Medio siglo sin esa adorable criatura

Un 5 de agosto fue encontrada muerta, en su casa.

Por Redacción

La historia de Marilyn Monroe comienza en lo profundo de la noche. Sí, como en un Big Bang que en principio fue un cero para después estallar en todas direcciones haciendo visibles las formas más puras de la belleza. Porque para Marilyn Monroe el resto de la humanidad y sus civilizaciones constituían un contraste. Ella era la figura que despegaba del fondo. La estrella que hacía posible entender la inmensidad de la noche. Nació con un nombre impropio de un ángel: Norma Jeane Baker. No conoció a su padre y su madre, dicen, estaba loca. Marilyn conoció la inseguridad del amor, la ausencia, la pobreza, la hipocresía y la crueldad. Sus biógrafos han documentado que la estrella fue abusada sexualmente en al menos dos ocasiones. ¿Soñaba Norma Jeane Baker con pisar los escenarios de Broadway y convertirse además en una leyenda del cine? Parece que no. Fue descubierta en 1945, cuando ya llegaba a su fin la Segunda Guerra Mundial, por el fotógrafo Henrik Manukyan. Norma era una típica chica americana clase media baja. Su pelo, largo y ensortijado, todavía era oscuro y su sonrisa revelaba una ingenuidad infantil. Estaba casada con un joven común con el cual se había comprometido con la exclusiva intención de independizarse. Pero su rostro enardeció los sentidos de la industria publicitaria y la chica comenzó a explayarse sin necesidad de hablar. Su marido, por supuesto, no estaba de acuerdo con su ascenso así que ella lo dejó como iría dejando a lo largo de su vida muchos otros corazones rotos. Un ejecutivo de la Twentieth Century, Fox Ben Lyon, la bautizó de nuevo como Marilyn Monroe. Ya nadie volvería a llamarla Norma. Marilyn se fue ganando un lugar en la pantalla grande a base de pequeños papeles que pasaban desapercibidos para los críticos. Hizo a una telefonista “The Shocking Miss Pilgrim”, a una camarera en “Dangerous Years”, a una aspirante a actriz en “Eva al desnudo” y muchísimas apariciones despojadas de glamour. Marilyn, que había abandonado el secundario, se inscribió en clases de arte y literatura en la Universidad de California. Con los años, y por consejo de Truman Capote, tomó clases en el Actors Studio de Lee Strasberg. Los minipapeles cinematográficos y las apariciones en campañas publicitarias siguieron dándole forma a su carrera. Es como si Monroe hubiera estado determinada a triunfar por cansancio. A imponerse al público a fuerza de repeticiones. La saga de fotografías que llevan su rostro impreso es suculenta e impensable para una estrella de esta época. En 1949 cometió una imprudencia que le reportó ganancias y proyección: posó desnuda. Aquella alocada sesión fotográfica en la que se inmortalizó a una muchacha de tez blanca descansando sobre una tela roja apareció primero en un calendario y más tarde, en 1953, una de las imágenes fue adquirida por Hugh Heffner para ilustrar el primer número de “Playboy”. En junio de 1962, meses antes de morir, el fotógrafo Bert Stern tomó 2.700 fotos de la hermosa mujer de 36 años para la revista “Vogue”. Stern captó la esencia de Monroe. Ya no era una joven pero su belleza despega de las fotografías con la fuerza y la intensidad de un suceso galáctico. En 1953 inició la trilogía de películas que la convirtieron en una estrella sin discusión: “Niágara”, de Henry Hathaway, “Los caballeros las prefieren rubias”, de Howard Hawks, y “Cómo casarse con un millonario”, de Jean Negulesco. Existe al menos un correlato numérico con las veces que Marilyn se casó. A su primer marido, James Dougherty, aquel policía de 21 años que no soportó el ritmo de su carrera, le siguió el legendario beisbolista Joe DiMaggio, con el que mantuvo una tormentosa relación, y cerró con el dramaturgo Arthur Miller. Como suele ocurrir, la tremenda exposición fue minando las defensas de su delicada personalidad. Un poco antes de alcanzar los 30 años Marilyn se había transformado en un mito dentro y fuera de los sets: llegaba tarde o nunca a los estudios de grabación. Y lo hacía en condiciones poco adecuadas para enfrentar una cámara. Bebía demasiado y las píldoras eran parte de su dieta. La chica de oro estaba autodestruyéndose y nadie sabía como lidiar con eso. “En Hollywood te pueden pagar 1.000 dólares por un beso, pero sólo 50 centavos por tu alma”, dijo en una sus frases más inspiradas. Más allá del brutal espíritu del negocio, Marilyn vivía para alimentar su celebridad. Había recorrido un doloroso camino desde su infancia hasta esta joven adultez. No era casual que la actriz mantuviera una relación con Robert y John Kennedy al mismo tiempo. El poder quería y debía tener en su cama al mayor símbolo sexual. En la que se supone fue su última entrevista antes de morir, demostrando una gran claridad de ideas, dijo: “A veces vestida con abrigo, bufanda, sin maquillar y con ánimo de caminar, me voy de compras o simplemente miro a la gente. Pero, sabes, entonces habrá unos adolescentes y dirán: ‘¿Sabes quién creo que es?’. Empezaran a rodearme y a mí no me importa, me doy cuenta de que la gente quiere ver si eres real. Los adolescentes, los críos, sus caras se iluminan, dicen… ‘¡Caramba!’, y no paran hasta contárselo a sus amigos. Las personas mayores se acercan y dicen: ‘Espera hasta que se lo cuente a mi esposa’. Has cambiado su día por entero. O por la mañana, los hombres de la basura que pasan por la calle 57, cuando salgo dicen: ‘¡Hola Marilyn! ¿Cómo te encuentras esta mañana?’. Para mí es un honor y les quiero por ello. Al principio te silban porque eres una chica, rubia y no estás deforme, y después dicen: ‘¡Cielos, es Marilyn Monroe!’. Y eso, son los momentos agradables para mí. La gente sabe quién eres y sientes interiormente que significas mucho para ellos. No sé bien por qué, pero de alguna forma siento que saben lo que quiero decir con lo que hago, tanto en cine, como cuando les veo en persona y les saludo. Lo único que les digo es: ‘¡Hola! o ¿cómo estás?’. Pero en sus fantasías ellos sienten: ‘¡Caramba!… ¡Me ha sucedido a mí!’. Cuando eres famosa tu manera de enfrentarte a la naturaleza humana cambia de forma brusca, provoca envidia y lo hace la gente a la que te enfrentas, sientes que… bueno: ¿quién es?, ¿quién piensa qué es Marilyn Monroe?”. Los primeros años de esta década resultaron muy duros para la actriz. Adicciones, filmaciones pospuestas, romances que no la llevaban a ninguna parte y una profunda depresión de la cual no podía salir. El 9 de mayo de 1962 le cantó el “Happy Birthday Mr. President” a JFK y el 5 de agosto apareció muerta en su casa con una dosis fulminante de barbitúricos en el cuerpo. Un teléfono quedó descolgado. La oscuridad regresó esa madrugada para cubrir su vida con un manto eterno.

Las cámaras la amaban. Ella sabía cómo enfrentarse a las lentes de los fotógrafos.

Claudio Andrade candrade@rionegro.com.ar

Mañana se cumplen cinco décadas sin ella, aunque su cara, sus poses, sus fotos siguen presentes, siempre. Un mito eterno.