Los republicanos y su vista gorda ante los actos de Trump

JULIE PACE *

La violenta toma del Congreso fue causada por una mentira, la cual no fue desmentida por los mismos republicanos que ahora condenan a Donald Trump por arengar a sus partidarios con sus falsos cuestionamientos de la integridad de las elecciones.


¿Cuál es la justificación de la cúpula republicana ahora? Que jamás pensaron que se llegaría a este punto. “La gente se tomó lo que dijo al pie de la letra. Nunca pensé que veríamos eso’’, expresa Mick Mulvaney, exjefe de despacho de Trump. Mulvaney renunció a su puesto de enviado especial a Irlanda del Norte el fin de semana pasado, después de los disturbios.


Su explicación revela hasta qué punto muchos republicanos hicieron la vista gorda a lo que sucedía durante la presidencia de Trump. Cada vez que el mandatario promovía una teoría conspiratoria o coqueteaba abiertamente con grupos extremistas, los republicanos dieron por sentado que ni Trump ni sus partidarios se pasarían de la raya.


A pocos pareció preocuparles el peor de los escenarios posibles, restando importancia a los temores de que se produjesen hechos de violencia o de autoritarismo que expresaban los sectores más liberales.


El senador Pat Toomey, quien apoyó a Trump en las elecciones de noviembre pero ahora pide su renuncia, sostiene que Trump dio un giro muy negativo tras su derrota electoral, a pesar de que venía preparando el escenario para cuestionar el resultado de la votación desde mucho antes. “Entró en un nivel de locura e hizo cosas que eran impensables’’, sostuvo Toomey el domingo.


Si algunos republicanos tenían dudas respecto a Trump antes de las elecciones se las callaban por temor a que cualquier desafío al mandatario podía acarrear serias consecuencias políticas para ellos. Incluso después de la victoria de Joe Biden los republicanos se mostraron preocupados por la influencia de Trump en el partido y por la perspectiva de que perderían sus elecciones si él les bajaba el dedo. Consciente de esta realidad, Trump trató de afianzar su control del partido, anunciando que se postularía de nuevo en el 2024, a pesar de que no había admitido su derrota en el 2020.


Fue así que la mayoría de los dirigentes republicanos le dieron a Trump tiempo y espacio para hacer sus denuncias falsas acerca de la integridad de las elecciones de noviembre, diseminar todo tipo de desinformación y sembrar dudas acerca de la legitimidad de la victoria de Biden a los ojos de millones de ciudadanos. En privado, la mayoría reconocía el triunfo de Biden, pero decía que la mejor forma de despejar el camino para la partida de Trump era darle espacio para que digiriese su derrota.


Ese enfoque no funcionó. Un juez tras otro desestimó denuncias de irregularidades en las elecciones y lo mismo hizo el secretario de justicia William Barr, estrecho aliado de Trump, quien dijo que no había prueba alguna de un fraude grande, pero el presidente de todos modos siguió insistiendo en sus cuestionamientos infundados.
Algunos republicanos mantuvieron un silencio cómplice, mientras que otros participaron activamente.


A pocos pareció preocuparles el peor de los escenarios posibles, restando importancia a que se produjeran hechos de violencia



Más de 120 legisladores republicanos pidieron a la Corte Suprema que desconociese la voluntad del electorado en estados clave, un paso sin precedentes que el tribunal supremo rechazó. En la mañana del miércoles, 150 miembros de las dos cámaras dijeron que objetarían los resultados de la elección en el Congreso, alimentando la sensación entre algunos partidarios de Trump de que todavía era posible dejar sin efecto la victoria de Biden. Ansioso por ganarse el apoyo de la base de Trump, el senador Josh Hawley levantó su puño en señal de apoyo a los trumpistas camino al Capitolio esa mañana, para luego objetar los resultados de una votación libre y justa.


Unos pocos republicanos se dieron cuenta del peligro que acechaba, sobre todo el senador Mitt Romney, viejo crítico de Trump que ya había votado a favor de su juicio político en el pasado. Pero muchos republicanos recién el miércoles se dieron cuenta de las consecuencias de la campaña de desinformación de Trump, cuando sus vidas peligraron durante la toma del Congreso por parte de una turba violenta.


“No cuenten conmigo. Ya basta”, dijo el senador Lindsey Graham, uno de los principales sostenes de Trump durante sus cuatro años de gobierno. Poco después Graham fue rodeado por partidarios de Trump que lo acusaron de traidor en un aeropuerto de Washington.
Varios senadores que pensaban objetar los resultados de la votación cambiaron de parecer tras el alzamiento, dando a entender que nunca creyeron realmente las denuncias de fraude.


Los republicanos deben lidiar ahora con la realidad de que millones de personas de esa corriente creen una mentira con tanta convicción que son capaces de sublevarse contra el Congreso. Incluidos numerosos dirigentes. Al reanudarse la sesión legislativa después de que las fuerzas de seguridad restablecieron el orden, casi 150 congresistas siguieron apoyando los cuestionamientos a los resultados de la votación.


* Periodista de AP


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