Nihilismo gremial

¿Les preocupa a Rodolfo Daer, Hugo Moyano y los demás que su fama colectiva sea tan atroz?. Parecería que no.

Redacción

Por Redacción

Desde hace años las encuestas de opinión confirman que aproximadamente el noventa por ciento de la ciudadanía desprecia profundamente a la dirigencia sindical. Por muchas razones, da por descontado que la integran matones parasitarios que no tienen interés alguno en el bienestar de los trabajadores, sino que aprovechan sus problemas en beneficio propio. ¿Les preocupa a Rodolfo Daer, Hugo Moyano y los demás que su fama colectiva sea tan atroz? Parecería que no. No sólo se niegan a considerar la posibilidad de que su conducta haya dejado algo que desear, sino que siguen hablando como si realmente representaran una parte sustancial de la población del país, cuando no el país mismo. Por suerte, éste dista de ser el caso: si lo fuera, la Argentina no tardaría en asemejarse a Haití o a aquellas localidades colombianas que han caído en poder de delincuentes.

La mentalidad de ciertos gremialistas locales y de la clase de persona que se deja «movilizar» por ellos se puso de manifiesto durante la concentración poco impresionante que tuvo lugar el 20 de octubre en la Plaza de Mayo porteña. Además de proponer la «desobediencia civil», o sea, la violencia, el camionero Moyano aceptó con benevolencia la presencia de un pelotón que llevaba el retrato sonriente del terrorista y multimillonario saudita Osama ben Laden. Aunque no era muy claro exactamente qué reivindicaban los binladenistas criollos -puesto que sería inconcebible que estuvieran en favor de la amputación de las manos de los ladrones y poco probable que quisieran matar a adúlteras, era de suponer que les encantaba la idea de asesinar a trabajadores neoyorquinos -, la irrupción del fanático musulmán en una manifestación callejera en el centro de Buenos Aires no habrá contribuido a mejorar la reputación de la Argentina, ni hacer que nadie en el exterior sintiera la menor simpatía por sus habitantes.

Así lo entendieron otros sindicalistas que, horrorizados por lo ocurrido, decidieron alejarse cuanto antes de Moyano y los suyos.

Es de esperar que muchos otros los emulen. Si bien hasta ahora los allegados del camionero se han limitado a intercambiar disparos en el marco de sus internas sindicales, ya es bastante claro que el «movimiento» que encabeza plantea un grave peligro no sólo a sus enemigos particulares, sino también al resto del país. El lenguaje de Moyano es el de un profeta del odio y de la muerte. Habla de «morir en la trinchera», mientras que sus compañeros exaltan la figura del «Che» Guevara no por afinidad ideológica -de haber llegado a su lugar actual una generación antes, los guevaristas de entonces hubieran asesinado sin piedad a Moyano por encarnar lo que más les asqueaba de la «burocracia sindical»-, sino porque predicó y practicó la violencia, y siempre parece estar a punto de ordenar una ofensiva terrorista.

No es que el sindicalista más célebre del país sea un marxista o un fascista -según parece, no se adhiere a ningún ideario reconocible-, es que a esta altura habrá entendido que la mejor forma de hacerse famoso en la Argentina actual consiste en protestar y amenazar con más vehemencia que cualquiera, erigiéndose así en el más duro de todos.

Desde hace varios años, ciertos medios de comunicación del país han adquirido la costumbre de premiar a los autores de «denuncias» por el grado de iracundia reflejado por su lenguaje, sin preocuparse en lo más mínimo por el sentido de sus palabras, lo cual, huelga decirlo ha beneficiado enormemente a los personajes que están resueltos a destruir cuanto puedan en desmedro de otros más inteligentes y más constructivos que no se sienten tan tentados por la demagogia lumpenesca. Sin embargo, ocurre que Moyano no es sólo un sujeto pintoresco, una suerte de caricatura del sindicalista combativo de otros tiempos.

Su léxico cada vez más truculento y sus alusiones a lo que por ahora califica eufemísticamente de desobediencia civil bien podrían presagiar una recaída en los excesos de los años sesenta y setenta que siguieron a una etapa preparatoria en la que otros difundían mensajes muy similares.

Las palabras importan y quienes suministran pretextos para matar son cómplices de los asesinos, pormenor éste que es de suponer no le preocupa en absoluto.


Desde hace años las encuestas de opinión confirman que aproximadamente el noventa por ciento de la ciudadanía desprecia profundamente a la dirigencia sindical. Por muchas razones, da por descontado que la integran matones parasitarios que no tienen interés alguno en el bienestar de los trabajadores, sino que aprovechan sus problemas en beneficio propio. ¿Les preocupa a Rodolfo Daer, Hugo Moyano y los demás que su fama colectiva sea tan atroz? Parecería que no. No sólo se niegan a considerar la posibilidad de que su conducta haya dejado algo que desear, sino que siguen hablando como si realmente representaran una parte sustancial de la población del país, cuando no el país mismo. Por suerte, éste dista de ser el caso: si lo fuera, la Argentina no tardaría en asemejarse a Haití o a aquellas localidades colombianas que han caído en poder de delincuentes.

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