Lejos de la muerte, cerca de la vida

La increíble historia del fotógrafo que cambió las guerras por la naturaleza.

Redacción

Por Redacción

Eduardo Rouillet eduardorouillet@gmail.com

“Gente que conozco insiste en que relate anécdotas donde la muerte lejos es más aceptable que la vida cerca”. Eso escribió el fotógrafo Hernán Canuti. Hablaba de su labor como corresponsal de guerra. Algo que ahora dejó muy atrás para seguir el vuelo del cóndor. “La fotografía es un medio de comunicación, mi forma de hablar”, agregó para definirse en un solo clic. El pasado viernes, en la Residencia de los Gobernadores de Viedma, Canuti inauguró su muestra fotográfica “Cóndor”, que podrá verse hasta el viernes. El domingo la inaugurará en Bariloche durante el II Congreso Veterinario Patagónico, en la sede de Universidad Fasta. Luego de la inauguración, habló con “Río Negro”. Canuti se define con síntesis de foto. En un correo, escribió que el cóndor le salvó la vida. Y en su historia, eso encaja a la perfección. “La elección de cambiar muerte por vida fue así: mientras escuchaba el silbido de las balas cerca, estaba todo bien. Después, pensaba que alguna me podría haber volado la cabeza, pero me daba lo mismo. Llega un momento en que el nivel de inconsciencia era directamente proporcional a todo. Como no hallarle sabor a las comidas. Estaba inconsciente… –¿Cuándo comienza el quiebre, el proceso de entrada en la actual etapa de tu vida? –En un momento empecé a mirarme en el espejo y a preguntarme qué quería para mis días. Estaba bien, conocía a un montón de personas, ganaba mucho dinero, era supuestamente exitoso… hasta que me dije: ¿qué soy, un informador, un comunicador, un mostrador de cosas al mundo o simplemente un operador de cámara? Un día me enganché con una familia que vivía en la Franja de Gaza. Viví con ellos. Vivían encerrados, aislados por los israelitas, a todo nivel. Las chicas no tenían higiene femenina, no existían los preservativos, los medicamentos. Pero, me llamó poderosamente la atención el ingenio que esa gente aplicaba para subsistir. No era sólo la dificultad de conseguir comida, sino también la diversión. Eran tan creativos en su proceder, tan inocentes ante lo que les estaban pasando que yo deseaba registrar su historia. Comencé a reunir su historia con vivencias. Tanta belleza en lo simple me llevó a no querer hacer más fotos de una cabeza explotada, de una madre reclamando por su hijo, para mostrar al mundo el horror que había allí o en Bosnia. El medio de comunicación publicaba eso para que del otro lado, alguien leyera el diario y pensará en lo mal que están en otra parte lejana. Generaba ese contraste idiota para mantener un estatus social. Me cansé de la prensa, propuse otra forma de trabajar. –¿Qué hiciste? –Me fui a recolectar manzanas, a hacer pozos con la gente, o sea, viví con ellos y descubrí que el hecho de que me aceptaran como persona me permitía sacar mejores fotos, aún con la burbuja de la individualidad intacta. Estaba adentro de ella. Me presenté en (la agencia) Magnum, me aceptaron como colaborador y otra vez caí en la trampa. No me interesa perseguir ese éxito, esa fama. Soy una persona feliz, me considero inteligente, ilustrado, informado, curioso, y empecé a disfrutar mi vida como yo quería. Volví a Argentina y apenas bajé del avión, se me cayó todo encima. Me relajé al llegar a mi país, a mi gente, a mi cultura. Tanto que quedé tirado como un pucho, sin propósito. No quería hacer más fotos. En una rara ceremonia tiré una cámara al río de La Plata. Imaginá lo quemado que estaría… Me acerqué a Osho, fui hare krishna, me metí con los evangélicos, estudié teología para ser cura e hice una pequeña compilación con lo que me iba gustando, sintiendo, dando frutos. Siete meses tardé en reconstruirme. Opté por otra vez trabajar de fotógrafo. Reboté en cuatro medios nacionales, diarios en los cuales pensé que iba a ser muy fácil retomar, y no. Al principio, para entrar en un medio hace falta experiencia, y cuanta la tenés, excede su interés. En ese momento se produjo la revuelta del 2001 con la caída de (Fernando) De la Rúa y me metí en la villa de Camino Negro, a hacer trabajo social con gente que ya estaba armando el saqueo de (supermercado) Coto; laburé en un laboratorio de fotos, arreglaba máquinas, me buscaba la vida. Un día andábamos decidiendo unas vacaciones lejos de Buenos Aires, llegamos a Córdoba casi límite con La Rioja y apareció –cuando fotografiaba un sol al atardecer– un cóndor enorme. No lo pensé, como la mayoría de las veces que hago fotos, encuadré, esperé que se equilibrara la imagen, vino volando, track y ahí está la toma. Empecé a estudiarlo biológicamente durante dos años en la facultad. Pero me faltaba algo. Después, en las ceremonias de suelta de cóndores, siempre alguien daba una rogativa, y me conecté con comunidades mapuches, aymaras, incas, huarpes, mayas de Guatemala. “Son los ojos del manqué, son los ojos del manqué”. Así le dicen al cóndor los mapuches. Un viejecito me dijo una vez que yo hacía lo mismo que el cóndor porque trabajando en las guerras, trataba de sacar la mejor foto, de embellecer ese momento terrible; y el cóndor que no mata para comer, es carroñero, eleva el almita del muerto para llevarle a Füta Chao (una de las denominaciones que recibe el Dios mapuche Nguenechén). Me puse a llorar por la analogía que había hecho. Me abrió el camino y acá estoy, exponiendo mis fotos de cóndores.

“La fotografía es un medio de comunicación, mi forma de hablar”, dice Canuti para definirse a sí mismo.


Eduardo Rouillet eduardorouillet@gmail.com

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