Los fines de la universidad

Por Héctor Ciapuscio



En Estados Unidos se viene hablando de “la crisis de la universidad”. A los argentinos esto les resulta muy curioso: por lo que atraen, las universidades americanas parecen gozar de excelente salud. Para entender lo de esa “crisis” hay que separar dos niveles bien demarcados allá: el posgrado (que es la Meca para nuestros universitarios, el dedicado a la investigación, el del Máster y el Ph. D), y el pregrado (4 años, título Bachelor, el que corresponde (dicho gruesamente) al común de las universidades argentinas. Este es el de la “crisis”.

Pues bien, ¿qué ocurre en ese nivel de la universidad americana?

Hubo un cambio perturbador desde los días cuando el Sputnik alarmó sobre una presunta ventaja soviética en ciencias y dramatizó la necesidad de reformular el currículum; luego vinieron las rebeliones estudiantiles de los '60. Como consecuencia de lo primero, la universidad viró hacia una prioridad determinante de las ciencias: por efecto de lo segundo, ocurrió una defección de los profesores en cuanto al papel de guías intelectuales de los educandos. Con el correr del tiempo, muchos sienten que la sustancia y los propósitos de la educación son más problemáticos que nunca. Las inquietudes sobre lo esencial tienen manifestaciones visibles. Nos referiremos a dos autores que las expresan.

El aldabonazo inicial fue dado por un libro (Allan Bloom: “La decadencia de la cultura”, 1987) que tenía un subtítulo impactante: “Cómo la educación superior ha fallado a la democracia y empobrecido las almas de los estudiantes actuales”. Se trataba, en el fondo, de un cuestionamiento de los cambios culturales. Proponía un nuevo compromiso con la “educación liberal”. La tesis consiguió de inmediato algunos partidarios y muchos enemigos. Hubo hasta mítines de protesta contra el autor, acusado de “conservador cultural” y “elitista”. Muchos reaccionaron ante su encomio de textos clásicos, vistos como expresión inconsciente de racismo o sexismo de sus autores. El propio Bloom describió después (“Gigantes y enanos”, Gedisa, 1990) una de las reuniones de repudio por profesores y estudiantes de Stanford y Duke University: “Las escenas desarrolladas este fin de semana recuerdan el diario 'Minuto de odio' de '1984', el libro de George Orwell, cuando se exige que los ciudadanos se pongan de pie y vociferen invectivas ante el retrato de un hombre conocido sólo como Goldstein, el gran enemigo del Estado”. (El personaje de la distopía de Orwell representaba a Trotski; el tema era el control mental stalinista). El libro repudiado proponía algo así como una apelación a la historia mayor de la filosofía, desde Platón hasta Heidegger, criticando, sobre el telón de fondo de la gran tradición cultural de Occidente, el estado de la educación superior en esta última parte del siglo XX. Denunciaba la ausencia de una visión de lo que es realmente un hombre educado, el historicismo y el relativismo, el disgusto por la filosofía y el olvido de los grandes maestros, Sócrates el arquetipo.

Desde una óptica distinta pero con propósitos parecidos, Jaroslav Pelikan, profesor de Historia en Yale y presidente de la Academia Americana de Artes y Ciencias, publicó “The New York Times Review” por constituir “una contribución desde la sabiduría”. Intenta un reexamen de la idea de universidad a través de un recorrido del texto clásico del eminente educador católico John Newman, que desde mediados del siglo pasado es referencia obligada en cualquier discusión sobre el tema. Newman (quien sostenía la centralidad de la docencia) propuso como objetivo propio de la universidad la idea de que la universidad debe servir al cultivo intelectual como un bien en sí mismo. Definía a la “educación liberal” como “el proceso de entrenamiento por el cual el intelecto, en lugar de ser formado con algún propósito particular o accidental, alguna profesión específica, estudio o ciencia, es disciplinado por su propio bien, por su propio cultivo más alto”. Esa defensa se refería al ataque utilitario contra el currículum tradicional de Oxford.

Aquí es donde entronca la postura de este profesor de Yale. Hay ahora, como entonces, dice, una tormenta sobre la universidad. El reexamen de sus fines se ha convertido en necesidad urgente, porque hay una crisis de confianza hacia ella y dentro de ella. La universidad es la institución más universal realizada por el mundo moderno y hay razones para creer que seguirá extendiéndose aún más de lo que lo hizo en los cien años últimos. Por ello, los universitarios de todas partes necesitarán adquirir lo que Newman llamaba “el hábito invalorable de empujar arriba las cosas, a sus primeros principios”.

La reflexión en la Argentina

El tema de los fines de la universidad y del perfil del egresado fue planteado aquí en el primer tercio del siglo por José Ortega y Gasset. Era su famosa cuestión sobre “la misión de la universidad”, que él concebía “stricto sensu” como la de formar hombres cultos y buenos profesionales. La suya era una universidad separada, aunque “rodeada” por la investigación científica, “el humus necesario a las raíces de la enseñanza”. Bastante después, otro extranjero ilustre que se ocupó del tema fue Rodolfo Mondolfo, quien proponía para la universidad una política propia, “la política de la cultura, cuya preocupación única es la defensa de los intereses culturales universales y la estimulación del progreso científico”. Pero quizá fue a fines de los '50 y principios de los '60 -cuando se planteó el debate sobre la enseñanza privada y la estatal (la “laica” y la “libre”)- que algunas personalidades argentinas iniciaron una reflexión que se traduciría, ya en 1970, en publicaciones significativas. Hubo, en particular, dos pensadores importantes que, desde posiciones intelectuales diferentes, propusieron ideas sobre los fines de la universidad.

Uno de ellos era Octavio N. Derisi, filósofo tomista y fundador de la Universidad Católica, quien publicó en 1969 su ensayo “Naturaleza y vida de la universidad”. Para Derisi, el fin de la institución es eminentemente teorético, especulativo; no es una institución ordenada a la acción, no es práctica ni utilitaria. Adhería a esta definición de universidad: “La corporación de estudiantes y profesores, que por la investigación y la docencia, se ordena a la contemplación de la verdad”. La verdad a que alude es “la verdad filosófica y teológica, que forman al hombre como hombre y cristiano”. El otro fue José Luis Romero, historiador, ensayista y líder universitario reformista, quien publicó en 1976 un trabajo sobre los fines de la universidad. El problema de la educación del joven era el decisivo para él. Además de darle una profesión, “transformarlo en una persona educada en el sentido más alto de la palabra, educada en el sentido platónico”. Como no existe en este momento -decía- un universo de ideas objetivo que se pueda ofrecer como “la verdad” (nótese el contraste con la posición del anterior) sino en todo caso un sistema de verdades, la educación consistiría en introducir al educando no a la verdad sino a la duda. La misión principal de la universidad -“que tiene legítimamente algo de ínsula por cuanto debe necesariamente apartarse del ruido de la política y los problemas inmediatos”- es formar gente por el estudio de los problemas eternos y permanentes. Mientras mejor formación tuvieran sus egresados, mejor servirían a la sociedad. Investigación sí, pero sin obsesión por la ciencia y la tecnología que no ofrecen respuestas al problema de los fines y que, con graves consecuencias, han pasado de su condición de instrumentos a una condición teológica, de fines.

Pues bien, ha pasado tiempo y muchos acontecimientos desde aquellos momentos doctrinarios. Como en todas partes, hubo un aluvión de nuevas universidades públicas y privadas. Brotaron como hongos después de la lluvia. Hubo una catarata de carreras excedentarias y disciplinas intrascendentes. (Aquí hay que señalar la tarea correctiva que inició el recientemente desaparecido Emilio F. Mignone, un hombre excepcional por muchos conceptos). Los temas exclusivos de discusión ahora son cosas como el ingreso y los aranceles, el presupuesto, la relación con las empresas y los incentivos. Nada sobre el sentido profundo de la educación en relación con nuestros jóvenes y nuestra sociedad. Así es que muy a menudo la retórica de los responsables públicos nos obliga a recordar que los verdaderos pensadores están ausentes de la discusión universitaria o, peor aún, que nos hemos quedado sin pensadores.


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