«Nadie sabe de mi obsesión por las canciones»

Continuando la presentación de "Acústico", su último CD, Mercedes cantará hoy en el Estadio Ruca Che de Neuquén, con su banda. Antes de su llegada conversó con "Río Negro".

Por Redacción

Nacida en un hogar humilde de San Miguel de Tucumán el 9 de julio del «35, a treinta y ocho años de su debut como cantante, Mercedes es la de «Canciones con fundamento»; la que cantó por primera vez en Cosquín en 1965, la que puso su juvenil voz en «Romance a la muerte de Juan Lavalle» de Ernesto Sábato y Eduardo Falú.

Una intérprete prodigiosa, garganta incomparable que acompañó las esperanzas de muchísimos argentinos durante los duros años de violencia y dictadura militar, que cantó sembrando emociones a los cuatro vientos, arrancó aplausos en idiomas de medio mundo, grabó innumerables discos, participó de múltiples experiencias musicales y sin embargo, no tiene clara idea de lo que sucede en ella y el público.

«No conozco a la gente que me escucha, no sé qué esperanza tiene, qué sueños. Yo soy una persona que canto y, en todo caso lo que hago, ni siquiera me hace bien a mí. Muchos me han dicho que cuando escuchan mis discos, se sanan, recobran energía, se sienten bien. Cuando estuve muy grave en el «97, (con un cuadro de depresión enmascarada, pasó cinco meses en cama, se deshidrató hasta perder más de treinta kilos y estuvo al borde de la muerte) pedí que María (su asistente personal, casi familiar) pusiera «Gestos de amor» («94) un disco que quiero mucho, pero no me produjo nada.

Y fue así, porque soy yo la que interpreta la canción y ya la he sentido en el momento que comencé a estudiarla, la empecé a grabar y después cuando se me produjo la descarga, la gran tranquilidad de cantarla ante el público…

Nadie sabe de la obsesión mía por las canciones, yo ahora estoy hablando con usted pero estoy estudiando una y le doy hasta que la puedo cantar en el teatro, y ahí ya se me va… Es como una droga, realmente, ¿no?». 

– Un desafío…

– Por eso ensayo mucho con los músicos. Si no puedo expresar un tema, si no puedo sentirlo, no lo canto y lo guardo en un rincón por un tiempo. Muchas veces, como en el caso de «Sube, sube, sube» de Víctor Heredia, yo la quería mucho, la tenía en un casete que estaba en Europa y la quise cantar en México pero no salió; entre todos, músicos, técnicos, aprobamos sacarla, no cantarla en público. Muchos años después, muchos, le estoy hablando del «95, la retomé en Uruguay y la rematé bien, bien, en Chile.

Ahí comenzó mi trabajo con ella por todo el mundo, hasta que la saqué porque vienen avanzando otras canciones. Pero no siento lo mismo que puede sentir la gente, chiquitos que -por ejemplo- cuando cantaba «Duerme Negrito», tenían rabietas, su mamá ponía el disco y se calmaban. Una vez, en Bordeaux, vino un grupo de médicos y enfermeras que querían llevarme a ver su escuela para niñitos con problemas mentales a quienes le ponían «Duerme negrito» y se serenaban y descansaban. Así me enteré que esa canción, que para mí significaba la belleza nada más, para otros era un consuelo.

Mercedes se transforma en el escenario, surge de su interior una belleza que la ilumina, como si su cuerpo no existiera y su espíritu la trascendiera. «Eso puede ser lo que dan las canciones, son muy bellas las que elijo…».

– ¿Solamente?

– Creo que sí. Son las canciones. Muchos amigos míos me han dicho: «Mercedes, cuando vos bailás, te transformás, lástima que no te podés ver».  Y yo no me quiero ver porque me veo gorda, mal y no quiero sentir eso cuando estoy cantando. No puedo estar viéndome desde afuera, bailo porque la canción me lo pide, igual que si la cantara y no me resulta extraño, no es un recurso, porque he bailado desde jovencita cuando fui profesora de danzas argentinas en Tucumán.

Los movimientos de mis manos son naturales, no los pienso, ni los ensayo, los hago nada más que por acompañar la belleza de la canción. Ahora, estoy cantando «El anhelo de tu pañuelo» y hay un parte (la tararea y los ojos se le cargan de un brillito tierno) donde bailo con un pañuelito. Me sale nomás. Cuando he sido jovencita, miro fotos y no me veo como me dicen que era.

Siempre he tenido el modo de no competir con las mujeres desde el escenario. Antes de salir a cantar, me lavaba la cabeza, me peinaba como mi nieta, con raya al medio y ese era todo el arreglo. Eso es porque me preocupo solamente por la canción, no competí con ellas… Una vez, hace mucho tiempo, invité a una artista al Lincoln Center y cuando me mostró su ropa -tenía unas rodillas gordas, se iba a poner vestido corto- le pregunté -no me salió otra cosa- por qué competía con ella misma, ¿cuál es la razón para competir con vos, por qué competís con tu voz? No debés hacerlo… Teresa Parodi es sumamente elegante, se puede presentar en zapatillas y le quedan bien. Ahora que adelgazó, más todavía. Tiene elegancia natural, todo en ella es armonía. Creo que para llegar a ese estado, un ser humano debe tener muchas cosas dentro, muchísimas… Orgullo de ser uno, armonía con los demás, y sobre todo una gran inteligencia, superior…

– ¿Siente que no tiene eso, Mercedes?

– Siento que puedo tenerlo porque poseo una cantidad de información archivada en mi mente. Yo he sido amiga de los mayores poetas, pintores y escultores de nuestro país. Todo eso entró en mi cabeza y ha hecho que yo sea lo que soy, aparte de cantante.

Tener tantas informaciones archivadas es muy difícil de lograr. Si tuviera que hacer otra Mercedes Sosa, si tuviese que formarla, ¿cómo haría? Debería volver a Mendoza y encontrar a Armando Tejada Gómez, al papá de Fabián (el músico Manuel Oscar Matus), a todos los plásticos que me enseñaron tantas cuestiones del arte; estar con los poetas, disfrutar de ellos, escucharlos hablar. Son todas cosas que un humano adquiere a través del tiempo…

Nada, le puedo asegurar, que un artista desee no sucede si él no quiere, y debe estar preparado para cuando llegue el momento. Yo grabé «La Misa Criolla» luego de haber estado gravísimamente enferma, a medio tono. Cómo lo hice, no sé. Sinceramente, no lo sé. Lo quiero repetir y no me sale. Cuando va a despegar el avión, canto así «Señor, ten piedad de nosotros», bien, pero no si me lo propongo. Cuando lo grabé en el estudio ION, salió perfecto. Es una de las versiones más bellas por esa media voz.

Eduardo Rouillet

La otra Mercedes, una abuela famosa

Mercedes, además de cantante famosa, es abuela y de dos nietos: Araceli que ya tiene 25 años, y Agustín de 16.

«Mi nieta ya tiene su compañero, es una mujer, mi Araceli que cantaba «Los bailes de la vida» conmigo en el Luna Park… Ella ha sido criada casi por nosotros, en esta casa (sobre la avenida Carlos Pellegrini, donde se desarrolla la entrevista) y es la que está más cerca de nuestro corazón y nuestro amor. Estudia musicoterapia, está más próxima la música. El nieto, no. Es distinto, su madre también lo es. No tiene nada que ver con nosotros porque además ha sido criado lejos de acá, la mamá se lo llevó para el Brasil, a Ceará, a Fortaleza y ahora vive en Miami. ¿Qué relación puede tener con nosotros? Con semejante lejanía es imposible que haya un contacto estrecho. Yo pensaba que se iba a quedar acá, lo inscribimos en un colegio donde terminó el secundario, le hemos pagado maestro de castellano, geografía, historia y de inglés. Vivía en el Brasil y no sabía escribir nuestra lengua. El esfuerzo que ha hecho este chico, para recibirse aquí, fue muy grande. No tan sólo fue un esfuerzo económico nuestro, sino intelectual por parte de él. Logramos que se reciba acá y se volvió a ir otra vez al Brasil y ahora a Miami.»

«En Araceli veo una seriedad muy grande. No ha sido chica de ir a discotecas, ama la música. Quiere mucho a David Byrne, el cantante que vivía en Norteamérica y que tuve la dicha de conocer. Vino a esta casa dos veces. El tan tímido como Araceli, así que fue difícil que hablaran, pero lo hicieron. Ella es muy tímida, con poca comunicación, pero cuando habla demuestra su inteligencia. Habla lo justo y necesario, es uno de esos seres brillantes, raros de encontrar. Es especial y su compañero es como ella. Ha tenido la suerte de encontrar, por su misma inteligencia, un hombre también inteligente y para nada rico, sino pobre. Sienten un gran amor entre ellos y esto es muy importante para mí. Me dijo: «Me ama y yo lo amo, también, abuela». Esas palabras en boca de Araceli, son verdad (sonríe Mercedes con dulzura). No es persona de hablar ligeramente sobre el amor.» (ER). 


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