Detrás de escena: Emprender, aprender a hacer y a ser
Cuando una pausa lo cambia todo y te anima a empezar de nuevo.
A los 30, con una hija empezando el jardín y —por primera vez en mucho tiempo— tres horas libres para mí, apareció una pregunta incómoda. No era la lista automática de siempre (ordenar, limpiar, cocinar, bañarme). Era otra cosa. Más profunda. Más honesta: ¿qué quiero hacer con mi vida?
Después de maternar de forma tan presente, ese silencio repentino me enfrentó conmigo misma.
Y ahí apareció un pendiente: terminar mis estudios. Lo había intentado dos veces, pero entre vueltas de la vida y burocracias, nunca lo había logrado. Esta vez decidí hacerlo distinto. Me anoté en la nocturna, empecé de cero, con miedo y entusiasmo en partes iguales.
Y entonces, como para poner a prueba cualquier plan, el mundo se frenó. Pandemia. Incertidumbre. Mi pareja se quedó sin trabajo y la pregunta ya no era solo vocacional, sino urgente: ¿cómo íbamos a sostenernos?
En ese contexto —o quizás gracias a él— apareció una idea. Algo pequeño al principio, casi tímido: capacitarme para hacer uñas. Encontré a Ivana, mi mentora, y empecé con clases online. Practicaba en casa, con lo que tenía. Dos turnos por semana. Eso bastaba.
Pero también creció.
Con el tiempo, llegaron más clientas, más horas, más aprendizaje. Invertí en materiales, armé mi espacio —Versalles Nail Art— en un rincón de casa. Y ese rincón se llenó de historias: mujeres preparándose para viajes, bodas, momentos importantes. Elegían mis manos para acompañar los suyos.
Mientras tanto, yo seguía. Terminé el secundario en Villa La Angostura y me animé a más: me inscribí en la tecnicatura en instrumentación quirúrgica en Bariloche. Recuerdo pagar la matrícula con una mezcla de orgullo y vértigo. Pensar: ¿y si no puedo sostenerlo?
Pero pude.
Con organización, con trabajo, con constancia. Con mis uñas pagué la carrera, los viajes, la niñera, la comida. También me regalé algo más: la experiencia de las prácticas en el hospital, donde confirmé que estaba en el camino correcto.
Hoy estoy a dos materias de recibirme.
Y no es todo. Porque el arte —ese hilo invisible que siempre me sostuvo— volvió a abrir otra puerta: hoy también estudio arteterapia. Otro universo posible.
Si miro hacia atrás, veo a esa mujer de 30 años, parada en su casa en silencio, sin saber por dónde empezar. Y me emociona poder decirle: sí, pudiste. No porque haya sido fácil, sino porque te animaste igual.
A vos, que estás leyendo, te dejo esto: nunca es tarde. Para retomar, para cambiar, para reinventarte. No estamos hechas solo de rutinas, ni de mandatos, ni de roles.
Estamos hechas de posibilidades.
Y a veces, todo empieza con una pregunta. Y el coraje de responderla.
Es tiempo de comenzar a ser.
A los 30, con una hija empezando el jardín y —por primera vez en mucho tiempo— tres horas libres para mí, apareció una pregunta incómoda. No era la lista automática de siempre (ordenar, limpiar, cocinar, bañarme). Era otra cosa. Más profunda. Más honesta: ¿qué quiero hacer con mi vida?
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