Macri y las lecciones que ofrece la historia
Opiniones
Pablo Mendelevich – @pmendelevich (Especial para “Río Negro”)
Eso que ahora se llama la grieta y que Mauricio Macri trata de desactivar no fue un invento de los Kirchner. Con “Braden o Perón”, expresión cumbre del género antinómico, en 1946 el entonces coronel restauró el planteo binario que un siglo antes había hecho Rosas con su brutal persecución a los unitarios. La primera gran antinomia terminó en guerras. La segunda desaguó en la Revolución Libertadora, aquel gobierno militar cuya profilaxis republicana consistió en invertir el signo del sectarismo peronista. En cierto modo la historia argentina es una sucesión de exclusiones alternadas. El orden conservador excluyó a las expresiones populares; por eso demoró, auxiliado por el fraude, el sufragio universal. Vino Yrigoyen y excluyó a los conservadores. Entonces los conservadores voltearon a Yrigoyen, repusieron el fraude y empujaron a los radicales a la abstención (en 1931 el dictador Uriburu llamó a elecciones en la provincia de Buenos Aires y como ganaron los radicales las anuló). Durante la llamada Década Infame el renovado orden conservador excluyó con énfasis a los sectores obreros mal representados. Una clase social marginada, que no estaba en las cuentas de nadie, se presentó en la Capital el famoso 17 de octubre de 1945 y así la Revolución del 43 alumbró el peronismo. Que en 1946, al llegar al gobierno, excluyó, con fervor, a todos los que no se le adherían. Después de nueve años y medio apareció la Revolución Libertadora (que entró por el boquete del salvaje bombardeo de junio de 1955) y excluyó al peronismo, aunque espejó su intolerancia. Ese golpe resolvió de la peor manera lo que los militares seguirían llamando durante los años sesenta “el problema peronista”. Sin importarles que se trataba de medio país, manu militari “prohibieron”, créase o no, al peronismo. Hasta que al cabo de 17 años Alejandro Lanusse, un general más inteligente que el promedio, se dio cuenta de que la receta de la proscripción no había servido para lo que se la había aplicado. Tanta presión acumulada no podía tener final feliz. Siguieron los desmadrados setenta: Cámpora, Lastiri, Perón, Isabel con López Rega, los años de plomo y, finalmente, la dictadura más feroz de la historia, que persiguió, secuestró, robó bebés, mató. Ya no sólo excluyó. La maltrecha democracia argentina no ha sido prolífica en alternancias, si así se llama a un recambio no traumático en el que el presidente constitucional de un signo político es puntualmente sucedido por un presidente de otro signo político. Eso es lo que acaba de pasar en nuestras narices el trascendente jueves 10 de diciembre, por más que Cristina Kirchner nos haya privado de un elocuente recuerdo fotográfico del suceso. La vez anterior había sido el 10 de diciembre de 1999, cuando Menem le puso la banda presidencial a De la Rúa. Pero, excluido el traspaso de Alfonsín a Menem por su carácter traumático (impuntualidad incluida), para encontrar otra alternancia pura hay que remontarse ¡casi cien años! al 12 de octubre de 1916, cuando Victorino de la Plaza le pasó el gobierno a Yrigoyen. Lo abundante fueron alternancias de facto, el péndulo de las exclusiones, que es algo bien distinto. Por eso, la secuencia magistral, sobre todo, del primer peronismo y la Revolución Libertadora quizás merezca ser recordada hoy. Su enseñanza no está vinculada con la ilegitimidad de origen (el tema que siempre se menciona), sino con la forma en que ese gobierno de Aramburu y Rojas procesó el pasado que decía querer superar. El antiperonismo, al cabo, resultó peor que el peronismo más faccioso en la medida en que se invistió con oropeles republicanos. En vez de sentar las bases para desarrollar una democracia inclusiva consagró la división que había instalado Perón y la dejó marcando otras dos décadas. Aparte de las revisiones estructurales, siempre materia de controversia, la miopía política del antiperonismo quedó al desnudo en el campo simbólico. El peronismo había desplegado un culto a la personalidad fascistoide; llegó a ponerles los nombres de Perón y Evita no ya a un centro cultural, a calles y avenidas, sino a dos provincias (Chaco y La Pampa). Pero con sus pretensiones reparadoras los militares no se conformaron con restituir las denominaciones tradicionales sino que decretaron la prohibición de nombrar a Perón: revanchismo al taco. El presidente Macri tiene el respaldo popular de la mayoría absoluta, legitimidad constitucional y nulos prejuicios gorilas en su biografía política. No se parece en nada a quienes tomaron el poder por la fuerza en 1955. Pero el largo gobierno kirchnerista al que él sucede sí tiene parecidos con ese entramado de populismo parcialmente eficaz que partidizó al mismísimo Estado en los años cuarenta y cincuenta y que para muchos argentinos significó un oasis, mientras para otros muchos fue un período abominable. En verdad, ni en la década corta de Perón ni en la década larga de los Kirchner todo lo que se hizo fue bueno ni todo lo que se hizo fue malo. Esa lógica maniquea es justamente la trampa dialéctica que ambos gobiernos instalaron para sostener un reparto amigo-enemigo, descortés con los grises, con los matices, con la pluralidad ideológica, con los asuntos técnicos y, en fin, con la enorme complejidad de la vida de una nación a lo largo del tiempo. Un gobierno antikirchnerista, revanchista, sin duda significaría un nuevo retroceso histórico. Macri parece haberlo visto así en sus primeros pasos como presidente. En la asunción no se refirió al pasado como no fuera para calificar los enfrentamientos de “inútiles” y para invitar a “aprender el arte del acuerdo”, un modo sutil de exaltar a la negociación como eje de la democracia. El verdadero desafío será cuando se revisen leyes, decretos, decisiones desafortunadas o simplemente ineficaces del gobierno anterior y se quiera incorporar al mismo tiempo a los oficialistas de ayer a ser parte del mismo sistema. Divergentes, no excluidos. Así como impresiona advertir que la alternancia genuina ha sido una rareza en la historia argentina sorprende descubrir que no exista hacia atrás un modelo de oposición eficaz, sostenido, digno de imitación. Es una de las cosas que ahora hay que inventar. No será fácil.
Así como impresiona que la alternancia haya sido una rareza en la historia argentina, sorprende descubrir que no exista hacia atrás un modelo de oposición eficaz.
El antiperonismo, al cabo, resultó peor que el peronismo más faccioso en la medida en que se invistió con oropeles republicanos. En vez de sentar las bases para desarrollar una democracia inclusiva consagró la división que había instalado Perón y la dejó marcando otras dos décadas. Aparte de las revisiones estructurales, siempre materia de controversia, la miopía política del antiperonismo quedó al desnudo en el campo simbólico. El peronismo había desplegado un culto a la personalidad fascistoide; llegó a ponerles los nombres de Perón y Evita no ya a un centro cultural, a calles y avenidas, sino a dos provincias (Chaco y La Pampa). Pero con sus pretensiones reparadoras los militares no se conformaron con restituir las denominaciones tradicionales sino que decretaron la prohibición de nombrar a Perón: revanchismo al taco. El presidente Macri tiene el respaldo popular de la mayoría absoluta, legitimidad constitucional y nulos prejuicios gorilas en su biografía política. No se parece en nada a quienes tomaron el poder por la fuerza en 1955. Pero el largo gobierno kirchnerista al que él sucede sí tiene parecidos con ese entramado de populismo parcialmente eficaz que partidizó al mismísimo Estado en los años cuarenta y cincuenta y que para muchos argentinos significó un oasis, mientras para otros muchos fue un período abominable. En verdad, ni en la década corta de Perón ni en la década larga de los Kirchner todo lo que se hizo fue bueno ni todo lo que se hizo fue malo. Esa lógica maniquea es justamente la trampa dialéctica que ambos gobiernos instalaron para sostener un reparto amigo-enemigo, descortés con los grises, con los matices, con la pluralidad ideológica, con los asuntos técnicos y, en fin, con la enorme complejidad de la vida de una nación a lo largo del tiempo. Un gobierno antikirchnerista, revanchista, sin duda significaría un nuevo retroceso histórico. Macri parece haberlo visto así en sus primeros pasos como presidente. En la asunción no se refirió al pasado como no fuera para calificar los enfrentamientos de “inútiles” y para invitar a “aprender el arte del acuerdo”, un modo sutil de exaltar a la negociación como eje de la democracia. El verdadero desafío será cuando se revisen leyes, decretos, decisiones desafortunadas o simplemente ineficaces del gobierno anterior y se quiera incorporar al mismo tiempo a los oficialistas de ayer a ser parte del mismo sistema. Divergentes, no excluidos. Así como impresiona advertir que la alternancia genuina ha sido una rareza en la historia argentina sorprende descubrir que no exista hacia atrás un modelo de oposición eficaz, sostenido, digno de imitación. Es una de las cosas que ahora hay que inventar. No será fácil.
Datos
- Así como impresiona que la alternancia haya sido una rareza en la historia argentina, sorprende descubrir que no exista hacia atrás un modelo de oposición eficaz.
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