Los que se quedan
Hasta hace relativamente poco, era habitual dar por descontado que el crecimiento económico beneficiaría a todos, si bien de manera desigual, y que por lo tanto la extrema pobreza propendería a desaparecer no meramente en el largo plazo sino casi en seguida. Esta convicción que presuntamente se basaba en el sentido común ha resultado ser una ilusión. Para desconcierto de los optimistas, categoría que incluye a la mayoría de los dirigentes políticos, la fuerte expansión de la economía argentina durante la década final del siglo pasado no redujo la cantidad de personas que viven en pobreza extrema sino que, por el contrario, la hizo aumentar: según todas las estadísticas disponibles, diez millones o más están atrapadas en la miseria más absoluta y todo hace pensar que su situación empeorará. Es lógico, pues, que muchos gobernadores teman que en sus provincias pudieran producirse «estallidos sociales» que no solucionarían nada pero que estimularían a los que están reclamando un cambio de rumbo más drástico que el propuesto por la Alianza.
El que un período de crecimiento errátil pero así y todo auténtico haya dejado un saldo de más desocupación y más pobreza -además, claro está, de la prosperidad espectacular de una minoría-, no constituye una paradoja. Era previsible porque hoy en día la mayor productividad supone cambios estructurales que descolocan a los acostumbrados a un «modelo» económico más antiguo y menos exigente. Asimismo, por haber demorado tanto tiempo el país el inicio de su «reconversión», los dirigentes políticos tuvieron la oportunidad para aprovechar la experiencia de países comparables, entre ellos España. En la «madre patria», la desocupación masiva que afectaba a más del veinte por ciento de la población activa duró veinte años y su reducción gradual reciente se debe en buena medida a que una generación de personas que mostraron ser incapaces de adaptarse a las nuevas realidades está saliendo para siempre del «mercado laboral». Sin embargo, mientras que en España el sistema educativo y los servicios sociales aseguraron que la generación siguiente se encontrara mejor preparada para cumplir funciones remunerables en una economía en vías de modernizarse, aquí los colegios públicos son notoriamente deficientes y los servicios sociales son totalmente inadecuados. Aún más grave, si cabe, es el clima de desánimo que se ha apoderado del país, difundiendo entre los pobres mismos la sensación de que para ellos no habrá «salida» alguna. Si sirvió para algo la «lucha contra la desocupación» que durante este lapso los dirigentes españoles juraban estar liderando, esto fue para mantener viva la esperanza de que tarde o temprano surgiría una «solución», pero aquí virtualmente nadie confía en que los gobernantes estén en condiciones de crear las abundantes «fuentes de trabajo» que el país claramente necesita.
El que no existan respuestas fáciles para los problemas planteados por el aumento de la extrema pobreza en nuestro país es de por sí peligroso porque está estimulando a demagogos dispuestos a atribuir el fenómeno a la inmigración desde los países limítrofes o al «modelo» económico. Aunque por ahora ningún partido significante ha optado por hacer de la xenofobia su tema principal, no extrañaría que dirigentes inescrupulosos decidieran aprovecharla en un esfuerzo por desviar la atención de su propia impotencia. En cuanto a los muchos políticos, sindicalistas, clérigos e intelectuales que están resueltos a achacar todos los males socioeconómicos del país al «modelo», su actitud sería más digna si nos dijeran en qué consistiría la «alternativa» que supuestamente tienen en mente. Aunque sus críticas dieran en el blanco, la eventual destrucción del único «modelo» que es viable en el mundo actual no ayudaría a nadie.
Para colmo, los más perjudicados por un intento sin dudas inútil de desandar el camino por el que el país ha estado transitando sin
demasiadas esperanzas a partir de 1990, serían precisamente los más pobres que, para tener alguna posibilidad de disfrutar de los beneficios del crecimiento, tendrán que adaptarse cuanto antes a las circunstancias vigentes.