Muertos y esposados, por las dudas

Redacción

Por Redacción

San Colt, Smith-Wesson y Remington les dieron los fierros. Los usaron con maniática eficiencia.

Cuando William «Bill» Doolin se desplomó en el polvoriento suelo de Lawson, entre la cintura y el cuello tenía 21 agujeros.

Mientras se derrumbaba, «Bill», un tipo muy flaco, no perdió su estilo sereno. Se afirmó en el apoyabrazos de una silla de esterilla y se sentó. Luego se murió con los ojos negros tan abiertos e inexpresivos que nadie quería acercársele cuando la balacera concluyó. Fue en 1896. Y con él desaparecía la «Oklahombres», una de las bandas de pistoleros más famosas de los Estados Unidos de fines de 1896.

Treinta y dos años antes, en Lawrence, otro Bill se topó con la muerte. Pero no tuvo tiempo de sentarse: lo bajaron tres tiros de 44 que entraron por su cara. Aguantó el primero y se corrió a la derecha también él con un 44 en la mano. Entonces le encajaron el segundo por debajo del pómulo izquierdo. Y él torció para ese lado sin soltar su 44, pero sin gatillar. Dos segundos después volaba parte de la tapa de sus sesos. Luego se la acomodaron lo mejor posible para sacarle la foto de rigor. Foto con revólver en mano. Esa placa que recorrió condado por condado y Estado por Estado anunciando que un buscado había dejado de ser buscado.

En el apuro por ponerlo bajo tierra, no lo peinaron. Y como hacía tiempo que huía y huía, no tuvo tiempo para peluquería. Su melena de muerto es propia de los más vigorosos días de los Rolling Stones.

Así terminó su existencia este violador de bancos del Medio Oeste norteamericano: Bill «El Sanguinario» Anderson. Uno de los pocos pistoleros que se atrevieron a independizarse de quien lo había iniciado en la dialéctica de los tiros: el famoso Willia, Clarke Quantrill, un confederado que, de tanto huir a caballo, la leyenda dice que tenía los «testículos chatos».

Como posiblemente chatos los tuvieron también los hermanos Dalton. Eran 15, pero en materia de balazos sobresalieron tres: Bob, Grat y Emmett. Un banco aquí y otro más allá les dieron fama al norte y sur del río Grande.

Pero un día del otoño de 1892 se toparon con una partida de marshals armada con la última serie de Winchester.

Bob, Grat y Emmett se fueron a la muerte solidariamente acompañados por Dick Broadwell. Los zurcieron y cocieron a balazos en la entrada o salida -como se quiera- de un pueblo de Kansas.

Tan peligroso era el cuarteto que, a pesar de estar muertos, para la foto de rigor los esposaron.

Y frente a ellos no estaba -muy a su pesar- John Wayne.

Etta, la mujer que desapareció en el camino

Francisco N. Juárez tiene la costumbre de conservar en su memoria historias algo extrañas y papeles que las confirman. Es uno de los hombres que más saben sobre la peregrinación delictiva de Butch Cassidy y Sundance Kid en esta parte del mundo. Aun así nadie, ni él mismo, se explica por qué no ha escrito un libro con todo eso que tiene guardado en su cerebro y en los recovecos de su biblioteca.

Historiador de personajes extraños y marginales, periodista y aventurero, Juárez fue secretario de Redacción de «Gente», «Siete Días», «Panorama», quien tiró la idea de la revista «Weekend» y fundó, junto con Osvaldo Soriano, «El Periodista».

Estuvo en el simposio internacional dedicado a la figura de Cassidy y Kid. Polemizó, dijo un par de cosas que no cayeron del todo bien y conversó con «Río Negro». En una charla de sábado a las 8 de la mañana, Juárez contó esos hechos que no son de los más conocidos de esta leyenda.

-¿Qué pasó luego del asalto en Villa Mercedes?

– Cruzaron a Chile. Después subieron hasta Antofagasta y de allí a Bolivia, donde se interesaron por la minería, trabajaron en las minas y murieron, claro. Entonces ya existía el ferrocarril que unía Antofagasta con Bolivia.

– ¿Es el año…?

– 1907

– ¿Qué sucedió con Etta?

– Tenía una enfermedad venérea. Había sido prostituta y no maestra, como se decía. Kid probablemente también estaba enfermo. Viajó a San Francisco a curarse y su rastro se perdió.

– ¿No se volvió a saber nada de ella?

– Luego se dijo que apareció en Paraguay, pero no hay nada que lo confirme.

– Algunas veces Cassidy y Kid fueron confundidos en la Patagonia con Wilson, Evans, Duffy y Marcel Gibbons, integrantes de otra pandilla, los «Black Jack».

– Sí, pero «Back Jack» no existió, es mentira.

– ¿Murieron en Bolivia los Cassidy?

– Sí, sí, sus cuerpos fueron exhibidos, hay constancias de su muerte, que tampoco fue como se cuenta, llena de disparos.


San Colt, Smith-Wesson y Remington les dieron los fierros. Los usaron con maniática eficiencia.

Registrate gratis

Disfrutá de nuestros contenidos y entretenimiento

Suscribite por $1500 ¿Ya estás suscripto? Ingresá ahora