Modelo zombi
Al gobierno kirchnerista le encanta gastar dinero, pero trata como enemigos a los únicos que son capaces de generarlo en cantidades suficientes. Para la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y los funcionarios que le sirven de voceros, los productores rurales son “golpistas” natos, los financistas son aliados de los “buitres” y los empresarios son “terroristas”. No es sorprendente, pues, que de todas las economías latinoamericanas, con la excepción de la venezolana, la argentina sea la que se ha beneficiado menos del boom de los commodities que, desgraciadamente para la región, está acercándose a su fin. Como los campesinos de la fábula de Esopo, el gobierno a menudo brinda la impresión de estar resuelto a matar los gansos, es decir los empresarios, los ruralistas y otros, que ponen los huevos de oro. Hasta hace poco casi todos los empresarios guardaban silencio ante los virulentos ataques verbales que les propinaban Cristina, el ministro de Economía Axel Kicillof, el jefe de Gabinete Jorge Capitanich y diversos militantes oficialistas, por miedo a ser víctimas de represalias concretas, pero últimamente la mayoría ha cambiado de actitud. Si bien no les importa demasiado la retórica agresiva del oficialismo, les ha motivado alarma la forma voluntarista en que el gobierno está manejando la economía nacional. A veces parecería que los kirchneristas le han declarado la guerra con el propósito de destruirla, para que el gobierno próximo herede una crisis explosiva. De ser así, sus esfuerzos han sido exitosos: mes tras mes la producción industrial cae, más inversores huyen, aumenta el gasto público, crece el déficit financiero, “la maquinita” sigue alimentando la inflación y, desde luego, el conflicto con los holdouts mantiene el país aislado de los mercados de capitales internacionales. En la quincuagésima edición del Coloquio del Instituto para el Desarrollo Empresarial de la Argentina (IDEA) que se celebró en Mar del Plata, los asistentes por fin se animaron a criticar con contundencia el modelo kirchnerista que, de acuerdo común, murió hace tiempo, aunque el gobierno se niegue a sepultarlo. Antes bien, para frustración de los empresarios que tienen buenas razones para temer por su propio futuro, Cristina y Kicillof parecen confiar en que el modelo que reivindican no es un zombi sino que sólo sufre algunos achaques pasajeros atribuibles a la maldad de quienes lo critican y que por lo tanto podría recuperarse en cualquier momento. Puesto que es escasa la posibilidad de que algo así ocurra, muchos empresarios se ven sin más alternativa que la de limitarse a intentar sobrevivir hasta que el gobierno actual sea reemplazado por otro un tanto más realista. Todos coinciden en que los meses próximos les serán sumamente difíciles, pero los optimistas esperan que el gobierno acepte arreglar con los “buitres” a inicios del año que viene para que regresen por lo menos algunos inversores. Mientras tanto, los pesimistas mantendrán los brazos cruzados y buscarán desesperadamente minimizar los costos operativos. Si sólo fuera cuestión de la actitud de una pequeña minoría egoísta conformada por personajes que, por sus propias razones, se oponen al credo “nacional y popular” del gobierno, la hostilidad oficial hacia aquellos empresarios que son reacios a militar a favor del “proyecto” de Cristina no ocasionaría mucha preocupación. En todas partes, el empresariado es mal visto por una franja de la sociedad. Pero sucede que, tanto aquí como en el resto del mundo, el bienestar del grueso de la población depende directamente del desempeño del sector privado. Al castigar a los empresarios por sus pecados ideológicos o por su resistencia a sumarse al movimiento kirchnerista con el fervor debido, el gobierno está depauperando a millones de familias. Por antipático que les parezca a líderes políticos de carácter autoritario como Cristina o teóricos presuntamente marxistas como Kicillof, ningún país puede prosperar sin un sector privado vigoroso. Lo entienden los socialistas de Alemania y otros países ricos, pero en la Argentina aún abundan los acostumbrados a anteponer sus propios prejuicios al bien común, de ahí la debilidad realmente extraordinaria de aquellos “poderes concentrados” cuya supuesta existencia molesta tanto a los militantes kirchneristas.