Morella, la chica que inspiró el nombre de una playa agreste y hermosa al sur de Las Grutas

A 8 km de la villa balnearia, una playita encantadora deslumbra tanto como la historia de los pioneros que la bautizaron con el nombre de la primera de sus tres hijas.

Morella Vanú en la playa que lleva su nombre. Llegó con sus padres desde Bahía Blanca cuando tenía apenas unos meses y se instalaron en una casa rodante. Aquí creció. "No me imagino viviendo en otro lado", dice. Tiene 19 años. Foto: Martín Brunella.

Morella Vanú en la playa que lleva su nombre. Llegó con sus padres desde Bahía Blanca cuando tenía apenas unos meses y se instalaron en una casa rodante. Aquí creció. "No me imagino viviendo en otro lado", dice. Tiene 19 años. Foto: Martín Brunella.

Morella está de espaldas a su playa, y la describe, como si sus palabras dibujaran el aire.  Muy cerca, está “la ‘roca grande’, donde de chiquitas jugábamos a los castillos con una de mis hermanas. Nos peleábamos por esa piedra, porque la otra, la ‘roca chiquita’, era diferente. A la que le tocaba esa piedra se tenía que conformar con un castillo mucho más chico” cuenta, entre risas. 

Después están las lagunas, que se forman cuando baja la marea, y el mar queda aprisionado en los recovecos de la restinga, esa superficie de piedra que forma el lecho marino. “Son dos, la de ‘los pececitos’ y la laguna de la ‘Manta Raya’, porque ahí vimos aparecer una y quedó para la historia” recuerda. 

Inseparables. Morella y su hermana Agustina. La playa siempre fue su lugar de juegos y encuentros. Foto: Martín Brunella.   

Más allá, donde se dibuja una curva, está “la playa del lobito. Un lugar en el que por varios días un lobo marino se quedó, tomando sol entre las piedras.  De chicas lo íbamos a visitar” cuenta. 

 Al final, la quietud termina de dibujar el contorno. Es que Morella, la playa ubicada a 8 km al sur de Las Grutas, se brinda con la simpleza con la que se presenta la chica que le prestó su nombre. Aquí no hay grandes médanos, ni acantilados que la separen del desparpajo del monte. La costa ofrece, de un vistazo, todo lo que tiene para dar. Y esa postal agreste es la que enamora. 

El cartel indica el acceso a la playa. Al lado, Morella y su perro Ramón. Foto: Martín Brunella.  

Para visitarla, hay que partir desde el centro de Las Grutas, y pasar el balneario Piedras Coloradas. Tres km después, aparece un cartelito que, medio escondido entre la vegetación áspera, indica el recodo en el que hay que doblar para ubicarla. 

El camino es una huella de arena y ripio, vertiginosa por momentos. Por eso es importante aventurarse con un vehículo que esté preparado para esos sobresaltos. 

Al llegar, una costa tranquila, a la que se accede hundiendo los pies entre pequeñas matas, desemboca en el mar, que se muestra accesible, como hecho a la medida de esa porción de cielo. 

“No podría vivir lejos de acá”, dice Morella. Una de sus opciones es estudiar Biología Marina en San Antonio. Foto: Martín Brunella.  

Pero… ¿Por qué Morella Vanú, de 19 años, le prestó el nombre a esta playa de juguete, donde transcurren sus días y vivió su infancia? 

“Mi papá, Adrián, vino con mi mamá a vivir frente a esta playa. Nací en Bahía Blanca, pero a los pocos meses ya estábamos acá. Hasta que construyeron, estuvimos en una casa rodante. Después, papá, que cocina muy bien, levantó un parador, rústico, hecho de madera. Y le puso Morella. Desde Piedras Coloradas se veían los banderines, y la gente llegaba caminando, para ver que había. Yo me sentaba en una de las mesas y pedía, como si fuera un cliente más. A los turistas les llamaba la atención que una nena tan chiquita comiera pulpitos y pidiera mariscos” rememoró la chica. 

Morella, años atrás, corre en la playa que lleva su nombre. Foto: Martín Brunella.

Con los años el parador dejó de existir, pero el lugar siguió identificándose con el nombre de ese sitio, bautizado como la hija de su dueño. 

“Estuvo desde 2002 hasta 2010, creo” recuerda Adrián, el papá de More. Él fue el que, en su juventud, descubrió Las Grutas. “Llegué un febrero, desde mi Bahía natal, para trabajar en gastronomía. Y siempre tuve la idea de volver. Después, regresé por unos meses, y con el tiempo me instalé. Conocí a la mamá de Morella y de mis otras dos hijas, Agustina y Delfina. Allí surgió la idea de construir en esa playa. Y, cuando nació More, que fue la primera, pasamos un tiempo en Bahía Blanca y regresamos, con ella de meses, decididos a instalarnos”. 

Primero vivieron en el centro, pero enseguida dieron con la casa rodante que les permitió quedarse frente al mar.  

Una de las lagunas que se forman cuando el mar desciende. Foto: Martín Brunella. 

Hoy, Morella, sentada frente a la casita que sus papás construyeron, confiesa que “siente orgullo” cuando ve su nombre identificando a esa playa que siente “como su patio”. No podría ser diferente, porque la costa se pierde entre matas y piedras, como si fuera la continuidad de ese espacio familiar que ella sigue habitando. 

“No me imagino viviendo en otro lado. Quiero conocer lugares, pero, para vivir, no me imagino lejos de este mar” dice.  

Ahora, está estudiando un profesorado de yoga,  y no descarta empezar la licenciatura en biología marina, que se dicta en San Antonio. “me gustaría, aunque todavía no decidí nada” confiesa. 

¡A remar! Las chicas disfrutan de los deportes náuticos. Foto: Martín Brunella. 

Las anécdotas de infancia dan cuenta de su fascinación por el agua. “Cuando nadie me quería acompañar a nadar, bajaba sola y jugaba a que era una sirena” se ríe.  

Con los años, se multiplicaron los turistas, y también las construcciones que rodean la costa, que, igual, siguen siendo escasas. “¡Por suerte!- dice Morella, aliviada- Aunque, a este lugar,  nada le quitará la magia” finaliza, emocionada . 


Lo que hay que saber para ir

En Morella no hay servicios. La playa ubicada antes, que es Piedras Coloradas, es la única que cuenta, en la zona, con paradores para aprovisionarse y baños. Por eso, antes de aventurarse, hay que tener en cuenta este dato y llevar lo necesario para pasar el día. 

Morella años atrás disfrutando de la playa. Foto: Martín Brunella.

El camino de acceso es de arena y ripio. La municipalidad no suele realizar con frecuencia labores de mantenimiento, por eso, la gran cantidad de baches complican aún más el tránsito por esa huella. Para llegar, hay tener en cuenta esta complicación, y manejarse con un vehículo adecuado. 

La playa tampoco cuenta con guardavidas. Debido a esto, hay que ser cauto a la hora de disfrutar del mar. 

Siguiendo la costa, se descubren lugares de ensueño, poco frecuentados y dignos de conocer. Así que esta playa puede ser la puerta de acceso a muchos rincones encantadores. 

Agustina y Ramón, compañeros de aventuras. Foto: Martín Brunella.

Tanto Morella como cualquiera de las playas del sur son lugares agrestes. Para disfrutarlos es necesario ser respetuosos de la naturaleza, no arrojar residuos, no encender fuego y no perturbar a la fauna marina, que suele aparecer en la zona. 


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