Enfermedad y literatura, según pasan los siglos
A lo largo de los siglos, la literatura transformó la enfermedad en un espejo de cada época: de la tisis romántica convertida en destino trágico, al sanatorio como laboratorio social, de los diarios íntimos que registran la fragilidad cotidiana a los ensayos que desmontan metáforas y devuelven literalidad al cuerpo. Este recorrido traza cómo cambiaron las formas de narrar el dolor y qué preguntas persisten cuando el cuerpo se vuelve relato.
Aunque hoy parezca un boom, las narrativas de la enfermedad tienen una larga historia. Ha cambiado con las ideas de cuerpo, con los avances médicos, con las sensibilidades estéticas y con los miedos de cada época. Cada siglo dejó su marca, su forma de mirar el deterioro. Y, sobre todo, su forma de preguntarse qué significa enfermar.
En el siglo XIX, la tuberculosis dominó el imaginario literario europeo. No era solo una enfermedad: era un símbolo. La tisis se asociaba a la sensibilidad extrema, a la belleza que se apaga, a la fragilidad espiritual. Los rostros pálidos de las muejres enfermas fueron insluso un sínbolo de belleza. En «La dama de las camelias», Marguerite Gautier se consume lentamente mientras su cuerpo se vuelve metáfora de sacrificio y redención. La enfermedad funciona como destino trágico y como purificación moral. La literatura romántica convierte la dolencia en un aura: el enfermo es alguien que ve más, siente más, sufre más. La muerte, en ese marco, no es un final abrupto sino un desvanecimiento estético.
A comienzos del siglo XX, esa tradición se complejiza. Thomas Mann publica «La montaña mágica» en 1924 y transforma el sanatorio en un laboratorio social. Hans Castorp, el protagonista, llega a Davos para visitar a un primo y termina quedándose siete años. La tuberculosis ya no es solo un símbolo romántico: es un clima, un régimen de vida, una forma de pensar el tiempo detenido. El sanatorio funciona como metáfora de una Europa que se prepara, sin saberlo, para la guerra. La enfermedad se vuelve un espacio de debate filosófico, político, existencial. Mann no idealiza la tisis: la convierte en un escenario donde se discute el destino del continente.
En paralelo, la escritora Katherine Mansfield escribe sus diarios mientras la tuberculosis avanza. «Los diarios de Katherine Mansfield«, un libro publicado póstumamente en 1927, es un puente entre dos épocas. Mansfield ya no romantiza la enfermedad, pero tampoco la piensa con la distancia crítica que vendrá después. Registra la fiebre, la fatiga, la dificultad para respirar, pero también el deseo obstinado de seguir escribiendo. Sus cuadernos muestran la enfermedad como un hecho cotidiano, casi doméstico, y narrado sin adornos. Dice, por ejemplo: «Esta enfermedad parece llevarse todo, incluso la voluntad, pero al mismo tiempo agudiza una especie de lucidez cruel. Nunca he estado tan cerca de la vida como ahora que la siento escaparse.»
La segunda mitad del siglo XX introduce un giro radical. La medicina avanza, los diagnósticos se vuelven más precisos, y la cultura empieza a cuestionar las metáforas que rodean a ciertas patologías. En 1978, Susan Sontag publica «La enfermedad como metáfora» y desmonta la carga simbólica del cáncer y la tuberculosis. Sostiene que las metáforas enferman tanto como las enfermedades mismas. Le devuelve literalidad al cuerpo, lo despoja de moral y de culpa. Sontag no narra su propio cáncer, pero su ensayo se convierte en la base ética de toda narrativa posterior sobre la enfermedad: escribir sin metáforas, sin épica, sin victimización.
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En esos mismos años, la periodista norteamericana Joan Didion abre otra vía. «El año del pensamiento mágico« no es un libro sobre una enfermedad propia, pero sí sobre el colapso emocional tras la muerte de su marido y la internación de su hija (que luego también muere y narra «Noches azules», otro libro brutal). Didion registra el trauma con precisión casi clínica, sin sentimentalismo. Su protagonista es ella misma, tratando de entender un mundo que se desarma. La enfermedad y el duelo aparecen como estados mentales que se narran desde la observación, no desde la confesión.
A fines del siglo XX, Jean-Dominique Bauby lleva esa observación al límite. Tras un ACV que lo deja con síndrome de cautiverio, escribe «La escafandra y la mariposa» literalmente parpadeando. Su cuerpo inmóvil se convierte en el escenario de una vida interior intensa. La enfermedad es, en este libro, un límite físico absoluto. Su libro es una lección sobre la potencia del lenguaje cuando el cuerpo se retira.
En el siglo XXI, la literatura de la enfermedad se vuelve más íntima y más técnica a la vez. Cáncer, ELA, ACV, depresión, dolor crónico, trastornos psiquiátricos: todo puede ser narrado. Lo que cambia es el enfoque. La enfermedad ya no es destino ni símbolo, sino un proceso que se describe con la mirada de un cronista. Anne Boyer escribe su cáncer como un informe político; Martín Caparrós narra la ELA como una sentencia ineludible; María Moreno registra cómo un ACV interviene su sintaxis; Hanif Kureishi dicta fragmentos desde la inmovilidad; Julian Barnes piensa la despedida desde un cuerpo que se apaga lentamente.
Cada siglo ensayó una respuesta distinta. Y en esa evolución se puede leer, también, la historia de cómo cambiamos nuestra manera de mirar el cuerpo, el dolor y la fragilidad. Un mirarse en el espejo del dolor para reconocerse y también un embate contra el sistema de salud.
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