Más allá del ecologismo
por Tomas Buch, especial para "Río Negro"
Los medios informan detalladamente sobre cada una de las continuas catástrofes ecológicas que ya ocurren en todo el mundo: huracanes, sequías, inundaciones, incendios. Poco han dicho sobre la reciente COP 11, la undécima reunión de la Conferencia de Partes (Conference of Parties) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Esta 11ª Conferencia, que sesionó en Montreal en días pasados, fue la primera desde que entró oficialmente en vigencia el tratado de Kyoto, que fija límites a las emisiones de gases de efecto invernadero, para que entre el 2008 y el 2012 se pueda llegar a emitir un 5% menos de lo que se hacía en 1990.
Esta COP pone una vez más en el tapete el problema más grave de nuestros días: el cambio climático, que ya manifiesta diariamente sus efectos y del que los científicos están cada vez más seguros que es culpa nuestra. Miles de delegados de cientos de países se reunieron en Montreal en estos días, sea para felicitarse por los mínimos avances logrados o para confirmar una vez más que lo que se está haciendo es insuficiente. Se dirán discursos, se emitirán declaraciones oficiales y extraoficiales, los hoteles de Montreal celebrarán sus buenos negocios y luego todo seguirá como siempre. Esto suena –y es– cínico y amargo. Lamentablemente, es también verdadero. Un amigo mío decía que un cínico es un idealista desesperado.
¿Qué significa que el protocolo de Kyoto haya entrado en vigencia? Que a partir de la fecha de su firma, en 1997, 55 países, que en su conjunto emiten el 55% de los gases de efecto invernadero, lo han ratificado, es decir que se han comprometido a cumplir con las condiciones expresadas en él. Se deben monitorear las emisiones para fijar los valores de referencia y luego tomar medidas para reducir las emisiones. Entre éstas, además de reducciones en las emisiones propias, se puede hacer uso de la compraventa de permisos de emisión: es decir que los países más emisores tienen el derecho de comprar a los poco emisores cuotas de emisión. También se fomenta la creación de sumideros de anhídrido carbónico, a través de forestaciones, etc. Kyoto entró en vigencia obligatoria –para los países que lo han ratificado– en enero de este año.
Por de pronto, los casi 190 países que ratificaron Kyoto se han tomado su tiempo para hacerlo: el último importante, con cuyo abundante aporte de emisiones se cumplió la condición del 55% de las emisiones totales del planeta, fue Rusia. Es decir que todo el mundo, salvo algunos voluntarios, siguió emitiendo como antes del protocolo por siete años más; con esto, por supuesto, el objetivo fijado en Kyoto se ha alejado considerablemente. Pero hay más: los países considerados en vías de desarrollo, aunque fuesen adherentes al protocolo, no tienen necesidad de reducir sus emisiones, porque se consideró que hacerlo limitaría sus posibilidades de crecimiento. Ocurre que uno de esos países en vías de desarrollo es la gigantesca China. Y el primero –EE. UU.– se ha retirado del protocolo, diciendo abiertamente que no lo ratificará. Entre esos dos países, emiten el 45% que queda sin cubrir. EE. UU., con el 8% de la población mundial, emite el 25% de los gases –cuya mitad es emitida por millones de automóviles, teniendo en cuenta desde su fabricación hasta su desguace–, pero afirma que no está demostrado que el cambio climático sea de origen antrópico y, además, que el cumplir con el protocolo haría daño a su economía. Ya vendrá el momento en que hasta EE. UU. tendrá que volver de los autos de lujo a las bicicletas, camino inverso al que –por desgracia– está emprendiendo China.
Cabe preguntarse si en las cuentas que hacen –despreciando todas las opiniones de los expertos del mundo entero– incluyen los costos de catástrofes climáticas atribuibles al calentamiento de las aguas del mar, como las que castigaron sus propias costas en los meses pasados. ¿A cuántas plantas industriales, a cuántos puestos de trabajo equivale la destrucción de Nueva Orleans? La afirmación del gobierno de EE. UU. de que no está demostrado científicamente que el efecto invernadero sea producto de la actividad humana, siendo ellos los principales contribuyentes al efecto invernadero, es cínica, además de que, como justificativo de seguir contaminando, resulta suicida. Los huracanes no respetan los límites territoriales, si es que los pobres de Nueva Orleans les importan más que los de Honduras o los de los desertificados países africanos. Aunque participa del protocolo y lo ha ratificado, China no está incluida entre los que deberían cumplir con los requisitos de Kyoto, pero ya es el segundo país contaminante del mundo, dados su tamaño y su enorme velocidad de crecimiento, que por desgracia sigue las destructivas pautas marcadas por la globalización: China pone en marcha nuevas plantas que queman carbón a razón de una por semana. Es la necesidad de crecer en un sentido denunciado muchas veces como insostenible lo que hace el problema del cambio climático prácticamente insoluble. No hay protocolo de Kyoto que valga en nuestra loca carrera hacia el abismo.
Los combustibles fósiles –que producen CO2– son dominantes ampliamente en el mercado de la energía, que además crece a velocidades vertiginosas. El principal combustible es el carbón, sorprendentemente tanto en los EE. UU. como en China. Además, el petróleo sigue siendo el negocio más estratégico del mundo –y uno de los más rentables– y todos miramos absortos cómo la estrategia mundial sigue girando alrededor de las reservas petroleras y gasíferas y los oleoductos estratégicos que han puesto el Asia Central en el centro de la atención estratégica mundial. La energía nuclear sigue despertando resistencias y recelos, aunque en Asia se construyen docenas de centrales; la energía hidráulica tiene impactos ambientales que también contribuyen al cambio climático, esta vez por emisión de metano, y las energías «alternativas», si bien muestran un auspicioso crecimiento, aún tienen un impacto marginal.
Los expertos están cada vez más seguros de que las recientes catástrofes climáticas efectivamente en su mayor proporción son de origen antrópico; además, no todas las catástrofes figuran tan frecuentemente en los medios como los huracanes del Caribe. Sin embargo, se sabe de terribles sequías –en parte debidas a la deforestación– en zonas en las que antes florecía la vegetación, de inundaciones debidas a lluvias torrenciales y del derretimiento de los hielos polares a una velocidad alarmante, porque la desaparición de los hielos polares y de los grandes glaciares continentales –como nuestro hielo continental y el interior de Groenlandia– no sólo elevará el nivel de los océanos, sumergiendo ciudades y aun países enteros. Esos hielos son una de las más importantes reservas de agua dulce, aunque su explotación es –todavía– demasiado cara. A pesar de eso, hace años Arabia Saudita intentó remolcar un enorme témpano desde la Antártida, del cual hubo un resto que llegó a destino. Pero aun si los compromisos de Kyoto fuesen cumplidos rigurosamente, inclusive por EE. UU. y China, los resultados ya serían insuficientes: los expertos estiman que si se parasen hoy de golpe todas las emisiones de gases de invernadero, recién se notarían los efectos dentro de varias décadas. En efecto, aun si dejase de aumentar, como lo viene haciendo cada vez más rápidamente desde hace dos siglos, la concentración de gases de efecto invernadero sólo disminuirá muy lentamente, en la medida en que la vegetación y ciertos sistemas marinos la fueran absorbiendo. El sistema Tierra tiene una enorme inercia que hace imposibles los cambios bruscos y las respuestas inmediatas. Es decir, Kyoto está ya superado por la continuación del crecimiento de la concentración de gases invernadero en los siete años que transcurrieron. Es decir, el cambio climático está lanzado de modo casi imparable, a pesar de lo cual no se pueden dejar de reducir las emisiones porque sus consecuencias serán cada vez más graves.
Pero el fondo del problema no es Kyoto sino el estilo de desarrollo que la humanidad ha emprendido: el despilfarro de recursos, la voracidad energética, la cultura basada en el automóvil –el sistema más ineficiente de todos los conocidos–, la despreocupación por la naturaleza, el crecimiento urbano –que sin embargo está alcanzando sus límites–, las aspiraciones consumistas de los que aún no tienen acceso a los bienes de los habitantes de los países desarrollados, el constante crecimiento de la población humana en detrimento de las demás especies, la imparable deforestación… predecir hacia dónde toda esta carrera suicida nos conducirá es tarea de los autores de novelas de ciencia ficción. Pero, ¿se puede imaginar un mundo en el que otros 3.000 ó 4.000 millones de seres humanos hoy excluidos, y muchos muriendo de hambre –pero también los chinos y los indios–, vivan al nivel de consumo de los europeos y los estadounidenses?
Los sistemas ecológicos que conocemos no lo soportarían.
Algo los reemplazará, pero difícilmente será tan amistoso como los que permitieron nuestro desarrollo.
Los medios informan detalladamente sobre cada una de las continuas catástrofes ecológicas que ya ocurren en todo el mundo: huracanes, sequías, inundaciones, incendios. Poco han dicho sobre la reciente COP 11, la undécima reunión de la Conferencia de Partes (Conference of Parties) de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Esta 11ª Conferencia, que sesionó en Montreal en días pasados, fue la primera desde que entró oficialmente en vigencia el tratado de Kyoto, que fija límites a las emisiones de gases de efecto invernadero, para que entre el 2008 y el 2012 se pueda llegar a emitir un 5% menos de lo que se hacía en 1990.
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