Lógica ineludible
Mientras puedan, grupos terroristas que operan en países con gobiernos cómplices o débiles seguirán planeando ataques.
Para muchos, la voluntad ya declarada del gobierno estadounidense de extender la «guerra» contra el terrorismo a otros países además de Afganistán -Irak encabeza la lista de blancos posibles-, no es sino una manifestación de la agresividad incontrolable de los halcones derechistas del Partido Republicano. Sin embargo, ocurre que en vista de los peligros que plantean las agrupaciones extremistas que abundan en el «Tercer Mundo», a los dirigentes de la superpotencia no les quedan demasiadas alternativas. Si con medios casi artesanales integrantes de la red al-Qaeda de Osama ben Laden pudieron provocar una catástrofe en Nueva York y Washington, no es necesario ser muy imaginativo para prever lo que podrían hacer grupos mejor armados que cuentan con los recursos propios de un Estado nacional.
La sensación de seguridad, cuando no de invulnerabilidad, que con distintos grados de intensidad se difundió por todo el mundo occidental al habituarse sus pueblos a la idea de que fuera poco probable una guerra contra la Unión Soviética, se basó en una ilusión. Con pocas excepciones, políticos, empresarios e intelectuales se las arreglaron para convencerse de que en el fondo virtualmente todos querían la paz, que sería posible resolver hasta los conflictos más arraigados mediante negociaciones y que era sólo una cuestión de tiempo antes de que quienes apostaban a la violencia comprendieran su error. Definida de este modo, dicha ilusión puede parecer infantil, pero así y todo subyace en la forma de pensar -o, por lo menos, de hablar y escribir- de la mayoría abrumadora de los líderes norteamericanos, latinoamericanos y europeos.
Aunque los ataques del 11 de setiembre nos obligaron a reconocer que el género humano no había cambiado tanto como muchos habían esperado, a partir de entonces la ilusión de que desear la paz le era más natural que buscar la guerra está reafirmándose. Es por eso que muchos que hubieran «entendido» una réplica devastadora meramente vengativa en las horas que siguieron a los atentados ya están repudiando a la ofensiva cuidadosamente calculada contra los talibanes que han iniciado Estados Unidos y Gran Bretaña y considerarían absurdamente excesivo un ataque contra Irak destinado a eliminar la dictadura de Saddam Hussein. Tal actitud sería razonable si hubiera motivos para creer que el castigo que están recibiendo los socios de Ben Laden en Afganistán resultaría más que suficiente como para persuadir a quienes comparten sus puntos de vista de que les convendría convertirse en pacifistas, pero no existe razón alguna para suponerlo. Mientras puedan, grupos terroristas que operan en países con gobiernos cómplices, ambiguos o débiles seguirán planeando ataques que bien podrían resultar ser incomparablemente más brutales que los llevados a cabo el mes pasado, lo cual significa que a menos que los gobiernos occidentales opten por dar la otra mejilla tendrán que intervenir militar y policialmente en los países en que las autoridades no quieren o no pueden eliminar a las bandas más feroces.
Están en lo cierto el presidente norteamericano George W. Bush, el primer ministro británico Tony Blair y otros que advierten que la «guerra» será larga y cruel. Tendrá que serlo: nadie puede dudar de que los muchos que no sienten ningún aprecio por la paz continuarán provocando estragos en sus propios países y en otros. Para ellos, como para los dirigentes de las potencias occidentales, el ataque contra los símbolos de la supremacía estadounidense no constituyeron un incidente aislado e irrepetible sino, por el contrario, el comienzo de una fase nueva de una lucha que durará hasta que un bando haya triunfado. Puesto que las consecuencias para centenares de millones de una eventual victoria «fundamentalista» serían inenarrablemente atroces, sería ilógico oponerse a que los resueltos a defender a la civilización dominante tomen todas las medidas necesarias para imponerse en la lucha aunque, por depender tanto el Occidente de la convicción de que la paz es un bien universalmente valorado, es de prever que los reacios a reconocer que no es exactamente así denuncien con vehemencia los esfuerzos por asegurarla.