Los barcos que fabrica Livio navegan por un mar de nostalgia
Un inmigrante italiano pasa sus días tallando a mano los recuerdos que le dejó su tierra natal. Comenzó como un pasatiempo y se transformó en su vida.
Al final de la calle Elflein un pequeño cartel se asoma y ofrece los recuerdos de un hombre. “Se venden barcos de madera”, propone una placa pintada a mano, acompañada por imágenes de varios moluscos y un velero que se encuentra con un faro. Dentro de la casa, Livio Trícoli aguarda pacientemente a los interesados en llevar a navegar a sus barcos.
El acento italiano no se le borra. Lo mismo sucede con su amor por el mar Mediterráneo, ese inmenso espejo de agua que baña las costas de su ciudad natal y que aún hoy es parte importante de su vida.
“Nací a una cuadra del mar”, comenta rodeado de embarcaciones de todo tipo. Sobre el fogón una toma aérea de Crotone, una pequeña ciudad del sudeste de Italia, que muestra orgulloso a todo el que pregunta.
En una pequeña mesa un barco de madera espera a Livio para contar con sus mástiles. “De una rama salen los barcos”, explica sobre un proceso que comienza con la selección del trozo de madera adecuado: “Hay que buscar porque tiene que estar sano”, recomienda. Todas sus creaciones surgen de una sola pieza y hasta el mínimo detalle es tenido en cuenta para completar sus modelos.
A sus 86 años, Livio todavía atesora en su memoria sus años en la región de Calabria. “Nosotros teníamos barcos allá”, relata sobre un pasado de vínculo estrecho con el trabajo en el mar.
Precisamente son aquellos años los que le sirven de inspiración antes de comenzar a tallar. Cada barco requiere de unos diez días de trabajo. “Lo agarro un rato, una o dos horas y lo dejo”, comenta sobre el esfuerzo, y la paciencia, que requiere llevar adelante un astillero en la cordillera.
La fábrica
El taller de Livio tiene dos sucursales dentro de su casa. Una está en el fondo de un pasillo y todas sus paredes están cubiertas por barcos de distintos tamaños y colores. La otra está frente a una ventana que da a la calle y que, en invierno, lo resguarda del frío por el fogón que prende a un costado.
“Es mucho laburo de entrada”, asegura sobre las primeras maniobras que incluyen un hacha para definir la proa y la popa. Este carpintero naval sólo se excusa de usar sus manos cuando tiene que tomar la máquina de lijar.
El nivel de detalle de cada barco es tal que un navío pirata le puede llevar casi un mes, incluyendo cañones, barcos salvavidas hechos con cáscaras de nueces, el timón y los postes en los que encastrará velas cosidas a mano.
La fábrica surgió hace unos diez años. Cuando Livio decidió dejar de trabajar y dedicarles más tiempo a su esposa María Rosa, con quien lleva más de 50 años de casado, y a su salud. Tras un cálculo pormenorizado, explica que más de 200 barcos fueron construidos en su casa.
“Hacer los barcos me reconforta”, reconoce sobre un pasatiempo que, junto a la tecnología, terminó de acortar distancias con su familia y la costa crotona. Por lo general cada comprador bautiza su embarcación. Pero si permanece mucho tiempo en su casa termina por adoptar algún nombre en italiano. Este es el caso del Amba Doria, un acorazado de la Segunda Guerra Mundial que transformó en un barco pesquero “de altura”, de esos que permanecen meses en el mar.
Sólo uno de sus barcos tiene un nombre que no evoca al pasado. María Rosa, reza un pequeño letrero hecho a mano. Así se llama el amor de su vida, ese con el que comparte el mismo barco para navegar la vida.
Un astillero de ciudad
Secretos de carpintero
La madera es seleccionada con cuidado. Por lo general son ramas o troncos secos. Livio dice que tienen que estar “sanos” para evitar rajaduras.
La inspiración surge de los recuerdos del puerto de Crotone. Todos los modelos se remiten a embarcaciones pesqueras. También son inmortalizados en cuadros de madera.
Los detalles se expresan al máximo. Hasta los timones son tallados a escala y cada parte es creada únicamente para ese barco. Livio también se encarga de pintarlos o agregarles velas cosidas a mano.
El precio de cada barco oscila entre los 1.000 y 2.000 pesos, según su tamaño.
fotos Alfredo Leiva
Una flota invencible
Datos
- 200
- son los barcos que construyó desde que comenzó hace diez años. En su casa guarda más de treinta modelos en repisas.
- $ 5.000
- es el precio que tiene asignado el Amba Doria, un acorazado reconvertido en pesquero que tiene más de un metro de largo.
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