Los narcodemócratas
El aporte más reciente del ministro de Justicia, Gustavo Beliz, al esfuerzo del peronista Néstor Kirchner por satanizar la década protagonizada por su compañero Carlos Menem a fin de dar lustre a su propia gestión atribuyendo todas las penurias de la población al accionar del ex presidente, ha sido tan impactante que incluso otros miembros del gobierno se sintieron constreñidos a pedirle más mesura. No es para menos. Según Beliz, en los años noventa la Argentina fue una “narcodemocracia” en manos de una banda de delincuentes, especialistas en el lavado de dinero, es de suponer vinculados con los carteles colombianos y mexicanos. Ahora bien: puesto que sería poco probable que Beliz, hombre que en teoría por lo menos debería estar entre los funcionarios mejor informados del país, hablara de tal modo a menos que poseyera algunos datos firmes, convendría que en base a ellos tomara las medidas indicadas para que todos los criminales denunciados terminen entre rejas. Al fin y al cabo, el narcotráfico no es un asunto trivial. Fue por las sospechas en tal sentido acerca de las actividades del presidente Manuel Antonio Noriega que en 1989 Estados Unidos invadió Panamá. En muchos países el castigo por traficar en drogas ilegales es la muerte. Si Beliz se abstiene de dar los nombres de los narcotraficantes, será culpable de encubrimiento, o sea, de una ofensa casi tan grave como aquellas que acaba de denunciar.
De estar en lo cierto el ministro, pues, en los próximos días deberían producirse centenares de detenciones de supuestos narcotraficantes y lavadores de dinero bien conocidos. Sin embargo, muchos ciudadanos privados se sentirían muy sorprendidos si esto sucediera. Estamos tan acostumbrados a oír acusaciones genéricas tremendas que en otras partes serían seguidas por el procesamiento de los involucrados pero aquí no tienen secuelas de ninguna clase, que extrañaría que las declaraciones de Beliz tuvieran consecuencias concretas. Es como si existieran dos realidades, una meramente verbal en la que figuras notorias cometen delitos pavorosos sin que sufran inconveniente alguno, otra la cotidiana en que el destino de ciertos presuntos malhechores dependerá más de su imagen política que de lo que efectivamente habrán hecho.
Para que la Argentina se convierta en lo que el presidente Kirchner calificaría de “un país serio” -fórmula que sugiere que en opinión del mandatario no lo es en absoluto-, será necesario unificar aquellas dos “realidades” para que las palabras pronunciadas por los políticos y por otros funcionarios reflejaran con mayor precisión lo que ocurre. Si es verdad que durante más de diez años la Argentina fue una “narcodemocracia” gobernada por criminales con la complicidad de jueces y legisladores, a las autoridades actuales les corresponde actuar con el vigor así exigido. En cambio, si Beliz no cuenta con evidencia convincente, debería renunciar en seguida porque sería intolerable que un ministro formulara acusaciones tan extraordinarias en base a nada más que su propio olfato o sus prejuicios personales.
Entre las causas de la decadencia nacional está la propensión de demasiados políticos y propagandistas a formular generalizaciones contundentes destinadas a descalificar por completo ya a sus adversarios internos, ya al mundo tal y como es, acompañada por el escaso interés por los detalles prácticos. Como resultado, es poco frecuente que los debates apasionados que se celebran sirvan para mejorar el funcionamiento de las instituciones o impulsar un mayor respeto por la ley. Según parece, nuestros dirigentes suponen que condenar algo con vehemencia, subrayando de esta forma su propia rectitud, es más que suficiente como para ahorrarles la responsabilidad de hacer lo necesario para remediarlo. Es en parte por eso que han sido tan magros los resultados de todas las furiosas campañas retóricas contra la corrupción que emprendieron tantos gobiernos, incluyendo al actual. ¿Será menos estéril la embestida de Beliz contra los demás integrantes de un gobierno del cual fue miembro? Si se trata de nada más que una nueva denuncia furibunda, lo único que habrá logrado Beliz será intensificar aún más el escepticismo de los muchos que dan por descontado que en el fondo las declaraciones de los políticos carecen de sentido.