Mensajes analógicos en las escuelas

Leyendas y dibujos en las paredes y mobiliario escolar son incluidos en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Qué hay detrás de los grafitis y la necesidad de trascender de los estudiantes.

Redacción

Por Redacción

En las escuelas públicas se escribe por fuera del pizarrón. La palabra circula en las paredes de los pasillos, en las puertas de los baños, en los bancos y llega hasta el techo. Algunas intervenciones son planificadas, otras surgen espontáneamente y todas revelan las identidades que habitan en los espacios escolares.

El Instituto de Formación Docente N°12 tiene una matrícula de 1500 estudiantes, el 90% son mujeres. Las egresadas se desempeñarán en los niveles inicial y primaria. “Tenemos un diseño curricular que plantea tres ejes centrales vinculados a derechos humanos, interculturalidad y género. Esos tres grandes ejes que nosotros trabajamos y concretizamos en las distintas actividades a lo largo de todo el cursado se visibiliza en las expresiones artísticas y de performance que aparecen en el instituto. Esa formación que nuestras estudiantes reciben respecto a los derechos, a la memoria, a la verdad, a la justicia, a la búsqueda de un mundo más justo es la que se refleja, creemos nosotras, en las intervenciones”, asegura la directora Débora Sales de Sousa.

Al entrar al establecimiento hay un salón anfitrión, cuya pared izquierda está cubierta de fotos de personas que cargan en su rostro a Carlos Fuentealba, docente asesinado durante una represión policial en 2007. También se alcanza a ver las puertas de los baños pintadas de violeta con el pañuelo de las Madres de Plaza de Mayo inscripto. Aquí no hay que fijarse en la división varón/mujer para ingresar y no pifiarle, sino que son de libre circulación, baños sin género.

“Es verdad que las estudiantes somos las que intervenimos la institución. Ni el Estado cuida las cosas en la escuelas como para no estar interviniéndolas y concientizándolas del abandono que hay en la escuela pública”, dice Agustina Verón, una de las alumnas.

Gabriela Augustowsky, magister en didáctica de la Universidad de Buenos Aires y doctora en Bellas Artes por la Universidad Complutense de Madrid, afirma que estas “paredes construidas” que se erigen en las escuelas no deben ser concebidas solo por su dimensión estética (ver aparte). “Eso no es nada más un telón de fondo, es un dispositivo didáctico”, sostiene.

Los murales en las paredes de los pasillos de la escuela primaria 154 del barrio Parque Industrial son fundamentales en el proceso aprendizaje de lectura y escritura de los 400 chicos que concurren allí. La mayoría viene desde Colonia Rural Nueva Esperanza, Nueva España y asentamientos como Ruca Antú y El Trébol.

“No se nace marginal, te hacen marginal y ahí estamos laburando nosotras”, manifiesta Dinka Bezic, maestra de tercer ciclo. Agrega: “El afuera está todo re podrido, no dan muchas ganas.” Por eso la escuela está envuelta con mensajes que le recuerdan a los chicos que sus sueños son valiosos, aún en esta tierra inhóspita que promete tan poco.

“El mural apareció con la idea de eso, que los chicos pudieran intervenir de alguna manera con aquello que sabían, pensaban y querían o deseaban en una pared. Nosotros tenemos un alumno legendario en la escuela que sus primeras palabras aparecieron en un mural. Ahí escribió: “Un elefante ocupa mucho espacio”, cuenta Bezic

Plantea: “Estamos obstinadas en generar la posibilidad de que ellos puedan poner palabras, que es lo que más nos cuesta. Antes que la palabra está la piña, está el silencio y eso habla también de cómo se le otorga la palabra a determinados estratos, lugares, barrios”.

Las docentes entienden que las escrituras, inclusive la que hacen en los bancos, deben ser abordadas. La blancura, para ellas, no es una cualidad. “No vamos a estar cuidando una pared, la prioridad no está en la pared, nuestra prioridad está en el niño o la niña, en generarle práctica de lectura y escritura a ellos”, insiste Erica Gallardo, maestra de primer ciclo.

En la 154 muchos dejan su nombre en la pared. Lo mismo pasa en la EPET N°3 de Gregorio Alvarez, a la que asisten 600 estudiantes. Naim Amoyado, alumno de 5to C de la técnica, firmó con aerosol una pared que tenía rayones e hizo un mural que está en el salón. Pinta en paredones y ahora también en la piel, con sus tatuajes. En los secundarios se suele pactar con los alumnos los lugares de expresión (ver aparte). Los egresados de este colegio, por ejemplo, sellaron las alturas. Naim explica porqué se garabatean los rinconcitos: “vos dejas algo que perdura en el tiempo, porque nosotros somos algo que está en constante movimiento y una pintura siempre queda”.

“Todo eso que se ve en las paredes afuera adentro es el reflejo de lo que pasa en las aulas y la libertad que tienen las estudiantes”,

explicó la directora del Instituto de Formación Nº 12, Débora Sales de Sousa.

“Estaba todo muy sucio, entonces me dijeron que si quería hacer algo lindo que lo tapara y así evitaba un poco los rayones”,

afirmó Naim Amoyado de 5to C de la EPET Nº 3, quien pintó una de las paredes.

“El espacio es un lugar de disputa”

“En el espacio escolar hay una parte que los docentes no pueden elegir que es el tema arquitectónico, que es la parte mas dura de ese espacio escolar. Hay una parte más blanda o semifija que es el mobiliario, que los docentes lo pueden modificar cuando trabajan. Después hay una parte que es la parte más flexible del espacio, que es lo que se llama el “espacio dispuesto”, que puede ser modificado por las personas que lo usan: los docentes, los alumnos, los directivos. Y esto cobra una dimensión diferente en cada una de las instituciones, en cada una de las ciudades y tiene especificidades en cada lugar”, explica la especialista Gabriela Augustowsky.

Y agrega: “lo que sucede en el “espacio dispuesto” no es sólo una cuestión estilística o de moda: son elecciones estilísticas/didácticas. Siempre hay ahí una decisión pedagógica. Cuando uno entra a la escuela y ve que cosas hay en las paredes puede reconocer estilos didácticos, formatos institucionales. No es solo una cuestión estética”.

Augustowsky sostiene que el espacio escolar “es un lugar de disputa” y en los establecimientos hay “paredes construidas”.

“Uno puede encontrar las huellas de la actividad de enseñanza o de la actividad que se hizo con los alumnos: por ejemplo el desarrollo de un mural, una secuencia didáctica o un proyecto sobre algún tema en particular. Uno puede ver el proceso, las huellas de lo que pasó ahí. Una pared construida es la pared en la que uno ve la memoria del grupo, la memoria del trabajo. Es el equivalente a un cuaderno grupal donde queda el registro de la tarea grupal”, afirma.

El edificio escolar como lugar para construir la identidad

Los adolescentes intervienen los establecimientos de manera formal o informal. Para la magister Gabriela Augustowsky generalmente se acuerda cómo será el uso.

“Cuando hay adolescentes algunas instituciones plantean: “este es el sector en que ustedes se pueden expresar.” Hay otras instituciones que prohiben y después hay toda una circulación informal de cuestiones que los adolescentes tratan que son: el amor, cosas sexuales o sino cosas que tienen que ver con la política, con la coyuntura. Una cosa fundamental es que el espacio escolar una de las funciones que tiene es que es un lugar donde se construye nuestra identidad. Parte de nuestra identidad se construye en ese día escolar con lo que se inscribe en las paredes”, asegura Augustowsky.

E insiste: “es un lugar donde los chicos pasan muchísimas horas y son en los espacios escolares donde nos construimos como personas.”

Nuestra población es de zonas alejadas en donde justamente no hay nada más cercano que la escuela. No hay espacios donde los chicos puedan expresar lo que les va pasando y sintiendo”,

asegura Dinka Bezic, maestra de tercer ciclo de la escuela ubicada en el barrio Parque Industrial.

Datos

“Todo eso que se ve en las paredes afuera adentro es el reflejo de lo que pasa en las aulas y la libertad que tienen las estudiantes”,
“Estaba todo muy sucio, entonces me dijeron que si quería hacer algo lindo que lo tapara y así evitaba un poco los rayones”,

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