León Gieco y Lago Puelo, un solo corazón

Más de 6.000 personas ovacionaron al cantante. El artista descansó varios días en la comarca y en la noche del sábado desplegó su arte. La Fiesta del Bosque fue de espaldas al alcohol.

LAGO PUELO (Especial) – «Una canción verdadera hace cosquillas en la panza y no la toca cualquiera», cantaba León Gieco en homenaje a Sixto Palavecino. Pero los miles de personas que lo escuchaban frente al escenario «Hilda de Castro» -próximo a uno de los parques nacionales más hermosos de la Patagonia- sentían que era El el portador de ese aleteo que inunda los sentidos.

El poeta y músico por excelencia de los argentinos comenzó su recital a la 1,45 de ayer y lo extendió hasta poco antes de las 5 de la madrugada, bajo la llovizna fría, en una oferta inusual de «¿qué más quieren que cante!? Ya no sé si son bises o segunda parte».

El público chubutense y bolsonense, devoto, con los brazos en alto y una enorme bandera argentina desplegada al viento, rozaba la silueta vestida de negro al aliento cálido de «León… León… León…».

Nada faltó antenoche para que fuese festejo puro la II edición de la Fiesta del Bosque de Lago Puelo porque además, al menos en lo ostensible, fue un evento restringido al consumo de alcohol.

Nada se guardó el artista. Nada se reprimieron las más de 6.000 personas reunidas, una pegada a la otra, en el relativamente pequeño anfiteatro de la plaza central del pueblo. Si hasta el intendente, Iván Fernández, coreaba de cerca las letras que niños y cincuentones se sabían de memoria.

Una interminable caravana de vehículos y ómnibus atestados de gente, procedentes desde El Bolsón, dieron cuenta desde temprano del poder de convocatoria de Gieco.

 

Una cabaña en la montaña

El autor de «Sólo le pido a Dios» hacía varios días que estaba disfrutando del descanso en la zona. «Una cabaña en la montaña», según dijo Nelson Cid, organizador de los espectáculos, fue ideal para ocultarlo del periodismo de la región que pugnó sin éxito por un dato de su paradero.

León navegó por el bello lago de origen glaciario rodeado de bosque nativo, se alimentó de comida casera y típica preparada con detalle para él y pudo sortear, tal vez, el asedio mediático, con todo, bastante respetuoso por estas sureñas latitudes.

¿Cómo es, cuando un artista del espectáculo no necesita azuzar los ánimos para generar respuestas de la multitud? Es como Gieco: pantalones bombilla negros, medio «cortones», y su solo dedo índice de una mano blanca pequeña, dirigido a las estrellas, para que todo el auditorio respondiese con el corazón…

Letreros de «Esquel, no a la mina» o «mutisias sí, oro no» fueron signo de que algunos artistas tienen delegado, sin voto, el honor de la denuncia; más que un político o un juez.

Cinco músicos impecables, e invisibles asistentes en igual condición, lo acompañaron en un repaso desde los '70. «Cuando mucha de la gente que hoy está aquí, llegó», -dijo el cantante- hasta la última de sus producciones, con temas como «Yo soy Juan» o «El ángel de la bicicleta», que dibujó caleidoscopios de luz sobre el fondo de la Fiesta del Bosque.

Discordante nota fue la de una joven que antecedió a León Gieco, luego que los esforzados «Infierno 18» dejaron «a punto de caramelo» los ánimos en el escenario. La muchacha, que reiteró su actuación junto a Gieco en los momentos finales, no agregó sino más bien restó, e hizo pensar en razones de amistad, parentesco o compromiso, que el público no tenía por qué presenciar. Pero bueno, es de conceder que lo perfecto es enemigo de lo bueno.


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