Muro de los lamentos

Para que una clase media logre desempeñar un papel positivo es imprescindible que su economía pueda brindar oportunidades.

Por Redacción

Si bien la Argentina ya está acostumbrándose a ostentar el «riesgo país» más elevado del mundo y no cabe duda de que se enfrenta a un futuro inmediato nada envidiable a menos que logre alejarse del espectro de un colapso económico, esto no quiere decir que desde el punto de vista de los demás sus problemas sean llamativamente graves. Sigue siendo el país más rico y en muchos sentidos más avanzado de América Latina, mientras que sus dificultades parecen meramente anecdóticas en comparación con las de casi todas las sociedades ex comunistas de Europa oriental, para no hablar de los países atrasados de Africa y la mayor parte de Asia. Es comprensible, pues, que no sólo en Estados Unidos y Europa sino también en el Brasil sus desgracias hayan ocasionado más fastidio que simpatía. ¿Por qué deberían esforzarse más por ayudar a los habitantes de un país relativamente privilegiado que a los centenares de millones que están atrapados en sociedades paupérrimas e irremediablemente atrasadas? Se trata de una pregunta que presupone una sola respuesta: con tal de que sea limitado el riesgo de que otros países más merecedores se vean perjudicados por una implosión argentina, no tienen ningún motivo para rescatarlos una vez más de las consecuencias de sus propios errores colectivos.

Las causas de esta debacle son muchas. Entre ellas está la incidencia de una cultura ferozmente negativa que se ha nutrido de la prédica eclesiástica, del luto al parecer interminable de izquierdistas y populistas decididos a despreciar la actualidad mirándola desde las alturas de sus respectivas «utopías» y también de la influencia muy fuerte de las corrientes «autocríticas» del Primer Mundo que, como siempre ha sido el caso, han servido para conferir legitimidad a posturas que de otro modo parecerían absurdas. Sin embargo, mientras que en Estados Unidos y Europa dichas corrientes son consideradas excéntricas y por lo tanto pesan poco en la opinión de la mayoría, en nuestro país son casi hegemónicas en las universidades, la clase política, sectores intelectuales y los medios de difusión. En cierto modo es natural que sea así: una visión «crítica», cuando no «disidente», de la realidad hace más tolerable las deficiencias propias al permitir a quienes se creen injustamente rezagados sentirse superiores a los demás, sean éstos conciudadanos o habitantes de países mucho más prósperos. Por supuesto que ninguna sociedad puede funcionar adecuadamente cuando una proporción sustancial de la clase dirigente se enorgullece de su hostilidad hacia el orden existente aunque sean pocos los preparados para actuar en consecuencia.

Como es notorio, la Argentina es un «país de clase media» desde hace por lo menos un siglo. Sin embargo, las teorías de generaciones de estudiosos no obstante, esta particularidad no siempre constituye una garantía de progreso económico y estabilidad democrática. Por el contrario, en nuestro caso ha contribuido enormemente a llevarnos a una crisis tan peligrosa que podría hacer de la Argentina otro «Estado fracasado». Para que una clase media pueda desempeñar un papel positivo en una sociedad es imprescindible que la economía esté en condiciones de brindar a sus integrantes recursos y oportunidades suficientes. Si no puede hacerlo, partes muy importantes de la clase media se verán privadas de lo que consideran son sus derechos materiales y, estimuladas por los que insisten en que el capitalismo moderno es intrínsecamente maligno e inhumano, se opondrán anímicamente al único esquema que sea capaz de satisfacer sus expectativas. En otras épocas y lugares, la frustración sentida por una clase media que se ha creído víctima de circunstancias apenas comprensibles ha provocado el surgimiento de movimientos totalitarios izquierdistas y derechistas. Aquí, el desmoronamiento de la base económica en la que se apoyaba una clase media que se consolidó prematuramente ha producido frutos que acaso hayan sido menos sanguinarios pero que así y todo han sido tan venenosos que el país corre el riesgo de hundirse debido a su incapacidad al parecer congénita de dotarse de una conducción mínimamente eficaz y de permitirle gobernar.