda, titulado «Algo sucedió». Según la laboriosa investigación de Edward Hooper (expuesta en «The River. A Journey to the Source of AIDS» ), el origen de la epidemia mundial de sida estaría en Africa y habría sido consecuencia del suministro por norteamericanos y belgas, entre 1957 y 1960, de una vacuna oral anti-polio en una población de un millón de niños del Congo, Ruanda y Burundi. La vacuna oral que se buscaba para competir con la Sabin habría estado contaminada con HIV-1, un virus de chimpancés. Cuando los niños africanos -explica el autor- recibieron la vacuna en caramelos, el virus del chimpancé debió haber infectado a algunos de ellos a través de la mucosa bucal. Crecidos esos niños, pasaron el virus a sus parejas sexuales y sus hijos, y antes de no mucho la epidemia global de sida inició su marcha apocalíptica por el mundo.
¿Cómo se manifiesta nuestra comprensión -y compasión- ante las desventuras históricas y presentes del Africa? ¿Qué piensan, por ejemplo, los organismos internacionales que representan a la comunidad mundial? Veamos dos opiniones, una sobre el inicio del sida y otra sobre los problemas estructurales del «continente negro», el hambre, por ejemplo, y el hambre de los niños, esos chiquitos de ébano (de Sudán, de Somalia) que hemos visto en la televisión demasiadas veces, pura piel colgando de sus huesos, puro ojos, en el último grado de consunción. Consultado sobre la investigación de Hooper, David Heyman, de la Organización Mundial de la Salud, contestó que «el origen del sida no tiene hoy importancia para los científicos».
Y -refiere el «Corriere della Sera» del 19 de abril- cuando una periodista interesada en la miseria de Africa le preguntó a Mark Brown, director del Programa de Desarrollo de Naciones Unidas, si la «nueva economía» rescatará a un continente que no ha tenido ni siquiera la «vieja economía», manifestó: «Africa no está perdida; la encaminaremos al mercado global. Soy un capitalista, y creo que hace falta extender el acceso al poder de los pobres. Internet lo hace.»
Patético, ¿no es verdad ?
Hace cien mil años los ancestros de todos los modernos seres humanos vivían en Africa. En algún momento unos pocos de ellos, quizá unos cincuenta, cruzaron el istmo de Suez y comenzaron a poblar el resto del planeta. Al tiempo del pasaje de esa pequeña banda de ejemplares del Homo Sapiens, el número total de ellos no habría sido superior a un millón. Noventa mil años después había seres humanos en todos los continentes, salvo el Antártico. (John Reader: "Africa: A Biography of the Continent"). Hoy somos como seis mil millones.
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