Nina

Por Redacción

en clave de y

MARÍA EMILIA SALTO bebasalto@hotmail.com

El teléfono sonó a una hora desacostumbrada; ésa en que falta un rato para que una puerta hecha de nada -tan poderosa- se cerrara llevándose el mundo de los sueños. La voz de mi hermano Beby: acá hay una mujer que quiere hablar con vos, y yo que absolutamente lúcida de pronto, escucho su voz de campanita. La voz de Nina. Y con ella, la presencia de una hermana muy lejana en el espacio, y que de pronto estaba ahí; en la breve distancia que posibilita los mates y los abrazos y las preguntas… Nina es de mis hermanas más chicas. Como pasa con los años, nos vamos igualando: somos dos mujeres hace rato. Sin embargo, hubo una época -la de su infancia y la mía- en que la diferencia de años pesaban. Lo suficiente para que yo la mandara al mercado a buscar algo rayando la hora de la escuela (un tiempo en que no había supermercado ni menos híper) compartiendo, aún, la casa familiar. Un tiempo de risas despreocupadas y de lágrimas escondidas, quizás las suyas, quizás las mías, hasta que pérdidas comunes igualaran nuestros llantos. Compinche por cercanía de nacimiento con Marita, sus bromas, chistes y tomadas de pelo al resto del mundo puso a ambas un apodo: las urracas, en honor a unos pájaros de dibujos animados casi inocentes, si se compara con los héroes guerreros de los pibes de las siguientes generaciones. El objeto de sus bromas, risitas y secreteadas al oído, fue mi hermano Rudy. Marita, Rudy… cómo duele la ausencia de hermanos. Es una tristeza distinta a la pérdida de los padres, una pena entre iguales que no cesa nunca. Después, Marita y ella, Nina, partieron a la universidad en Córdoba, y allí nuestros destinos, unidos en los ideales, supo de las distancias físicas y de las experiencias de vida más marcadas. Por esa velocidad que tiene el corazón, en el brevísimo instante en que sonó su voz de campanita en el teléfono, todo esto y mucho más se hizo presente: un arco que cubrió su sonrisa amplia de niña a la de hoy, una sonrisa madura de vida y despedidas. Quiso la casualidad, o como diría nuestra madre, el ángel de la guarda, regalarnos su visita cuando se festejaba el cumpleaños de un niñito de la cuarta generación familiar. Usted sabe, no hay nada como un niño balbuceante o una niñita andariega para realizar una fenomenal diplomacia: se conoce y reconoce gente nueva, se hilan lazos muchas veces de por vida, se puebla el breve espacio que ocupan estas frescas pilas de risas y energía y carcajadas como no hay otro; y el cumpleaños feliz y las velitas unifican pieles distantes, albergan abrazos postergados, y la andanada de fotos, esa prueba de vida que nos queda para siempre, registra ese breve e intenso momento del reencuentro. Así que Nina conoció en persona varios integrantes de la familia, esos que se parecen, o no, a las imágenes del Facebook; y con esa capacidad que trae desde la cuna, su sonrisa disolvió la desconfianza que los niños tienen, generalmente, con la gente que no conocen. Y sus hermanos y hermanas pudimos cubrir apretadamente, superponiéndonos al hablar, años de distancia, años de llegadas y partidas, y lo que no pudieron las palabras (¿cuáles alcanzan, cuáles son las adecuadas?) lo pudieron los abrazos, las manos juntas, los mates compartidos. Hasta que dos días pasaron rápidamente intensos y dejaron flotando un repicar de campanas que reconocería entre mil: el sonido de la risa de Nina.


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