Nepotistas unidos
Para alivio de los aliancistas, ni los gobernadores ni los legisladores peronistas han manifestado demasiado interés en incomodar a la ministra de Desarrollo Social, Graciela Fernández Meijide, aprovechando el escándalo que culminó con la renuncia de su cuñado, Angel Tonietto, a su puesto como interventor en el PAMI. Su actitud se debió menos a su negativa a ayudar a Domingo Cavallo en su lucha por ser elegido jefe del gobierno de la Capital Federal, que a su solidaridad instintiva con una persona bajo ataque por los presuntos pecados de un pariente. Cuando es cuestión de nepotismo, son muy pocos los políticos de nuestro país que estén en condiciones de asumir una postura principista, porque incluso aquellos que no cuentan con familiares o amigos propios en posiciones de poder dependen políticamente de quienes sí los tienen en abundancia. Se trata, pues, de un tema tabú.
Un poco tardíamente, el vicepresidente Carlos «Chacho» Alvarez ha entendido que no fue una idea muy buena nombrar como interventor del PAMI al esposo de una prestadora de servicios al organismo. Claro que no lo fue. Todos los estudiosos de la corrupción saben que uno de los síntomas más evidentes del mal consiste precisamente en la proliferación de feudos familiares o camarillas políticas en distintas instituciones públicas y también, por casualidad, en empresas privadas cuya rentabilidad depende de sus contactos con el gobierno de turno. Huelga decir que en la Argentina tales coincidencias son frecuentes, razón por la cual nadie se sentiría sorprendido si se enterara de que el firmante oficial de un contrato importante resultaba ser el hermano, cuñado o ex compañero del empresario beneficiado. Asimismo, es normal que dirigentes poderosos se las arreglen para repartir puestos significantes entre sus parientes y amigos, afirmando que de otro modo no podrían encontrar colaboradores dignos de su confianza. Si bien el actual presidente Fernando de la Rúa no ha procurado emular las hazañas nepotísticas de su antecesor, Carlos Menem, hizo gala de su respeto por las tradiciones nacionales en la materia designando a su hermano mayor, Jorge de la Rúa, secretario general de la Presidencia, nombramiento que podría ocasionarle algunos dolores de cabeza, porque antes de ser convocado a integrar el gobierno el otro De la Rúa había sido el abogado del presidente de Renault Argentina, empresa que, como es notorio, está librando una batalla legal contra la Aduana.
Una vez consolidado un sistema sociopolítico basado en el nepotismo, desbaratarlo resulta sumamente difícil. Por razones comprensibles, los funcionarios y los legisladores no tienen la menor intención de tomar medidas que perjudicarían a sus propios familiares, amigos y aliados políticos. Tampoco estarían dispuestos a intervenir los jueces, por ser el Poder Judicial un reducto de la misma enfermedad. Así las cosas, es de suponer que a pesar de los escándalos que seguirán produciéndose no habrá leyes destinadas a despersonalizar, en cuanto sea posible hacerlo, la administración pública y la Justicia. En otras palabras, la Argentina continuará siendo uno de los países más corruptos de la Tierra, porque los principales afectados de un intento de eliminar las espesas mallas de complicidad que se han formado a través de los años serían los políticos mismos. Para aquellos que no cuentan con la ventaja de ser miembro de un clan familiar bien ubicado, es decir, para la inmensa mayoría de los habitantes del país, el que el sistema no se modifique es un hecho muy desagradable. Además de contribuir a las formas clásicas de la corrupción, el nepotismo generalizado, al privilegiar a algunos por sus vínculos, no por sus méritos, tiene otros efectos que son igualmente perversos. Conduce directamente a la mediocridad, porque los elegidos no pueden enfrentar el riesgo de rodearse de personas claramente más capaces que ellos mismos, y desalienta a los talentosos que pronto aprenden que todos sus esfuerzos valdrán menos que la ventaja supuesta por el estar relacionado con alguien que ya ocupe una posición de poder y que esté resuelto a ayudar a los suyos.