Lo que dejó el Muro

Redacción

Por Redacción

El domingo se celebró el aniversario de la caída del Muro de Berlín un cuarto de siglo antes, un acontecimiento que confirmó de manera insólitamente pacífica el fracaso del comunismo. El Muro no fue derribado por tanques occidentales sino por la voluntad de los alemanes orientales y de sus vecinos polacos y húngaros. Al entender el presidente soviético Mikhail Gorbachov que sería inútil continuar reprimiendo con la violencia ya tradicional las protestas que proliferaban en Europa central y oriental, sin proponérselo sentenció a muerte al totalitario imperio comunista del que era, en teoría por lo menos, el líder máximo. Pronto romperían con Moscú no sólo Alemania Oriental, Polonia, los países bálticos, Hungría, Checoslovaquia y Bulgaria, sino también muchos otros que habían formado parte de la Unión Soviética misma. Aunque el derrumbe del comunismo fue rápido, no lo ha sido la recuperación de las sociedades que lo padecieron. Las que tuvieron la buena suerte de verse incorporadas a la Unión Europea siguen siendo relativamente pobres. A pesar de la ayuda masiva recibida, la parte oriental de Alemania dista de haber alcanzado el nivel de vida del resto del país que sirve de “locomotora” de la Eurozona. Y, si bien Rusia continúa siendo una potencia militar en condiciones de provocar un sinfín de problemas a sus vecinos, su evolución demográfica difícilmente podría ser peor y su economía, como la de un típico país tercermundista, depende casi por completo de las exportaciones de materias primas, en su caso petróleo y gas. Por lo tanto, es posible que Rusia nunca se recupere de los daños que le causaron siete décadas de gobierno comunista a un tiempo brutal y grotescamente ineficaz. Fuera del mundo del “socialismo real”, las repercusiones de la desintegración de un país de dimensiones continentales que había hecho las veces de una superpotencia rival de Estados Unidos fueron menos directas pero así y todo importantes. Acaso lo único positivo de la tiranía comunista fue que había obligado a los occidentales a prestar más atención a las necesidades del “proletariado” para que no resultara seducido por el sueño colectivista, ya que en muchos países intelectuales, sindicalistas y políticos supuestamente contestatarios creían, o fingían creer, que el marxismo totalitario les suministraba soluciones para virtualmente todos los problemas sociales, económicos e incluso culturales. A los gobiernos de los países desarrollados no les resultó difícil superar a sus hipotéticos rivales comunistas en los ámbitos así supuestos, pero la idea de que sí existiera una alternativa concreta en alguna parte del mundo los estimulaba para esforzarse cada vez más. Eliminada dicha “alternativa”, se ven constreñidos a luchar contra quienes toman cualquier imperfección por evidencia de un fracaso sistémico insoportable. Asimismo, si bien el dinamismo propio del orden capitalista, el único que funciona, permitió superar el desafío planteado por los comunistas, continuó provocando cambios que descolocaron a millones de personas. Mientras que los marxistas, que se afirmaban conocedores exclusivos de los secretos de la evolución socioeconómica, ofrecían un simulacro de previsibilidad, los demás, tanto conservadores como socialistas democráticos o partidarios de una mezcla híbrida de tales tendencias, se limitan a adaptarse a nuevas circunstancias sin pretender ser capaces de determinarlas. Será por eso que en todos los países avanzados se ha difundido la sensación de que los dirigentes políticos son demasiado débiles para hacer mucho más que reaccionar frente a los acontecimientos a fin de congraciarse con el electorado local. Privados de un enemigo digno, como fue en su momento el comunismo, se ven reducidos a improvisar con la esperanza de que, de un modo u otro, no ocurra nada terrible. Puesto que el progreso socioeconómico se debe en buena medida al aprovechamiento de los instintos competitivos de las distintas personas y grupos sociales, la derrota, por abandono, del único competidor significante ha dejado a los políticos occidentales sin rivales de peso, de ahí el desconcierto que se apoderó de ellos una vez superado el asombro que les ocasionó el desmoronamiento de la superpotencia soviética.

Fundado el 1º de mayo de 1912 por Fernando Emilio Rajneri Registro de la Propiedad Intelectual Nº 5.196.592 Director: Julio Rajneri Codirectora: Nélida Rajneri de Gamba Vicedirector: Aleardo F. Laría Rajneri Editor responsable: Ítalo Pisani Es una publicación propiedad de Editorial Río Negro SA – Jueves 13 de noviembre de 2014


El domingo se celebró el aniversario de la caída del Muro de Berlín un cuarto de siglo antes, un acontecimiento que confirmó de manera insólitamente pacífica el fracaso del comunismo. El Muro no fue derribado por tanques occidentales sino por la voluntad de los alemanes orientales y de sus vecinos polacos y húngaros. Al entender el presidente soviético Mikhail Gorbachov que sería inútil continuar reprimiendo con la violencia ya tradicional las protestas que proliferaban en Europa central y oriental, sin proponérselo sentenció a muerte al totalitario imperio comunista del que era, en teoría por lo menos, el líder máximo. Pronto romperían con Moscú no sólo Alemania Oriental, Polonia, los países bálticos, Hungría, Checoslovaquia y Bulgaria, sino también muchos otros que habían formado parte de la Unión Soviética misma. Aunque el derrumbe del comunismo fue rápido, no lo ha sido la recuperación de las sociedades que lo padecieron. Las que tuvieron la buena suerte de verse incorporadas a la Unión Europea siguen siendo relativamente pobres. A pesar de la ayuda masiva recibida, la parte oriental de Alemania dista de haber alcanzado el nivel de vida del resto del país que sirve de “locomotora” de la Eurozona. Y, si bien Rusia continúa siendo una potencia militar en condiciones de provocar un sinfín de problemas a sus vecinos, su evolución demográfica difícilmente podría ser peor y su economía, como la de un típico país tercermundista, depende casi por completo de las exportaciones de materias primas, en su caso petróleo y gas. Por lo tanto, es posible que Rusia nunca se recupere de los daños que le causaron siete décadas de gobierno comunista a un tiempo brutal y grotescamente ineficaz. Fuera del mundo del “socialismo real”, las repercusiones de la desintegración de un país de dimensiones continentales que había hecho las veces de una superpotencia rival de Estados Unidos fueron menos directas pero así y todo importantes. Acaso lo único positivo de la tiranía comunista fue que había obligado a los occidentales a prestar más atención a las necesidades del “proletariado” para que no resultara seducido por el sueño colectivista, ya que en muchos países intelectuales, sindicalistas y políticos supuestamente contestatarios creían, o fingían creer, que el marxismo totalitario les suministraba soluciones para virtualmente todos los problemas sociales, económicos e incluso culturales. A los gobiernos de los países desarrollados no les resultó difícil superar a sus hipotéticos rivales comunistas en los ámbitos así supuestos, pero la idea de que sí existiera una alternativa concreta en alguna parte del mundo los estimulaba para esforzarse cada vez más. Eliminada dicha “alternativa”, se ven constreñidos a luchar contra quienes toman cualquier imperfección por evidencia de un fracaso sistémico insoportable. Asimismo, si bien el dinamismo propio del orden capitalista, el único que funciona, permitió superar el desafío planteado por los comunistas, continuó provocando cambios que descolocaron a millones de personas. Mientras que los marxistas, que se afirmaban conocedores exclusivos de los secretos de la evolución socioeconómica, ofrecían un simulacro de previsibilidad, los demás, tanto conservadores como socialistas democráticos o partidarios de una mezcla híbrida de tales tendencias, se limitan a adaptarse a nuevas circunstancias sin pretender ser capaces de determinarlas. Será por eso que en todos los países avanzados se ha difundido la sensación de que los dirigentes políticos son demasiado débiles para hacer mucho más que reaccionar frente a los acontecimientos a fin de congraciarse con el electorado local. Privados de un enemigo digno, como fue en su momento el comunismo, se ven reducidos a improvisar con la esperanza de que, de un modo u otro, no ocurra nada terrible. Puesto que el progreso socioeconómico se debe en buena medida al aprovechamiento de los instintos competitivos de las distintas personas y grupos sociales, la derrota, por abandono, del único competidor significante ha dejado a los políticos occidentales sin rivales de peso, de ahí el desconcierto que se apoderó de ellos una vez superado el asombro que les ocasionó el desmoronamiento de la superpotencia soviética.

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