Las vacaciones más largas
Por James Neilson
Hace ya casi tres años, la Argentina -mejor dicho, su clase política- se sintió tan abrumada por una crisis económica que le parecía interminable que sin pedir permiso a nadie optó por tomarse algunas vacaciones a fin de reencontrarse con una vida más sana y más natural en el campo. La decisión fue aplaudida por los muchos que, hartos de tener que respetar reglas molestas fijadas por otros, querían romper con la rutina para disfrutar de un período de libertad subsistiendo de lo suyo, como recomiendan los ideólogos de esta modalidad.
Sin embargo, por atractiva que sea la idea de vivir en una carpa cuando uno está sentado en una oficina, después de algunas semanas suele perder su encanto, sobre todo si la lluvia no para y la comida escasea. Andando el tiempo, volver al trabajo se convierte en una alternativa que muchos comienzan a añorar aun cuando juren que no es así, que nada en este mundo los obligaría a abandonar los sueños que tenían antes de rebelarse contra las convenciones.
El país no ha llegado a esta etapa todavía, pero tarde o temprano el deseo de reinsertarse en el orden existente se hará irresistible. Puede que sea fastidioso atenerse a las reglas, pero para la mayoría en todas partes es peor la marginación. Aunque no cabe duda de que la Argentina está en condiciones de sobrevivir sin «el mundo», es fantasioso creer que le será dado prosperar sin hacer un esfuerzo genuino por resolver los problemas ocasionados por el default. Por el contrario, cuanto más tiempo quede en su situación actual, más deprimente será el futuro de casi todos los habitantes del país.
El horizonte está oscureciéndose. Como el gobierno mismo se vio constreñido a reconocer, una vez más el desempleo está en aumento. El poder de compra de la gente se ha estancado. La producción industrial se ha «amesetado». Hay inversiones, pero apenas son suficientes como para frenar la descapitalización. Si no fuera por las exportaciones agrícolas, la economía podría precipitarse en una recesión.
Mientras tanto, el presidente Néstor Kirchner y su ministro clave, Roberto Lavagna, siguen librando su guerra santa contra el FMI, los acreedores y los odiados economistas «neoliberales». Quieren convencer a la gente de que el colapso de la convertibilidad prueba que los partidarios del proteccionismo, dirigismo y un peso recontra barato siempre tuvieran razón. Aunque ni la experiencia internacional ni el sentido común respaldan dicha tesis, se comprometieron tanto con ella que les es necesario continuar reivindicándola pase lo que pasare. A su modo, Kirchner y Lavagna se asemejan a quienes critican por haberse aferrado demasiado tiempo al uno a uno. Ya que han apostado todo a una teoría económica, cambiar de rumbo les resultaría extraordinariamente doloroso.
Ahora bien: el que a un país como la Argentina le sea tremendamente difícil hacer frente a las exigencias de «la globalización», no quiere decir que le convendría más no siquiera intentarlo. Tampoco sirve para mucho basar la negativa a emprender reformas en los planteos ideológicos o religiosos favorecidos por militantes resueltos a luchar contra la hegemonía del capitalismo. Que un clérigo o ensayista se indignen por la codicia de los empresarios y declaren que en el mundo de nuestros días el hombre es esclavo de los números es una cosa, pero que un gobierno se deje influir por tal retórica es otra muy distinta.
Con el propósito de impresionar a todos por su realismo férreo, el gobierno insiste en que no pactará con los malditos acreedores y de esta manera salir del default hasta que estos miserables acepten un arreglo que el Estado pueda honrar en los años que vienen. Como es natural, sus cálculos sobre las posibilidades futuras del Estado nacional reflejan la situación actual, no la de un país que se haya reintegrado al sistema internacional, que pague sus deudas y que por lo tanto tenga acceso al crédito. Superado el default, sería del interés de todos asegurar que la Argentina estuviera en condiciones de ahorrarse una reedición del drama de los años últimos. Asimismo, de reanudarse las inversiones, le sería bastante fácil hacer frente a una deuda que hoy en día se considera tan inverosímilmente grande, que procurar honrarla parece suicida. Se trata de la diferencia entre una economía paria que los más preferirían boicotear por un lado y, por el otro, una «normal» que con tal que sus gobernantes la manejen bien sería capaz de crecer a un ritmo muy vigoroso.
Persuadido de que ningún acuerdo sería mejor que uno que a su juicio sería malo, lo que suena muy bien en teoría, Kirchner ha elegido demorar lo más posible las negociaciones con el FMI y los acreedores. Según parece, sinceramente cree que la Argentina puede darse el lujo de esperar algunos años más pero que los acreedores, en especial aquellos jubilados italianos, alemanes y japoneses que cometieron el error imperdonable de confiar en la palabra de gobiernos anteriores, no podrán aguantar tanto. Esta actitud tendría algún sentido si marcar el paso dos, tres o cuatro años más no perjudicaría al país, pero éste no es el caso. Con cada día que transcurre en default, la Argentina se debilita un poco más. De prolongarse mucho más su período en el exilio, no sería capaz de aprovechar las oportunidades que le reportaría su eventual regreso al sistema financiero internacional.
Si una persona que pierde su trabajo consigue otro similar muy pronto, se tratará sólo de un susto pasajero que no deja heridas. En cambio, si meses pasan sin que encuentre nada, podrá terminar resignándose a aceptar cualquier empleo a un salario muy inferior al acostumbrado o, lo que es peor, verse excluida de por vida del mercado laboral. De más está decir que en la Argentina está creciendo la cantidad de desocupados que, por carecer de las calificaciones mínimas precisas o por haberse alejado demasiado de la «cultura del trabajo», han dejado de ser empleables. Asimismo, abundan las empresas que en otras circunstancias serían florecientes que se han habituado a la mediocridad.
Desafortunadamente, el momento elegido por la clase política para distanciarse un rato del ruido mundanal no fue muy oportuno. Los años iniciales del siglo XXI han visto acelerarse la evolución de muchas economías que, mal que les pese a nuestros ideólogos anticapitalistas, estuvieron liberalizándose a una velocidad impresionante por entender los gobiernos responsables que sólo así podrían mantenerse en carrera. Por lo tanto, aun cuando por un milagro el gobierno se las arreglara para salir del default mañana, recuperar el mucho tiempo que se ha perdido no será del todo fácil.
Es como si un técnico, después de disfrutar de un año de ocio, volviera a su lugar de trabajo para encontrar que los viejos aparatos, los únicos que sabe operar, se han visto reemplazados por otros más modernos y que, peor aún, se hubiera producido una especie de revolución en el directorio. No sólo ha sido una cuestión de avances tecnológicos que el país no ha podido incorporar plenamente debido al default y a la política oficial de abaratar los costos laborales reduciendo el valor del peso, sino también de la migración de muchas industrias y servicios a China y la India. Seguirán siendo buenos clientes para soja y otras exportaciones del campo, pero a cambio querrán que la Argentina se abra más a sus textiles, calzado, televisores y un sinfín de otros bienes no muy sofisticados fabricados por los «productivos» que encabezaron la cruzada contra la convertibilidad propia del «modelo menemista». Asimismo, todo hace prever que la industria automotriz local y otros sectores impulsados por el gobierno kirchnerista tendrán graves dificultades para sobrevivir a la «invasión» brasileña que está cobrando ímpetu. Puede entenderse, pues, la voluntad del gobierno de prolongar un statu quo que desde su propio punto de vista por lo menos es muy satisfactorio, pero si un día la ciudadanía se da cuenta de cuánto le han costado sus años fuera del sistema financiero internacional, su reacción no será caritativa.
Hace ya casi tres años, la Argentina -mejor dicho, su clase política- se sintió tan abrumada por una crisis económica que le parecía interminable que sin pedir permiso a nadie optó por tomarse algunas vacaciones a fin de reencontrarse con una vida más sana y más natural en el campo. La decisión fue aplaudida por los muchos que, hartos de tener que respetar reglas molestas fijadas por otros, querían romper con la rutina para disfrutar de un período de libertad subsistiendo de lo suyo, como recomiendan los ideólogos de esta modalidad.
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