Mamá
Buenos Aires. Casa Rosada. Cristina Kirchner y Dilma Rousseff reunidas. A las 13 está pautada una conferencia. Media hora antes, en la mesa de entradas de la sede gubernamental, una recepcionista repasa una lista en la que no figura un corresponsal extranjero. Tras cinco minutos de silencio, le anuncia de forma lacónica: –No podés entrar. –¿Perdón? –se sorprende el periodista. –No estás en la lista. –¿Hay alguna solución? –Te comunico con Prensa. El cronista se presenta, como –dice– ya había hecho por la mañana. “Mandaste el mail recién, yo escuché cuando hablaste con mi compañera. Tenés que mandar un mail”, lo interrumpe una mujer del otro lado de la línea y le corta. El corresponsal envía el mail, el mismo que había mandado tres horas antes. “Ahora sí llegó”, le avisan. Espera media hora más en el mismo lugar. En ese tiempo, acompañado por un camarógrafo, llega un notero en bermudas. En su mano izquierda lleva un micrófono del programa “6, 7, 8”. Antes de que pasen el control para ir a la sala de conferencias llega una morocha flaquita, con pelo lacio y jeans ajustados. Ella camina decidida hasta el mostrador, donde apoya una pila de sobres que de a uno le entrega a la recepcionista: “Cristina Fernández, Aníbal Fernández…”. Al quinto nombre y apellido que pronuncia, la mujer de la mesa de entradas se impacienta y le pide que le dé todos los sobres juntos “y listo”. La morocha, sin mirarla, sigue: “Juan Abal Medina, Nilda Garré…”. Alerta. “¡Ah, no, no! Nilda Garré, no”, le avisa la recepcionista. “Bueno, entonces no te los puedo dar todos juntos”. Cuando termina la enumeración, la morocha espera que un asistente de cada funcionario se presente para recibir el sobre y les repite a todos: “No, no hace falta que me firmes nada”. El notero del canal estatal, que sigue ahí, se para al lado de la morocha. –¡Hola! –¡Eh! ¿Cómo andás? –Bien, más tranquilo… se nota, ¿no? –dice el periodista mientras juega con el micrófono y sonríe. –Sí, sí, te veo bien. –Pasa que hoy no tenía previsto salir de la productora, por eso me vestí así, con ojotas. Igual no está mal, ¿no? –(risas) Qué bueno, vos sí que tenés suerte. –… –¿Y seguís haciendo esas notas que le molestan a Macri? –Sí, sí… ¿te gustan? –¡Sí! Redivertidas. Está bueno lo que hacés. –A mi mamá no le gusta. Fue el 1 de febrero de 2011. Podría haber sido ayer. O mañana.
Juan ignacio pereyra
Buenos Aires. Casa Rosada. Cristina Kirchner y Dilma Rousseff reunidas. A las 13 está pautada una conferencia. Media hora antes, en la mesa de entradas de la sede gubernamental, una recepcionista repasa una lista en la que no figura un corresponsal extranjero. Tras cinco minutos de silencio, le anuncia de forma lacónica: –No podés entrar. –¿Perdón? –se sorprende el periodista. –No estás en la lista. –¿Hay alguna solución? –Te comunico con Prensa. El cronista se presenta, como –dice– ya había hecho por la mañana. “Mandaste el mail recién, yo escuché cuando hablaste con mi compañera. Tenés que mandar un mail”, lo interrumpe una mujer del otro lado de la línea y le corta. El corresponsal envía el mail, el mismo que había mandado tres horas antes. “Ahora sí llegó”, le avisan. Espera media hora más en el mismo lugar. En ese tiempo, acompañado por un camarógrafo, llega un notero en bermudas. En su mano izquierda lleva un micrófono del programa “6, 7, 8”. Antes de que pasen el control para ir a la sala de conferencias llega una morocha flaquita, con pelo lacio y jeans ajustados. Ella camina decidida hasta el mostrador, donde apoya una pila de sobres que de a uno le entrega a la recepcionista: “Cristina Fernández, Aníbal Fernández...”. Al quinto nombre y apellido que pronuncia, la mujer de la mesa de entradas se impacienta y le pide que le dé todos los sobres juntos “y listo”. La morocha, sin mirarla, sigue: “Juan Abal Medina, Nilda Garré...”. Alerta. “¡Ah, no, no! Nilda Garré, no”, le avisa la recepcionista. “Bueno, entonces no te los puedo dar todos juntos”. Cuando termina la enumeración, la morocha espera que un asistente de cada funcionario se presente para recibir el sobre y les repite a todos: “No, no hace falta que me firmes nada”. El notero del canal estatal, que sigue ahí, se para al lado de la morocha. –¡Hola! –¡Eh! ¿Cómo andás? –Bien, más tranquilo... se nota, ¿no? –dice el periodista mientras juega con el micrófono y sonríe. –Sí, sí, te veo bien. –Pasa que hoy no tenía previsto salir de la productora, por eso me vestí así, con ojotas. Igual no está mal, ¿no? –(risas) Qué bueno, vos sí que tenés suerte. –... –¿Y seguís haciendo esas notas que le molestan a Macri? –Sí, sí... ¿te gustan? –¡Sí! Redivertidas. Está bueno lo que hacés. –A mi mamá no le gusta. Fue el 1 de febrero de 2011. Podría haber sido ayer. O mañana.
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