Mega-apuesta
Una cosa es tener que ajustarse el cinturón por un proyecto positivo y otra es hacerlo porque los representantes del pueblo no saben qué convendría hacer.
Por razones políticas y psicológicas evidentes, todos los gobiernos se sienten constreñidos a festejar cada nuevo préstamo que recibe el país como si se tratara de otro homenaje a su propia sabiduría y, en el caso de que no esté en condiciones de honrar las obligaciones ya acumuladas, a felicitarse por los arreglos que sirven para alejar un poco más el espectro de la cesación de pagos. Tal actitud puede comprenderse, pero si bien a esta altura pocos están dispuestos a dejarse engañar por las manifestaciones oficiales de optimismo que suelen producirse toda vez que el país se las ingenia para salvarse de la ruina, siempre existe el riesgo de que por motivos mezquinos algunos políticos influyentes, para no hablar de los sindicalistas, optarán por tomarlas al pie de la letra. Es lo que sucedió el año pasado cuando el entonces ministro de Economía José Luis Machinea consiguió el «blindaje financiero» que, según la propaganda gubernamental, bastaría como para inaugurar una era de prosperidad, y es concebible que el «megacanje» logrado por el ministro actual, Domingo Cavallo, también tenga el efecto no deseado de convencer a muchos de que el país ya no corre riesgo de caer en un default y que por lo tanto podrá darse el lujo de continuar como antes. Desde hace varias décadas el país se ve frente a una sucesión de»últimas oportunidades» para poner sus finanzas en orden y es natural que, lo mismo que en el cuento de Pedro y el lobo, ya abunden aquellos «dirigentes» que se niegan a tomar en serio las advertencias solemnes de los economistas. Dicen ser perfectamente conscientes deque el país no puede seguir manejando sus recursos conforme a criterios meramente políticos, en el sentido menos respetable de la palabra, pero su presunta voluntad de enmendarse no incide en su conducta. ¿Estamos por ver un nuevo capítulo de esta farsa archiconocida? De salirse con la suya, los comprometidos con el viejo esquema corporativo asegurarán que el «megacanje» resultará tan decepcionante como el «blindaje» con la esperanza de conseguir de este modo congraciarse con la opinión pública, hazaña que, demás está decirlo, sólo significaría que algunos meses después el país se viera forzado a negociar otra tregua «definitiva» con los acreedores. Con todo, Cavallo claramente supone que en esta ocasión el país por fin logrará aprovechar esta enésima «última oportunidad» al iniciar un proceso de crecimiento sostenible. De prosperar su apuesta, los aproximadamente dos mil millones de dólares más de deuda agregados por el «megacanje» resultará ser un peso más que tolerable. En cambio, de hundirse todavía más el país en una recesión imputable a la convicción difundida, sobre todo entre los muchos integrantes de los movimientos populistas tradicionales, de que la economía no tiene remedio por culpa del «modelo», el monto preciso de la deuda adquirida parecerá de interés académico en medio de una crisis social y política de intensidad insólita que se debería más que nada a la incapacidad patente de los dirigentes de adaptarse a los tiempos que corren. No es que no haya ninguna «salida» del pantano viscoso en el que se ha metido el país, es que salir será muy difícil pero, como es notorio, muchos dirigentes políticos se han persuadido de que la razón por la cual se han visto desprestigiados consiste en que ya han exigido demasiados sacrificios a sus compatriotas. Se trata de una verdad a medias. No es una cuestión de «sacrificios» sino de la sensación de que sólo sirven para prolongar algunos meses o años más una versión cada vez más deteriorada del statu quo. Una cosa es tener que ajustarse el cinturón en el contexto de un proyecto positivo, y otra muy distinta lo es hacerlo porque los representantes elegidos del pueblo no saben muy bien lo qué convendría hacer. El ya notorio»malestar» argentino tiene sus raíces en el igualmente notorio»desconcierto» de muchos políticos, y aunque Cavallo ha conseguido brindar la impresión de que él por lo menos entiende lo que está ocurriendo, sigue siendo una figura aislada en un escenario en que la mayoría está esforzándose por notificarnos de que si el temido desastre finalmente se produce será por los errores ajenos y no por su propia resistencia a ponerse a la altura de sus responsabilidades.
Por razones políticas y psicológicas evidentes, todos los gobiernos se sienten constreñidos a festejar cada nuevo préstamo que recibe el país como si se tratara de otro homenaje a su propia sabiduría y, en el caso de que no esté en condiciones de honrar las obligaciones ya acumuladas, a felicitarse por los arreglos que sirven para alejar un poco más el espectro de la cesación de pagos. Tal actitud puede comprenderse, pero si bien a esta altura pocos están dispuestos a dejarse engañar por las manifestaciones oficiales de optimismo que suelen producirse toda vez que el país se las ingenia para salvarse de la ruina, siempre existe el riesgo de que por motivos mezquinos algunos políticos influyentes, para no hablar de los sindicalistas, optarán por tomarlas al pie de la letra. Es lo que sucedió el año pasado cuando el entonces ministro de Economía José Luis Machinea consiguió el "blindaje financiero" que, según la propaganda gubernamental, bastaría como para inaugurar una era de prosperidad, y es concebible que el "megacanje" logrado por el ministro actual, Domingo Cavallo, también tenga el efecto no deseado de convencer a muchos de que el país ya no corre riesgo de caer en un default y que por lo tanto podrá darse el lujo de continuar como antes. Desde hace varias décadas el país se ve frente a una sucesión de"últimas oportunidades" para poner sus finanzas en orden y es natural que, lo mismo que en el cuento de Pedro y el lobo, ya abunden aquellos "dirigentes" que se niegan a tomar en serio las advertencias solemnes de los economistas. Dicen ser perfectamente conscientes deque el país no puede seguir manejando sus recursos conforme a criterios meramente políticos, en el sentido menos respetable de la palabra, pero su presunta voluntad de enmendarse no incide en su conducta. ¿Estamos por ver un nuevo capítulo de esta farsa archiconocida? De salirse con la suya, los comprometidos con el viejo esquema corporativo asegurarán que el "megacanje" resultará tan decepcionante como el "blindaje" con la esperanza de conseguir de este modo congraciarse con la opinión pública, hazaña que, demás está decirlo, sólo significaría que algunos meses después el país se viera forzado a negociar otra tregua "definitiva" con los acreedores. Con todo, Cavallo claramente supone que en esta ocasión el país por fin logrará aprovechar esta enésima "última oportunidad" al iniciar un proceso de crecimiento sostenible. De prosperar su apuesta, los aproximadamente dos mil millones de dólares más de deuda agregados por el "megacanje" resultará ser un peso más que tolerable. En cambio, de hundirse todavía más el país en una recesión imputable a la convicción difundida, sobre todo entre los muchos integrantes de los movimientos populistas tradicionales, de que la economía no tiene remedio por culpa del "modelo", el monto preciso de la deuda adquirida parecerá de interés académico en medio de una crisis social y política de intensidad insólita que se debería más que nada a la incapacidad patente de los dirigentes de adaptarse a los tiempos que corren. No es que no haya ninguna "salida" del pantano viscoso en el que se ha metido el país, es que salir será muy difícil pero, como es notorio, muchos dirigentes políticos se han persuadido de que la razón por la cual se han visto desprestigiados consiste en que ya han exigido demasiados sacrificios a sus compatriotas. Se trata de una verdad a medias. No es una cuestión de "sacrificios" sino de la sensación de que sólo sirven para prolongar algunos meses o años más una versión cada vez más deteriorada del statu quo. Una cosa es tener que ajustarse el cinturón en el contexto de un proyecto positivo, y otra muy distinta lo es hacerlo porque los representantes elegidos del pueblo no saben muy bien lo qué convendría hacer. El ya notorio"malestar" argentino tiene sus raíces en el igualmente notorio"desconcierto" de muchos políticos, y aunque Cavallo ha conseguido brindar la impresión de que él por lo menos entiende lo que está ocurriendo, sigue siendo una figura aislada en un escenario en que la mayoría está esforzándose por notificarnos de que si el temido desastre finalmente se produce será por los errores ajenos y no por su propia resistencia a ponerse a la altura de sus responsabilidades.
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