La memoria de la orfandad: «El día que comenzaba el verano» reconstruye una historia a partir de sus restos
La doctora en Filosofía y docente roquense María José Melendo reconstruye la pérdida de sus padres a partir de fotografías, olores y objetos cotidianos, y convierte la memoria íntima en una experiencia compartida.
Un objeto pequeño, una fotografía, el aroma de una comida, pueden -y de hecho lo hacen- abrir una puerta en el tiempo. “El día que empezaba el verano”, de María José Melendo, pertenece a esa estirpe. Es un libro construido con fragmentos, recuerdos, escenas y objetos que, como piezas dispersas de un rompecabezas, intentan recomponer una historia marcada por una pérdida temprana: la muerte de los padres de la autora en un accidente automovilístico en diciembre de 1986, cuando ella tenía apenas nueve años.
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Sin embargo, no es solo un libro sobre la orfandad. Lo que Melendo hace aquí es algo más complejo y más sutil. Su escritura indaga en la manera en que la memoria se organiza alrededor de las cosas: las fotografías analógicas, una cafetera Volturno, una casa demolida, una sartén ennegrecida, el recuerdo del perfume de una madre, un ramo de flores o una receta de cocina. Los objetos, parece decir la autora, son depósitos de sentido. Conservan restos de vida, la cuentan.

Desde las primeras páginas se advierte el tono del libro: íntimo, reflexivo, contenido. Melendo evita la grandilocuencia y el sentimentalismo. Su prosa avanza a partir de pequeñas escenas cotidianas, modestas.
La aparición de unas fotos escaneadas durante la pandemia desencadena un “balance vital” y la necesidad impostergable de escribir los propios duelos. A partir de allí se despliega una suerte de arqueología personal en la que cada imagen y cada objeto funcionan como pistas de una vida interrumpida.
La fotografía ocupa un lugar central. El libro dialoga constantemente con las ideas de Roland Barthes y Susan Sontag, pero sin volverse ensayístico ni académico. Las fotos son, a la vez, prueba y ausencia. Testimonian que algo existió y, al mismo tiempo, recuerdan que aquello ya no está. Sobre todo, en esta escena: la autora contempla la única fotografía que conserva junto a sus padres y sus tres hermanos, tomada durante un viaje a Copahue en 1985. Esa imagen, un simple rectángulo de puntas redondeadas, se convierte en una reliquia familiar y en el emblema del libro.
Pero la memoria no es sólo visual. También es olfativa, táctil, gustativa. Los olores tienen un poder extraordinario para convocar el pasado: el azufre de Copahue, el aroma del tabaco de pipa de su padre, las comidas de Malú, la mujer de su padrino que terminó ocupando un lugar maternal en su vida.
La maternidad constituye otro de los grandes núcleos del libro. Ser madre parece haber modificado la relación de la autora con su propia historia. Al ver crecer a sus hijos, al tomarles fotografías, al prepararles una fiesta de cumpleaños o acompañarlos, Melendo comprende aspectos de sus padres que antes le resultaban inaccesibles. La pérdida ya no se experimenta únicamente desde el lugar de la hija huérfana, sino también desde la conciencia de todo lo que aquellos dos jóvenes de treinta y pocos años, sus padres, no pudieron vivir.
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Hay, además, una dimensión generacional que vuelve particularmente interesante esta obra. Quienes crecieron en los años ochenta y noventa reconocerán muchos de sus paisajes emocionales: los álbumes de fotos, las vacaciones familiares, las casas de los abuelos, las cámaras Kodak, los regalos de Navidad encontrados en un placard, las llamadas telefónicas a números fijos.
La formación de Melendo como investigadora de las memorias de pasados traumáticos se percibe en el entramado de referencias que acompañan el relato. Por estas páginas circulan Walter Benjamin, Georges Perec, Federico Falco, Albertina Carri, Leila Guerriero o Magda Tagtachian. Son lecturas que dialogan con la experiencia y ayudan a pensarla.
“El día que empezaba el verano” es un libro sobre lo que ya no está y lo que queda; sobre la manera en que una vida puede reconstruirse a partir de los restos, con imágenes incompletas y con relatos transmitidos por otros. Pero también es un libro sobre el devenir inexorable, y lo que persiste a pesar de todo, con sus zonas sombrías y sus reflejos luminosos.
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