Militares sin militarismo: los cambios profundos en las FF. AA.

Tal como señaló el presidente Alberto Fernández, ya no hay mandos ligados a la dictadura. Entre otros, destaca el rol central de la mujer.



Las “rodetes”, como les decían despectivamente al inicio de la transformación, llegaron hoy a los mandos militares. Signo del cambio.

Las “rodetes”, como les decían despectivamente al inicio de la transformación, llegaron hoy a los mandos militares. Signo del cambio.

Mire, se lo cuento en términos que orillan la metáfora: ¿sabe cuándo percibí que los militares estábamos en un proceso de mudanzas de estilos, contenidos, paradigmas organizacionales, etc.? Cuándo estando yo destinado en la Patagonia, supe que en todos los institutos de formación de las fuerzas armadas –liceos, escuelas de suboficiales y escuelas de oficiales, el Colegio Militar, por caso– comenzaban a construirse baños para mujeres. Sí, sí, ya sé que hoy se hacen baños unisex, pero en aquel momento las construcciones eran baños para las ‘cucas’, por cucarachas (*), despectivo sí, pero así las llamaban los cadetes varones. Y también dormitorios para ellas. ¡Mujeres entre nosotros! Codo a codo con el FAL, corriendo… todo un tema. Y luego una ‘cuca’, su teniente, dándole órdenes a los cadetes en plenas maniobras. Para nosotros, ¡un temazo! ¿Quiénes eran estas pibas que invadían nuestro espacio machista? Pero ya están, son camaradas. Las ‘rodetes’ – la mayoría de ellas lo usa– están entre nosotros. Bueno, hoy la jefa de armamentos del (hundido) submarino ARA San Juan era Eliana Krawczyk, teniente de navío. Casada, con pibes.

El coronel (RE) acaricia la taza de té. Su mirada cruza la avenida Luis María Campos y se detiene en el portal del Regimiento de Granaderos a Caballo, y acota: –Le doy un dato: ninguno de los máximos mandos de las Fuerzas Armadas de hoy era cadete en 1976. Quizá alguno en un liceo era adolescente. Y el número de efectivos es un cuarto de las existentes en el 76. Y ya no se manejan con un gasto de 4% o más del PBI, el promedio del gasto durante el régimen militar. Se manejan el 0,9 contra el 1,5% de Chile y el 1,9% de Brasil. Mire, la Armada no está en condiciones de poner más de 9 buques en caso de guerra. No tiene más. Y alguno de ellos, como la Corbeta Granville, combatió en las Georgias, pero ya entonces se les trababa la artillería. Todavía navega, tiene los impactos de los fusiles de los británicos. Y creo no equivocarme si digo que la Fuerza Aéreas no pueden poner en el aire más de una docena de aviones de combate. Y el Ejército se ha dedicado a unidades de despliegue rápido, helitransportadas si hay helicópteros. Hay cambios en los militares, sí, claro. ¿Cuáles? Entre otros:

• Con la democracia, y el desprestigio por los crímenes que definieron a la dictadura última, murió el partido cívico-militar nacido en el golpe de 1930. Porque siguiendo al talentoso Federico Pinedo (abuelo de todos los Federico Pinedo actuales), en Argentina nunca hubo golpes militares, hubo golpes cívico-militares. Los militares ya no son “reserva moral del país”. La significación de este concepto está prolijamente encuadrada por Máximo Badaró: “La penetración de las Fuerzas Armadas en los asuntos públicos transformó a los símbolos militares en un aspecto central de la definición simbólica del espacio público argentino y de las formas en que el Estado nacional construyó su legitimidad social, sobre todo cuando se encontraba en manos militares. (…) su organización, símbolos, valores y doctrinas eran evocados como modelo de sociedad que podían trasladarse a la escuela, la fábrica, la escuela, el espacio urbano y las relaciones sociales en general. Desde fines de los años veinte hasta mediados de los años ochenta del siglo veinte, el Colegio Militar de la Nación ( y otras academias militares) fue la principal puerta de entrada a esa elite moral”. Esa “elite moral” ya no existe. Existe el ciudadano común consideración a lo militar.

• Otra mudanza que –con la democracia– creció en el campo militar, hace a su discurso: hoy hay una ausencia absoluta de “militarismo”, que a decir del chileno Genaro Arriagada “es casi toda una corrupción en la relación de medios y fines, se asocia a ciertos desequilibrios orales emocionales. El espíritu militar es distinto al espíritu guerrero, que es el característico del militarismo”, señala este sociólogo democristiano con sólido protagonismo en los primeros tramos de la transición chilena. Y acota: “El espíritu militar se caracteriza por virtudes militares como son la disciplina, la jerarquía, el propio dominio, la resolución. En cambio, el espíritu guerrero se distingue por el salvajismo, la excitación y el entusiasmo irresponsable y el amor a la violencia, la gloria, la aventura. En el militarismo está presente el culto a la rudeza, el autoritarismo, el chauvinismo”.

Tiempos de militarismo. La Junta Militar que tomó el poder en 1976.


Siguiendo a Arriagada (**), surge además que en la Argentina previa a la deficitaria democracia que nos signa desde hace más de tres décadas el militarismo es fundamentalmente una desviación de lo militar. Un militarismo que abonaron inmensas franjas de la sociedad argentina, incluso instituciones y, claro, el grueso de la Iglesia católica. “La cruz y la espada”, instauró José Feliz Uriburu, liderando el golpe del 30. Militarismo que concibió una idea de patria tan estrecha y hostil a toda racionalidad que llevó a nuestro Charly García a sentenciar: “Si la patria es lo que los militares dicen, entonces yo no tengo patria”.

Militarismo que ya no rige los destinos de Argentina. Un país hoy sin militares de gestos fieros. Ceja izquierda o derecha levantada, cual petiso espiando a través de un tapial. Guerreros en decadencia.

Hoy el país tiene militares. Así de sencillo.

Olvidados por el poder político, claro.

(*) “Militares o ciudadanos”, Máximo Badaró, Ed. Prometo, Bs. As., 2009. Badaró es doctor en Antropología Social, egresado en la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.

(**) “El pensamiento político de los militares”, Genaro Arriagada, Ed. Aconcagua, Santiago de Chile, 1984.


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