Nada de ambigüedad

Sería muy poco inteligente que el gobierno diera ahora a los norteamericanos señales de cierta indiferencia.

Por Redacción

El presidente Fernando de la Rúa y distintos miembros, tanto de su gabinete como de las diversas fuerzas políticas, se las han arreglado para brindar una impresión un tanto confusa de la actitud del país frente a las consecuencias probables del devastador ataque terrorista contra Estados Unidos. Algunos han hablado como si a su juicio le correspondiera a la Argentina tratar de alejarse del conflicto que está en ciernes, otros han dado a entender que se cuentan entre los aliados más íntimos del país agredido. Si bien De la Rúa, lo mismo que casi todos los demás jefes de Estado del planeta, ha manifestado su pesar por lo ocurrido, su simpatía por las muchas víctimas y su voluntad de cooperar con una campaña internacional contra el terrorismo fundamentalista, sus alusiones repetidas a la necesidad de contar con la autorización de las Naciones Unidas, de actuar en conjunto con otros países latinoamericanos y de respetar los tratados parecen reflejar cierta falta de entusiasmo por la idea de alinearse «automáticamente» con la superpotencia incluso en un momento tan grave como el actual. No es que el presidente o el canciller Adalberto Rodríguez Giavarini se hayan equivocado al subrayar la importancia de las Naciones Unidas, de la coordinación regional, de los tratados y de otros temas similares, es que al país le convendría que todos sus dirigentes prestaran más atención a la magnitud monstruosa de lo que acaba de suceder y un poco menos a los detalles jurídicos. Por su condición de político radical, De la Rúa entenderá muy bien que insistir en tales pormenores es a menudo una forma excelente de distanciarse de situaciones conflictivas, atribuyendo la negativa a involucrarse a compromisos éticos que políticos de otras latitudes no podrían comprender.

Aunque por motivos evidentes la Argentina no está en condiciones de aportar mucho a una eventual expedición punitiva contra Afganistán o cualquier otro país culpable de apoyar al terrorismo, sucede que en términos militares tampoco pudo agregar mucho a las fuerzas aliadas que pusieron fin a la ocupación iraquí de Kuwait. Así y todo, no cabe duda de que la actitud decidida que, para indignación de la entonces oposición radical, fue asumida por el ex presidente Carlos Menem, contribuyó mucho a modificar la idea generalizada de que la Argentina era un país incorregiblemente díscolo dominado por leguleyos hostiles a Estados Unidos, cambio que además de atraer muchas inversiones facilitó la normalización de las relaciones con el Reino Unido y por lo tanto con la Unión Europea. Puede que sólo se haya tratado de un gesto simbólico, incluso de una «sobreactuación», pero hoy en día sería difícil subestimar la importancia de las imágenes nacionales en la política internacional.

No es ningún secreto que en la actualidad nuestro país depende más que nunca de Estados Unidos. Sin el apoyo del gobierno del presidente George W. Bush, sus perspectivas serían sumamente sombrías. Hace muy poco, cuando parecía destinado a caer en el «default», calamidad cuyas consecuencias hubieran sido catastróficas para millones de personas, la clase política en su conjunto hizo un esfuerzo notable por congraciarse con los funcionarios norteamericanos más influyentes, mostrando de este modo que entendían muy bien la diferencia que podrían suponernos algunas palabras fuera de lugar o una actitud desafiante. Así las cosas, sería muy poco inteligente por parte del gobierno, del «ala política» radical o del peronismo darles a los norteamericanos motivos para sospechar que ante la crisis tremenda que se ha desatado se sentían tentados a «diferenciarse» del menemismo haciendo gala de cierta indiferencia o brindando la impresión de querer criticar a los norteamericanos por su propensión a actuar de forma unilateral. Por el contrario, deberían estar pensando en cómo asegurar que el presidente Bush y otros dirigentes estadounidenses tengan motivos de sobra para recordar que en esta ocasión, lo mismo que diez años antes, la Argentina -el país que con la excepción de Israel y, ahora, de Estados Unidos sabe mejor que ningún otro lo que significa el terrorismo fundamentalista- se encontraba entre sus aliados más vigorosos sin que hubiera necesidad alguna de pedirle nada.