Mamá
EL DISPARADOR
“Para qué voy a hablar, si no me vas a escuchar, nena”. Así me decía mamá, casi a diario. Y yo me quedaba callada, mirándola. Esperaba siempre lo mismo: que se le pasara el cortocircuito mental y me hablara. Bueno, en realidad, como hija, quería que me orientara. Pero eso nunca pasaba. O casi nunca.
Desde mi niñez, esa frase fue un latigazo de lo más doloroso. Cómo no la iba a escuchar, si todo el día esperaba que volviera a casa. Si para mi, hasta que empecé la universidad, ella seguía siendo el ejemplo. Lo que más quería era que me aconsejara, que me revelara algún secreto para ser como ella.
La verdad, prefería que mamá me pegara un cachetazo antes de que me dijera que no la escuchaba. Sé que suena exagerado, pero para mí era tremendo, más que nada por lo que venía después. Porque, al final, mamá sí hablaba. Pero no decía lo que yo esperaba.
Una vez, me acuerdo bien, mamá estaba colgando la ropa. Terraza del departamento. Empezaba a oscurecer. Tenía trece años. Mientras la ayudaba, le dije que me costaban mucho algunas materias, en especial historia. Le pedí una sugerencia. “Para qué voy a hablar, si no me vas a escuchar, nena”.
Sentí culpa y tristeza. Leí la amargura en la cara de mamá y me responsabilicé por eso. Pero, por más que fuera una dinámica repetida, nunca lograba eludir esa tela de araña. Porque, a la vez, surgía la intriga y la ilusión.
Me explico. Para mí la frase incluía una amenaza: dejarme a las puertas de algo importante que ella tenía para decir. Conocía la secuencia, pero no perdía la esperanza de que alguna vez, tras el injusto reproche, ella soltara algo que no fuera un cachetazo verbal. Por eso, la miraba en silencio. Parecía que mamá ya no hablaría nunca más en su vida. Pero no, explotaba y venía su catarsis.
Aclaro. Mi pregunta previa no influía en lo que mamá decía después. En esos momentos, ella era como los peluches con un botón en la panza que, al presionarlo, repiten lo mismo. Pero las de mamá no eran frases cariñosas.
Ella decía todo lo que -me quería hacer creer- no iba a decir. Pero ni loca se iba a guardar sus frustraciones. “¿Historia? Mirá, si no fuera por vos, hubiera viajado mucho más. Con hijos todo es más difícil. Y si no fuera por tu padre, hubiera vivido en un montón de otros lugares. Hubiera sido feliz”. Una mamá enojada, que no pensaba lo que decía. A mí se me acumulaba la rabia, que volcaba en otros ámbitos. Pero eso es otra historia.
Cuando mamá empezaba a desplegar su rosario de lamentos, yo pensaba para qué corno le habré hablado. Me sentía peor. Me preguntaba: ¿Qué tengo que ver yo con esos inexplorados deseos suyos, ahorcados por un destino indeseado que nunca se animó a cambiar?
Ya en la universidad, con años de terapia encima, la cosa fue cambiando. O sea, mamá no cambió demasiado, pero sí se modificó la forma en que me llegaban sus comentarios. Ahora, pasados ya mis treinta, esas palabras perdieron gravedad. Me costó mucho pero logré armar una interpretación que me aliviara. Más que nada, y en síntesis, entendí que no era algo personal contra mí. Igual, no me deja de dar pena la idea, la posibilidad, de que mamá se la haya pasado viviendo un vida que no quería.
Juan Ignacio Pereyra (pereyrajuanignacio@gmail.com)