Lole va y viene



Parecería que al senador y ex gobernador de Santa Fe Carlos Reutemann le encanta jugar al gato y el ratón con el resto del país. Con cierta frecuencia da a entender que no tiene el menor interés en convertirse en presidente, actitud que, lejos de eliminarlo de la lista de presidenciables, sólo sirve para consolidar el lugar que ocupa entre los favoritos desde hace más de diez años. No sorprende, pues, que los convencidos de que el santafesino lacónico es un estratega político fenomenalmente astuto hayan tomado la decisión de abandonar la mesa de conducción del Peronismo Federal –por sentirse hartos de la confrontación permanente– por una maniobra genial motivada por su deseo de ubicarse en una posición intermedia entre los antikirchneristas más firmes y los que, con algunos reparos, simpatizan con el gobierno de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner, con el propósito de conseguir el apoyo del grueso del movimiento peronista de cara a las elecciones del año próximo. De ser así, lo que Reutemann se ha propuesto hacer es competir con el gobernador bonaerense Daniel Scioli por un “espacio” que podría resultar clave. En cambio, quienes nunca se han sentido impresionados por las presuntas dotes políticas del ex piloto de Fórmula Uno suponen que sus intenciones auténticas seguirán siendo un misterio hasta marzo cuando, tal y como sucedió en el 2003, nos informará que, por motivos no muy claros, preferiría concentrarse en los problemas de su provincia a arriesgarse postulándose para la presidencia de la República. De todas formas, es evidente que la desintegración del Peronismo Federal se ha debido menos a las eventuales ambiciones presidenciales del político más enigmático del país que a la muerte del ex presidente Néstor Kirchner, ya que la razón de ser de la agrupación siempre fue oponerse al autoritarismo despiadado tan característico del santacruceño con el propósito de congraciarse con los sectores “moderados” de la población. No sólo Reutemann sino también otros peronistas disidentes como Felipe Solá y Francisco de Narváez creen que, por ahora cuando menos, les sería contraproducente tratar a Cristina con la misma dureza que manifestaban hacia su marido, de suerte que les convendría asumir una postura más amistosa. Aunque algunos peronistas, entre ellos Eduardo Duhalde y su esposa, además de los hermanos Adolfo y Alberto Rodríguez Saá, son contrarios a la idea de desensillar hasta que el panorama se aclare, como suele decir Reutemann, y por lo tanto se afirman dispuestos a seguir criticando a la presidenta con la contundencia de antes, no cabe duda de que la oposición interna al gobierno peronista se ha visto debilitada por el fallecimiento súbito del “hombre fuerte” cuya agresividad despectiva había servido para aglutinarla. Como los radicales de los años treinta del siglo pasado, los peronistas siguen sintiéndose miembros de un movimiento destinado a representar a la ciudadanía en su conjunto, no de un partido que, a su juicio, es sólo una herramienta electoral. Tal actitud les ha permitido recuperarse con facilidad asombrosa de los desastres protagonizados por una facción peronista determinada, ya que siempre hay otras dispuestas a desempeñar un papel opositor. Como suele suceder cuando existe la posibilidad de que un mandatario peronista no logre ser reelegido, al oscurecerse las perspectivas políticas frente a Néstor Kirchner, otros dirigentes peronistas se combinaron para crear una alternativa de apariencia muy diferente, pero la muerte del caudillo los ha obligado a barajar y dar de nuevo, de ahí el alejamiento de Reutemann de una agrupación que hace poco más de un año pareció estar en condiciones de aportar a la modernización, o sea, a la transformación en un partido político “normal”, de por lo menos un sector importante del peronismo para que por fin dejara atrás la etapa movimientista. Bien que mal, parecería que a pesar de que tanto Reutemann como otros disidentes coinciden en que es urgente “renovar” el peronismo –un tema que preocupa a los teóricos del movimiento desde hace medio siglo– seguirá siendo un aglomerado amorfo que se divide y cierra filas según las circunstancias, puesto que a los dirigentes no se les ocurriría renunciar a las ventajas que siempre les ha brindado la falta de estructuras partidarias.


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