Más turbulencia
Si la evolución del precio de las acciones bursátiles reflejara las vicisitudes de la «economía real», lo producido por los diversos países estaría creciendo vertiginosamente una semana y achicándose espectacularmente la siguiente pero, por fortuna, la relación entre los valores negociados en las bolsas y lo que sucede fuera de ellas es tan misteriosa, que para procurar explicarla los «gurúes» suelen inventar teorías extravagantes que pronto quedarán desactualizadas. Por eso no es sorprendente que no haya ningún acuerdo sobre el significado de las convulsiones bursátiles más recientes, las cuales empezaron antes de que datos sobre un presunto rebrote inflacionario en los Estados Unidos asustaran a inversores que se habían convencido de que gracias al «nuevo paradigma» el mal así supuesto había dejado de existir.
Mientras que algunos economistas consideran la caída abrupta de Wall Street que se produjo la semana pasada una señal positiva que podría contribuir a enfriar una economía, la norteamericana, a su juicio peligrosamente «sobrecalentada», otros temen que presagie una crisis generalizada que tendría repercusiones imprevisibles, sobre todo para países como la Argentina que ya están en dificultades. En cuanto al colapso vistoso del índice tecnológico Nasdaq, pocos lo consideran demasiado grave porque era evidente que antes de la «corrección» así supuesta se encontraba fantásticamente sobrevaluado por basarse en el futuro hipotético de empresas de Internet que todavía no habían producido ganancias tangibles. De todos modos, la confusión evidente de los expertos frente a la turbulencia bursátil confirma que los economistas siguen teniendo tanto en común con los astrólogos como con los científicos.
Como suele ocurrir en estas ocasiones, el retroceso de los mercados estadounidenses -los cuales, obvio es decirlo, siguen operando en un nivel que es mucho más elevado que el que horrorizó al titular de la Junta de la Reserva Federal, Alan Greenspan, hace algunos años cuando formuló su advertencia célebre sobre los peligros de la «exuberancia irracional»-, golpeó enseguida a la pequeña bolsa de Buenos Aires, pero es posible que el derrumbe de Wall Street, si es de eso que se trata, tenga consecuencias menos negativas que las previstas. Hay dos buenos motivos para cierto optimismo. Uno consiste en la probabilidad de que la conciencia de que los mercados bursátiles neoyorquinos son sumamente inestables y de que no sólo los incautos pueden perder muchísimo dinero en ellos en un lapso muy breve renueve el interés por las perspectivas de las economías «viejas» de esta parte del mundo. Durante muchos meses el poder de captación de Wall Street ha sido tan fuerte, que ha atraído a decenas de miles de millones de dólares que de otro modo pudieron haberse invertido en los «mercados emergentes» más promisorios. Al fin y al cabo, no tenemos por qué considerar mala la noticia de que muchas empresas «punto.com» planteen riesgos que son aún mayores que los habituales en la Argentina.
Otra consecuencia probable de la desaceleración de la economía norteamericana que según parece está por ocurrir será la caída del valor del dólar, y por lo tanto del peso, frente al euro y otras monedas, lo cual, huelga decirlo, reduciría las presiones en favor de una devaluación que, si bien poco importantes, han estado haciéndose sentir en los meses últimos. Aunque la experiencia de la Argentina en esta materia hace pensar que en su caso particular una devaluación resultaría contraproducente porque sólo serviría para agregar la inestabilidad monetaria a una lista de problemas que ya es demasiado larga, son muchos los radicales que no ocultan su deseo de buscar una «salida» de la convertibilidad, esquema que a su juicio no es más que una trampa nefasta tendida por el odiado Domingo Cavallo. Sin embargo, de reducirse el valor de la moneda de referencia, el dólar, en los próximos meses, los devaluacionistas, trátese de políticos imaginativos o lobbistas empresariales, se verían privados de uno de sus argumentos principales, el de que si bien los Estados Unidos está en condiciones de convivir con un dólar sobrevaluado, no lo está la Argentina.