¿Por qué leer los cuentos de Ray Bradbury en un mundo que pierde el asombro?

La publicación de Cuentos, que reúne por primera vez la narrativa breve de Ray Bradbury en un solo volumen, permite releer a un autor central del siglo XX desde una mirada humana sobre el futuro, la tecnología y el asombro.

Por Verónica Bonacchi

En un mundo alerta por lo que ocurre en estrecho de Ormuz, con los misiles y las sentencias apocalípticas de Donald Trump, parece difícil sentir el asombro puro que nace de cierto grado de inocencia. La agenda internacional parece más bien dominada por las urgencias nefastas, las amenazas y una acumulación de noticias que se superponen sin pausa. Todo sucede demasiado cerca, demasiado rápido. Una brutalidad sucede a la otra.


En el medio, este mes, la Luna volvió a acaparar atención . La misión Artemis II, de la NASA, realizó el primer vuelo tripulado alrededor del satélite desde 1972. Durante diez días, cuatro astronautas viajaron a bordo de la nave Orión en una misión destinada a probar sistemas y procedimientos clave para futuras exploraciones. No hubo alunizaje, pero la cápsula pasó por la cara oculta de la Luna y quedó varias horas sin comunicación con la Tierra. ¿Hubo asombro?


Hace apenas unos meses, llegó a la Argentina “Cuentos”, la monumental edición preparada por Paul Viejo y publicada por Páginas de Espuma, que reúne más de un centenar de relatos de Ray Bradbury, uno de los escritores más entrañables, el hombre que nunca pensó la literatura como anticipación tecnológica, sino como una herramienta para observar el presente y el futuro sin cinismo, y sobre todo, -parece redundante, pero no- con mirada humana.


Bradbury nunca fue el narrador futurista. No escribió sobre cohetes para describir máquinas complejas ni sobre Marte para fundar colonias. Los cohetes de Bradbury nunca son monstruos intimidantes ni instrumentos militares. La mayoría de las veces son objetos cercanos, domésticos, integrados al patio de la casa. Él, más bien, se dedicó a contar personas enfrentadas al miedo, la pérdida y el deseo. Por eso, en sus cuentos, el porvenir es más bien un espejo, de esos que uno no quiere ni mirar.


“Cuentos”, el libro que lo vuelve a traer a nuestra tierra, no es una obra completa en sentido estricto -faltan novelas y ensayos-, pero sí es la recopilación más amplia y coherente de su narrativa breve en castellano.

El orden cronológico de los cuentos tiene sentido, aunque la luna, Marte, la infancia, el miedo, la tecnología y el paso del tiempo reaparecen una y otra vez, como si el autor regresara deliberadamente a esos mismos mojones que marcan su camino.

Uno de los mayores aciertos de esta edición es que muestra hasta qué punto Bradbury se mantuvo fiel a esa mirada durante más de seis décadas. Algunos cuentos tempranos resultan más inquietantes que los tardíos; otros, escritos en la madurez, recuperan la sencillez casi infantil de los primeros textos .

Muchos de sus cuentos giran en torno a la infancia. Los personajes infantiles entienden el mundo desde un umbral de expectativa y sorpresa que los adultos suelen perder. Esa sensibilidad aparece asociada a fenómenos astronómicos, estaciones imposibles, planetas extraños. Ahí está como ejemplo “Todo el verano en un día”, no de los más emblemáticos, que dice: “El sol es una flor que sólo se abre por una hora”. O este otro, minimalista y perturbador, en el que advierte sobre la autonomía excesiva de lo tecnológico y su desvinculación de lo humano:“Vendrán lluvias suaves”, en el que una casa automatizada sigue funcionando mucho después de la desaparición de sus habitantes.


Retrato de un escritor



Leído en conjunto, “Cuentos” funciona también como un retrato indirecto de su autor. Un escritor ajeno a la moda, alguien que escribió toda la vida desde la emoción, sin renunciar a la complejidad.


Bradbury tenía once años cuando eligió su primera profesión: sería mago. Un año después, en la Navidad de 1932, recibió una máquina de escribir. Ese objeto -pesado, ruidoso, obstinado- desplazó a la varita. El niño que soñaba con encantamientos decidió que su magia sería la de las palabras. Entre esa elección y la realidad hubo ocho años de escuela, de lecturas voraces y de vender diarios en una esquina de la ciudad de Los Ángeles. A los veinte, la revista Script aceptó su primer cuento. El hechizo había comenzado.
Más de un siglo después de su nacimiento, Bradbury sigue siendo uno de los grandes narradores del siglo XX. Autor de más de treinta libros, creador de “Crónicas marcianas” y de la novela “Fahrenheit 451”, dejó una obra que sige vigente, antes y más allá del Artemis II.


Su convicción literaria, expresada en una frase que funciona como brújula, conserva una vigencia luminosa: “Llénate los ojos de asombro, vive como si te fueras a morir en diez segundos. Ve el mundo. Es más fantástico que cualquier sueño que alguien pueda fabricar”.


Bradbury nació en Waukegan, Illinois, el 22 de agosto de 1920. Era un niño pobre, hijo de un linotipista y una madre sueca que lo llevaba a la biblioteca pública casi todos los días. Allí encontró refugio y, sobre todo, un destino. “Yo no estudié en la universidad porque era muy cara -recordaría mucho después-. Toda mi formación la conseguí en las bibliotecas públicas. Amo las bibliotecas; si tocas una, me tocan a mí”.


Ese origen, lejos de la sofisticación tecnológica que suele asociarse a la ciencia ficción, marcó su sensibilidad y sus modos. La ciencia ficción, para él, fue siempre un modo de mirar lo humano. Por eso sus relatos, incluso los más futuristas, están atravesados por la nostalgia, la pérdida, la infancia, la memoria. Por eso también su prosa tiene música, y poesía.


Las “Crónicas marcianas” llegaron a la Argentina en 1955, editadas por Minotauro. Francisco “Paco” Porrúa, fundador de la editorial, no solo tradujo el libro bajo el seudónimo de Francisco Abelenda, sino que además convocó a Jorge Luis Borges para escribir el prólogo.


Borges, lector agudo, captó de inmediato la singularidad del libro. “Su tema es la conquista y colonización del planeta -escribió en las páginas del prólogo-. Esta ardua empresa de los hombres futuros parece destinada a la épica, pero Ray Bradbury ha preferido un tono elegíaco”. Los marcianos, que al principio parecen monstruosos, terminan despertando piedad. Los hombres vencen, pero el autor no celebra la victoria.


En otro pasaje del prólogo, Borges se pregunta: “¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad? ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima?”.


Bradbury fue un cinéfilo apasionado desde niño y colaboró con figuras centrales del cine clásico. Escribió, por ejemplo, el guion de Moby Dick (la genial novela de Melville) para John Huston y mantuvo una relación compleja pero fecunda con Hollywood, donde trabajó para cine y televisión durante años.
Sus cuentos y novelas fueron adaptados en reiteradas ocasiones -con resultados dispares, según él mismo admitía-, pero nunca dejó de pensar el cine como una extensión posible de la imaginación literaria.
Ese posicionamiento lo ubicó en un lugar singular dentro del canon del siglo XX.


Admirado por escritores como Borges, leído con devoción por cineastas y narradores de generaciones posteriores, Bradbury nunca se integró del todo a una escuela ni a un programa estético.


La permanencia de Bradbury se explica, en parte, por su defensa del asombro y la curiosidad. Su literatura invita a mirar el mundo con ojos nuevos, a desconfiar de las certezas, a imaginar alternativas.


Y no parece una literatura que pierda vigencia. En un siglo marcado por avances tecnológicos vertiginosos, su advertencia sobre la importancia de leer, escribir y pensar sigue siendo radical.


Pero además, y eso es algo que lo hace singular entre quienes practican la ciencia ficción, Bradbury nunca fue un profeta del desastre, aunque escribió distopías memorables. Fue, más bien, un escritor que creyó en la capacidad humana de reinventarse.


La nueva edición



“Cuentos” reúne más de un centenar de cuentos -116, según la edición- a lo largo de 1.344 páginas, organizados de manera estrictamente cronológica, desde los relatos publicados en revistas pulp de los años cuarenta hasta textos escritos ya entrado el siglo XXI.


Esa amplitud permite recorrer no solo los distintos registros de Bradbury, sino también el modo en que insistía en la temática: están los cuentos marcianos, los relatos de infancia, los textos realistas, los más sombríos y los abiertamente líricos.
El recorrido ofrece una visión de conjunto que confirma, sobre todo, que Bradbury fue un escritor que pensó su obra como una constelación más que como una serie de hitos aislados.
La edición tiene un prólogo de Laura Fernández, la escritora y periodista española, autora de “La señora Potter no es exactamente Santa Claus” .


Lejos de ofrecer un marco académico o una lectura justificatoria, propone una lectura desde un presente que necesita imaginación sin cinismo. Es todo un detalle.
Fernández no se detiene en etiquetas de género ni en clasificaciones históricas. Lo que hace, en cambio, es una defensa del asombro. “El asombro no es una cualidad infantil, sino una forma de conocimiento”.
Leído hoy, “Cuentos”, permite verificar hasta qué punto esa advertencia sigue vigente. La literatura, como la exploración espacial, no vale por lo que promete conquistar, sino por la capacidad de modificar la manera en que miramos.
Como decía en 2020 un artículo del diario El País, por el centenario del nacimiento de Bradbury: “La primera potencia del mundo no la gobierna un actor sino un presentador de televisión que, como en la distopía de Bradbury, odia leer”, un hombre que prefiere “meterse en la cama a las 18:30 con una hamburguesa con queso a ver simultáneamente los tres televisores de su dormitorio mientras tuitea desde su teléfono móvil”.
Pasaron seis años desde aquel artículo. El mundo está más o menos en el mismo lugar. Bradbury, por suerte, no escribía para predecir el futuro, sino para prevenirnos de él.


En un mundo alerta por lo que ocurre en estrecho de Ormuz, con los misiles y las sentencias apocalípticas de Donald Trump, parece difícil sentir el asombro puro que nace de cierto grado de inocencia. La agenda internacional parece más bien dominada por las urgencias nefastas, las amenazas y una acumulación de noticias que se superponen sin pausa. Todo sucede demasiado cerca, demasiado rápido. Una brutalidad sucede a la otra.

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