Mejoras falsas
De haber sucedido a Fernando de la Rúa un presidente con la imagen de ser un hombre “de derecha” que hiciera exactamente lo mismo que Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, buena parte del país ya lo estaría acusando de ser el artífice de un perverso plan “neoliberal” confeccionado en el exterior por sujetos deseosos de matar a niños en Tucumán, de depauperar al grueso de la clase media y de ayudar a quienes conforman el diez por ciento más acomodado de la población. Es que según los datos difundidos por el INDEC, a partir de fines del 2001 la distribución del ingreso se ha hecho aún menos equitativa que antes, aunque los paupérrimos, los que tratan de vivir de ochenta pesos mensuales, se vieron levemente beneficiados por el Plan Jefas y Jefes de Hogar. En cuanto a la desnutrición infantil, parecería que muy poco ha cambiado desde que el gobierno de Duhalde se las arregló para aprovecharla porque aún podía endosarla al “modelo de Menem” que había intentado conservar De la Rúa. Sin embargo, a pesar del deterioro llamativo que se experimentó desde el colapso de la convertibilidad y del gobierno aliancista, ya no se oyen quejas progresistas contra la política económica oficial, sin duda porque a nadie se le ocurriría tomar a Duhalde o a Kirchner por paladines del “capitalismo salvaje”.
Por desgracia, cuando de la economía se trata, los debates furibundos en torno de las distintas teorías tienen muy poco que ver con lo que efectivamente sucede en el mundo real, razón por la cual muchos están más interesados en desacreditar a sus adversarios que en pensar en lo que convendría hacer para que los millones de argentinos que están hundidos en la miseria pudieran vivir un poco mejor. Si no fuera por la pasión casi religiosa por las abstracciones así supuestas, nuestros gobernantes, se creyeran “de izquierda”, “de derecha” o “del centro”, entenderían que lo que el país más necesita hoy en día es inversiones y que por lo tanto es urgente empezar a reparar los destrozos ocasionados por un ‘default’ y una devaluación atropellados que, entre otras cosas, sirvieron para advertirles a todos, fueran argentinos o extranjeros, de que aquí los contratos, acuerdos y promesas carecen por completo de valor. Sin embargo, por motivos presuntamente “ideológicos”, los sectores actualmente dominantes se las han ingeniado para convencerse de que mostrar cierto respeto por los derechos ajenos equivaldría a una gran derrota nacional.
De todas maneras, la Argentina no podrá transformarse en un país menos inequitativo a menos que los veinte millones de personas o más que están por debajo de la “línea de pobreza” local adquieran -o, en el caso de que sean “nuevos pobres”, conserven- los conocimientos, hábitos y actitudes que sean aptos para una economía en crecimiento más productiva que la actual. ¿Es lo que están procurando hacer “los dirigentes”? La verdad es que no se dan motivos para creer que les preocupa dicho problema. Antes bien, por razones políticas, cuando no electorales, los más parecen resueltos a tratar a sus conciudadanos pobres como víctimas totalmente inocentes de una especie de conspiración urdida por fanáticos “neoliberales” desalmados. Aunque a veces aluden a “la cultura del trabajo”, la consultora Equis ha estimado que en el país hay por lo menos 1.272.000 jóvenes que no estudian ni trabajan ni buscan empleo, lo cual plantea la posibilidad nada reconfortante de que, aun cuando se produjera una recuperación económica genuina, una parte muy significante de la población del país sencillamente no estaría en condiciones de aportar nada por falta no sólo de la capacitación mínima imprescindible, sino también por estar atrapada en una “cultura” totalmente incompatible con el desarrollo. Considerar a este sector, que según parece crece día a día, “víctima” de algo puede resultar rentable para los políticos clientelistas y para los acostumbrados a denunciar con elocuencia los males de las sociedades capitalistas modernas, pero no sirve para mejorar las perspectivas del conjunto ni de los que con caridad podrían denominarse los prematuramente resignados. Antes bien, usarlos como carne de cañón en una guerra política e ideológica es una forma de asegurar que la crisis continúe agravándose y que las perspectivas frente al país se hagan más deprimentes por momentos.
De haber sucedido a Fernando de la Rúa un presidente con la imagen de ser un hombre “de derecha” que hiciera exactamente lo mismo que Eduardo Duhalde y Néstor Kirchner, buena parte del país ya lo estaría acusando de ser el artífice de un perverso plan “neoliberal” confeccionado en el exterior por sujetos deseosos de matar a niños en Tucumán, de depauperar al grueso de la clase media y de ayudar a quienes conforman el diez por ciento más acomodado de la población. Es que según los datos difundidos por el INDEC, a partir de fines del 2001 la distribución del ingreso se ha hecho aún menos equitativa que antes, aunque los paupérrimos, los que tratan de vivir de ochenta pesos mensuales, se vieron levemente beneficiados por el Plan Jefas y Jefes de Hogar. En cuanto a la desnutrición infantil, parecería que muy poco ha cambiado desde que el gobierno de Duhalde se las arregló para aprovecharla porque aún podía endosarla al “modelo de Menem” que había intentado conservar De la Rúa. Sin embargo, a pesar del deterioro llamativo que se experimentó desde el colapso de la convertibilidad y del gobierno aliancista, ya no se oyen quejas progresistas contra la política económica oficial, sin duda porque a nadie se le ocurriría tomar a Duhalde o a Kirchner por paladines del “capitalismo salvaje”.
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