Nada de ayuda, por favor

Por suerte se desmintió la posibilidad de un paquete de ayuda internacional para impedir que el país cayera en cesación de pagos.

Por Redacción

Al cobrar intensidad la crisis financiera, comenzaban a circular versiones sobre un eventual paquete de ayuda internacional destinado a impedir que el país cayera en la cesación de pagos. Por fortuna, hasta ahora los rumores en tal sentido han sido sistemáticamente desmentidos. Es de esperar que pronto dejen de aparecer porque entre las causas más evidentes del desastre que se ha confeccionado está la convicción, hasta ahora justificada, de los dirigentes políticos del país de que en caso de emergencia el resto del mundo siempre estará dispuesto a prestarles algunos miles de millones de dólares más. Con ingenuidad, los artífices de los rescates así supuestos creían estar brindando al país una oportunidad para poner sus finanzas en orden. Se equivocaban. Como no tardaron en confirmar el «blindaje» y, últimamente, el «megacanje», lo único que consiguieron fue permitir que la clase política nacional demorara algunos meses más el momento en que le sería forzoso pensar en la conveniencia de actuar con cordura. Los costos, inicialmente financieros pero muy pronto «humanos», de la ayuda internacional han sido enormes. Gracias a los aportes internacionales la deuda externa ha adquirido dimensiones monstruosas con la consecuencia previsible de que al llegar la hora en que ya es imprescindible «ajustar» los cortes han de ser mucho más dolorosos de lo que hubieran sido apenas seis meses atrás.

Si la Argentina fuera un país africano sin capacidad alguna para funcionar, aunque fuera mínimamente, en el mundo actual, la ayuda extranjera podría considerarse esencial: mal que bien, tales países tendrán que vivir de la caridad ajena durante muchas décadas porque no están en condiciones de valerse por sí solos. Huelga decir que la situación de la Argentina es muy diferente. Bien gobernada, no tendría demasiadas dificultades como para prosperar. Lo que le falta no es dinero sino una administración adecuada, la cual a su vez sólo podría resultar de un cambio político y por lo tanto cultural. A partir de la restauración de las prácticas democráticas la «cultura política» del país sí ha evolucionado. Además, hay motivos para creer que el desbarajuste financiero del año en curso está acelerando el proceso de aprendizaje. Puede que las actividades de los enemigos de los ajustes, del «modelo» y del mundo moderno hayan acaparado la atención de los medios, pero esto no quiere decir que la ciudadanía se haya volcado masivamente hacia la extrema izquierda o el populismo xenófobo de raíz hispana. Si bien es posible que en las próximas elecciones algunos símbolos de la protesta contra las deficiencias de los dirigentes tradicionales logren aprovechar el malhumor generalizado, no es probable que los extremistas menos «carismáticos» mejoren mucho la cosecha magra a la que están habituados.

La relación de la clase política nacional con el FMI, los Estados Unidos y otras fuentes de créditos «blandos» ha sido una crónica de malentendidos. Mientras que nuestros dirigentes tomaron la voluntad de sus interlocutores de prestarles más dinero por evidencia de que su forma de manejar al país contaba con la aprobación del «Primer Mundo», los representantes de éste se engañaron creyendo en la sinceridad de las promesas solemnes que recibían cuando sólo se trataba de manifestaciones de lo que, a lo mejor, podría calificarse de cortesía porque les brindaban pretextos respetables para ceder ante los pedidos desesperados de los emisarios del gobierno argentino de turno. Que esta ilusión haya sido destruida por la irresponsabilidad colectiva de la dirigencia nacional es muy positivo.

Significa que por fin «los políticos» se hayan visto frente a la realidad, lo cual debería de constreñirlos a actuar con madurez. Si no pueden hacerlo, o si el electorado decide confiar en los demagogos que, como buitres, están aguardando la oportunidad para sacar provecho de las ruinas, el país seguirá cayendo hasta que las súplicas de populistas como Eduardo Duhalde y de ciertos obispos para que los países ricos nos traten como congoleños o sudaneses, olvidándose por completo de las deudas contraídas, ya no sean indignantes sino, por el contrario, perfectamente razonables.