Mundo bipolar

Por Redacción

En muchas partes del mundo, incluyendo a Estados Unidos, está consolidándose el consenso de que el momento de supremacía indiscutida norteamericana está acercándose a su fin y que China será la próxima superpotencia. El que la visita a Washington del presidente chino, Hu Jintao, haya coincidido con el anuncio de que China ya desplazó a Japón como la segunda economía del planeta ha contribuido a la sensación de que está en marcha un cambio geopolítico cuyas consecuencias serán sumamente importantes. Según una encuesta reciente, la mayoría de los norteamericanos prevé que dentro de un par de décadas la economía china será más grande que la suya. Sin embargo, como los dirigentes chinos mismos señalan, si bien su país cuenta con un producto bruto muy grande, aún está en vías de desarrollo. Puesto que su población es más de diez veces mayor que la del Japón, el producto per cápita chino sigue siendo menos del diez por ciento del japonés, lo que no es del todo impresionante. Se trata, pues, de un gigante muy pobre. En efecto, aun cuando consiguieran reemplazar a los norteamericanos como campeones mundiales en la materia, el poder adquisitivo de los chinos apenas igualaría a aquel de los argentinos. Por supuesto que es factible que, andando el tiempo, los chinos logren sobrepasar a los norteamericanos, europeos y japoneses para disfrutar de un nivel de vida superior, pero la verdad es que no resulta demasiado probable. El resurgimiento de China luego de más de dos siglos de eclipse se vería facilitado si los actualmente ricos cayeran en una depresión prolongada, pero en tal caso no le sería dado seguir dependiendo tanto de la exportación de bienes manufacturados, motivo por el que últimamente las autoridades de Pekín han estado usando las grandes reservas monetarias que su estrategia mercantilista les ha permitido acumular para respaldar el euro en los mercados internacionales con la esperanza de reducir el riesgo de una nueva convulsión financiera. Como saben muy bien, el crecimiento vertiginoso de décadas recientes se ha debido no sólo a sus propios esfuerzos sino también al consumismo insaciable de los occidentales. Asimismo, si bien por razones demográficas, las perspectivas ante Europa, el Japón y, en menor medida, Estados Unidos, no parecen del todo brillantes, China también se ve frente a un panorama inquietante: aumenta con rapidez la edad promedio pero carece de los recursos que en los países desarrollados sirven para atenuar el impacto del envejecimiento de la población. Otro problema que enfrenta el régimen nominalmente comunista chino tiene que ver con la legitimidad política: abandonada la fe en las recetas marxistas, se basa en su capacidad para mantener una tasa de crecimiento macroeconómico lo bastante vigoroso como para que los más de 700 millones de pobres crean que un día ellos también, o sus hijos, disfrutarán de los beneficios. De interrumpirse el crecimiento, la reacción tanto de la multitud de excluidos como de los recién incorporados a la clase media podría ser violenta. Con todo, puesto que los líderes europeos y japoneses parecen haberse resignado a desempeñar un papel meramente pasivo en el escenario internacional, los norteamericanos han decidido que en adelante la relación con China les será clave, de ahí la voluntad del presidente Barack Obama y otros de pedirle a Hu que su país comparta las responsabilidades del poder mundial. Aunque los chinos están claramente resueltos a aprovechar las oportunidades económicas que ven en regiones ricas en materias primas como África y América Latina, no les entusiasma la idea de colaborar con los norteamericanos en zonas conflictivas como el Medio Oriente a pesar de que sería de su propio interés hacerlo, ya que no les convendría en absoluto que el precio del petróleo se fuera a las nubes de resultas de otras guerras en dicha región. Se ha creado, pues, una situación insólita en que el gobierno de la superpotencia imperante está procurando convencer a su presunto rival a actuar como si fuera mucho más poderoso de lo que realmente es, mientras que sus interlocutores, conscientes como son de que todavía les queda un camino muy largo y accidentado por transitar antes de que puedan cumplir el rol que otros les han adjudicado, se resisten a complacerlos.


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