Un «rescatista de fósiles imposibles» del Conicet reveló los secretos de «Fiona» y su nexo con Vaca Muerta

Jonatan Kaluza pasó 32 días acampando junto a un glaciar en Chile para extraer un ictiosaurio preñado de 131 millones de años. El valor científico del hallazgo y sus conexiones con los fósiles de Vaca Muerta en Neuquén.

Por Elena Egea

El técnico del Conicet, Jonatan Kaluza, participó del rescate de "Fiona" en la Patagonia de Chile. (Gentileza).

El técnico del Conicet, Jonatan Kaluza, participó del rescate de "Fiona" en la Patagonia de Chile. (Gentileza).

Más de 90 esqueletos de ictiosaurios de unos 131 millones de años permanecen dispersos entre las rocas que rodean al glaciar Tyndall, en el Parque Nacional Torres del Paine, en Chile. Allí, en uno de los yacimientos de reptiles marinos más extraordinarios del mundo, apareció «Fiona»: una hembra preñada de unos cuatro metros de largo, con parte de su última comida y un feto preservados en el interior. «En Neuquén tenés animalitos de este tipo, ictiosauriosa, ahí en lo que es Vaca Muerta», comentó el técnico del Conicet Jonatan Kaluza, el hombre al que recurren para rescatar fósiles casi imposibles.

La novedad está en la dimensión que alcanzó el yacimiento: los relevamientos permitieron contabilizar 98 esqueletos en una superficie de unos 20 kilómetros cuadrados. «Fiona», aunque fue descubierta en 2009 y extraída en 2022, es hasta ahora el ejemplar mejor preservado de ese conjunto excepcional.

Los nuevos registros amplían el campo de estudio sobre estos reptiles marinos y abren la posibilidad de compararlos con ictiosaurios hallados en Vaca Muerta, en Neuquén, para reconstruir la fauna que habitó los antiguos mares de la Patagonia.

El ictiosaurios un reptil marino que habitó en la Patagonia. (Gentileza).

El hombre al que llaman para rescatar fósiles imposibles


En diálogo con Diario Río Negro, contó que una vez localizado un fósil debe evaluar la roca, reconocer las zonas más frágiles y diseñar una estrategia que permita retirarlo sin que se pierda la información acumulada durante millones de años. Kaluza se especializa en la recuperación de restos en el campo y trabaja en la Fundación Azara como técnico del Conicet. Participó en campañas en la Patagonia chilena, la Antártida, Brasil y Estados Unidos. «Cada descubrimiento que uno hace es una pequeña parte de una fotografía inmensa», enfatizó.

Sin embargo, su relación con la paleontología nació cuando era un niño que jugaba con los dinosaurios. A los 12 años comenzó a frecuentar el Museo Argentino de Ciencias Naturales Bernardino Rivadavia, donde conoció a investigadores y dio sus primeros pasos en la disciplina.

Con el tiempo sumó formación en gestión ambiental, naturalismo, interpretación del patrimonio y seguridad e higiene. Convirtió así una fascinación infantil en un oficio que combina ciencia, destreza manual, planificación y resistencia física. «Para un chico que creció soñando con dinosaurios, poder vivir de esto es fantástico. Es maravilloso», afirmó.

Investigadores de la Fundación Azara y la Universidad Maimónides documentaron los fósiles del Glaciar Tyndall. (Gentileza).

Vivir 32 días junto a un glaciar de Chile para rescatar un ictiosaurio


El hallazgo de «Fiona» ocurrió en 2009, pero su extracción debió esperar hasta 2022. La ubicación del ejemplar, la dureza de la roca y el clima extremo impidieron una operación convencional. Para llegar al sitio era necesario transportar herramientas, alimentos y equipos hasta un ambiente aislado, expuesto al frío, la lluvia y los fuertes vientos de la Patagonia austral.

Kaluza y un compañero instalaron la base cerca del lugar de trabajo. «Armamos el campamento a 300 metros del glaciar y ahí vivimos los dos durante 32 días», recordó. No había lugar a errores: una fractura mal calculada podía destruir huesos o estructuras internas que habían sobrevivido durante 131 millones de años.

El ejemplar mide entre cuatro y 4,20 metros. Explicó que la roca que lo contenía elevó su peso y complicó el traslado. El equipo debió proteger el bloque fósil y prepararlo para su evacuación mediante un helicóptero, una maniobra condicionada por el clima y la disponibilidad de una ventana segura para el vuelo.

Así lograron recuperar el animal excepcional con un esqueleto que conserva gran parte de su articulación. «Tenés contenido estomacal de lo que comió y las vértebras del feto. Es una locura el grado de conservación de los especímenes que tiene este lugar», señaló Kaluza.

Después del rescate, el equipo redujo la cantidad de roca que rodeaba al fósil para someterlo a tomografías. Los estudios permitieron observar estructuras ocultas sin destruir el ejemplar y abrieron una nueva etapa de investigación. «Las tomografías arrojaron un detalle excepcional que no hubiésemos pensado que íbamos a obtener», destacó.

«Fiona» es solo una parte del patrimonio que conserva el área. Los investigadores identificaron 98 esqueletos en una superficie de unos 20 kilómetros cuadrados y ya seleccionaron varios para futuras campañas. «Hay tres o cuatro que queremos recolectar en el futuro», adelantó el técnico. La concreción de esos rescates dependerá de los recursos, la logística y las condiciones del terreno.

Montaron un campamento cerca del glaciar. (Gentileza).

La historia del día en que “Fiona” se volvió verde


El apodo de «Fiona» nació de uno de los momentos más tensos de la extracción. Kaluza y el resto del equipo habían instalado un carpa sobre el fósil y se preparaban para protegerlo antes de cortar la roca. «Una compañera, Cristina, me dijo: ‘Voy a aplicar la gasa con acetona y el pegamento’. Y vimos que se empezó a tornar verde”, recordó Kaluza. El ejemplar, hasta ese momento negro o gris oscuro, cambió de color frente a los ojos del equipo. «Dijimos: ‘¿Qué pasó?’. Nos empezamos a volver locos porque pensamos que lo estábamos arruinando».

El susto duró hasta que encontraron una explicación. «Después nos dimos cuenta de que había microalgas que se metían dentro del sedimento y del fósil, y que reaccionaban con el alcohol o con la acetona», relató. El ictiosaurio no estaba dañado, pero ya había abandonado su color original. «Se había vuelto verde. Entonces surgió, entre las risas y la desesperación que nos agarró, el nombre Fiona», acotó.

La referencia cinematográfica fue inmediata. «La princesa tiene la maldición de que por las noches se convierte en un ogro verde», explicó Kaluza, en alusión al personaje de Shrek: «Entre risas y todo lo demás le pusimos el nombre. Y ya quedó instalado». Desde entonces, pocos la llaman por su fría identificación de inventario: TI-56.

El feto constituye uno de sus rasgos más valiosos. Estos reptiles marinos no depositaban huevos en tierra como otros grupos, sino que parían crías vivas en el agua. La preservación de las pequeñas vértebras dentro del cuerpo de la madre ofrece una oportunidad poco frecuente para examinar el desarrollo embrionario de una especie que habitó los mares del Cretácico temprano.

Para Kaluza, el estudio está lejos de concluir. «Esto recién empieza. En el campo hay muchos ejemplares por extraer todavía, así que hay años de trabajo», aseguró. Cada análisis de «Fiona» puede aportar nuevas respuestas, pero también preguntas sobre la fauna que ocupó aquellos antiguos ambientes oceánicos.

Ahora continúa la investigación en el laboratorio. (Gentileza).

La conexión entre los ictiosaurios de Chile y los de Neuquén


Hace más de 100 millones de años, el paisaje patagónico no tenía la forma actual ni estaba dividido por la cordillera y las fronteras políticas modernas. Grandes áreas hoy continentales permanecían bajo el mar. En esos ambientes vivían los ictiosaurios, reptiles con cuerpos adaptados a la vida acuática, aspecto semejante al de los delfines y una extensa distribución geográfica.

Los fósiles del glaciar Tyndall pueden aportar información para comprender a los ejemplares hallados en la Cuenca Neuquina. Kaluza explicó que los ictiosaurios del sur de Chile tienen parentesco con formas registradas en Vaca Muerta y corresponden a períodos cercanos. La comparación entre ambos conjuntos permitiría reconstruir su diversidad, distribución y evolución en los antiguos mares de la Patagonia.

La conexión también abre una línea de investigación con fuerte interés regional. Los restos de ambos lados de la cordillera pueden revelar si las poblaciones compartieron rutas, ambientes y características anatómicas, o si respondieron de manera distinta a los cambios oceánicos. Para comprobarlo, los especialistas deberán comparar esqueletos, edades geológicas y relaciones evolutivas.

El yacimiento chileno ofrece una ventaja poco habitual: la cantidad de individuos y su grado de preservación. «De los 90 ejemplares que encontramos, este es el mejor, y creo que no va a haber otro mejor», dijo Kaluza sobre “Fiona”. Aun así, cada nuevo fósil que quede al descubierto puede modificar lo que se sabe sobre aquellos reptiles y sobre el mar que unió a los territorios actuales de Chile y Neuquén.


Más de 90 esqueletos de ictiosaurios de unos 131 millones de años permanecen dispersos entre las rocas que rodean al glaciar Tyndall, en el Parque Nacional Torres del Paine, en Chile. Allí, en uno de los yacimientos de reptiles marinos más extraordinarios del mundo, apareció "Fiona": una hembra preñada de unos cuatro metros de largo, con parte de su última comida y un feto preservados en el interior. "En Neuquén tenés animalitos de este tipo, ictiosauriosa, ahí en lo que es Vaca Muerta", comentó el técnico del Conicet Jonatan Kaluza, el hombre al que recurren para rescatar fósiles casi imposibles.

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